Por: Felipe Galli – Columnista invitado. Estudiante de ciencia política en la Universidad de Buenos Aires y analista electoral. X: @FEscrutinio
Hoy cerramos una edición especial teniendo en cuenta que 2024 es catalogado por muchos “el año más democrático en la historia” puesto que más de la mitad del planeta tierra acudirán a las urnas. Nuestro columnista invitado de esta nueva temporada de La Gaitana, Felipe Galli (@FEscrutinio) abordó en una primera entrega las elecciones en Latinoamérica, luego, el 04 de febrero nos llevó de la mano por las urnas de Asia y Oceanía, para finalmente el pasado domingo 11 guiarnos a los comicios en Europa y África. Hoy dedicamos este cierre a probablemente la elección más importante: las votaciones para elegir al nuevo huésped de la Casa Blanca.
***
Estados Unidos
Sin duda la elección más importante, con la que prácticamente cerrará el complejo y largo año electoral 2024, tendrá lugar en los Estados Unidos. Alrededor de 260 millones de votantes son llamados a elegir al presidente para el período 2025-2029, así como renovar los 435 escaños de la Cámara de Representantes por el período 2025-2027 y 34 de los 100 senadores por el período 2025-2031, así como algunas elecciones para gobernador y otros cargos a nivel estatal.
Desde hace casi dos siglos, la política estadounidense se dirime entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano. Ambas fuerzas son dos maquinarias de arraigado poder económico e institucional que constituyen más bien instituciones vehiculares para la competencia electoral que partidos políticos en sí, y ya ni siquiera se corresponden ideológicamente con sus orígenes. No obstante, en años recientes la política se ha vuelto mucho más polarizada con el surgimiento de movimientos a la izquierda y a la derecha que han intentado cooptar, a veces con éxito, la brutal maquinaria bipartidista.
Todo apunta, por lo pronto, a que la batalla por la Casa Blanca será una reedición de la que tuvo lugar en 2020, cuando el demócrata Joe Biden derrotó ajustadamente al republicano Donald Trump. Trump se negó a reconocer su derrota, denunciando con poca o ninguna evidencia un fraude electoral masivo, y lleva los últimos cuatro años cuestionando la legitimidad de su sucesor. A pesar de haber perdido, Trump conserva un poder extraordinario para un expresidente dentro de su partido, y se le ha visto como el líder nominal de la oposición durante todo este período.
Perteneciente a un sector moderado de los demócratas pero con el apoyo de todo el arco interno, incluyendo el ala progresista, Biden no ha tenido una gestión fácil. Sus números económicos son en general positivos, pero el panorama electoral y mediático se ha visto dominado por una sucesión de desaciertos en política exterior: con un recrudecimiento de las tensiones internacionales, la caída de Afganistán en manos de los talibanes y la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Asimismo, las problemáticas migratorias en la frontera sur han hecho repuntar el discurso de mano dura que catapultó a Trump al poder en 2016.
Sin embargo, lo que definitivamente podría marcar la diferencia a favor de Trump es el creciente cuestionamiento a la idoneidad de Biden (que de ganar sería presidente hasta los 86 años) para continuar en el cargo. Si bien el propio Trump es el segundo presidente más viejo que ha tenido Estados Unidos después de Biden, este no ha dudado en hacer referencia a la cuestión de la edad a la hora de criticar a su oponente. Aunque los constantes lapsus, olvidos y meteduras de pata públicas por parte de Biden han sido moneda corriente durante toda la carrera del mandatario, vistos en alguien de su edad no hacen más que reforzar la teoría de que el presidente padece un deterioro cognitivo severo.
Primero se tienen que completar las primarias en ambos partidos, que tuvieron su comienzo con el caucus de Iowa y se extenderán hasta la proclamación de las candidaturas en las convenciones partidarias a mitad de año. El punto clave de esta contienda se encuentra en el “Supermartes” del 5 de marzo, cuando varios estados realizan primarias al mismo tiempo. Algunos estados emplean el sistema de caucus (una especie de asamblea pública en la que las personas discuten sus votos entre sí antes de emitirlos y en la que claramente el partido y su maquinaria tendrán un mayor control del proceso), otros una primaria directa. De este proceso salen delegados, que van a parar a la Convención Nacional del partido.
La primaria demócrata no da lugar a muchas sorpresas. A pesar de todos los cuestionamientos, incluso provenientes de gente de su propio partido, nadie con la maquinaria, recursos y militancia suficiente como para enfrentar a Biden ha osado intentar hacerlo, conscientes de que no tiene sentido competir contra un presidente en ejercicio. Esto ha convertido a la primaria de los demócratas en un mero trámite, con Biden arrasando en cada contienda con porcentajes norcoreanos. Su único retador aún vigente es el representante por Minnesota Dean Phillips, que reúne un 7% de los votos emitidos hasta ahora.
En cuanto a la primaria republicana, Trump parece tener asegurada la nominación en casi todas las encuestas, a pesar de que en su momento llegó a enfrentar serios desafíos por parte de Ron DeSantis (gobernador de Florida que se retiró después de quedar segundo en Iowa) y Nikki Haley (gobernadora de Carolina del Sur y exponente del ala de centroderecha moderada del partido). Aunque Haley ha logrado energizar a algunos sectores moderados descontentos con el discurso de Trump, lo cierto es que el trumpismo controla herméticamente el partido y se ha impuesto en casi cada contienda hasta ahora con comodidad. Parece cuestión de tiempo (muy probablemente después del “Supermartes”), para que Haley termine admitiendo la derrota y negocie su respaldo a Trump.
Algunas primarias han mostrado grietas internas en los partidos donde la maquinaria intentó jugar en contra de algún candidato. Un caso fue New Hampshire donde los demócratas decidieron organizar una primaria sin Biden como candidato y este de todas formas arrasó en el llamado “voto por escrito”. En Nevada, mientras tanto, la legislatura dominada por los demócratas ordenó por ley la realización de primarias, cuando hasta entonces se empleaba el sistema de caucus. Los republicanos rechazaron realizar primarias y, en su lugar, decretaron que la primaria obligatoria no definiría a los delegados, sino un caucus realizado después. Con el fin de anotarse un triunfo de voto popular, Haley compitió en la primaria y no en el caucus, mientras que Trump compitió en el caucus y no en la primaria. Trump obtuvo un doble triunfo al obtener todos los delegados del estado, mientras que en la primaria Haley sufrió un humillante revés cuando perdió contra la opción “ninguno de estos candidatos”, por la cual Trump apenas si había hecho campaña.
Finiquitada la cuestión de las primarias y con la casi total salvedad de que los candidatos volverán a ser Trump y Biden, ambos tendrán que enfrentar en noviembre la presencia de Robert F. Kennedy Jr., que buscó competir en la primaria demócrata contra Biden pero luego decidió contender como independiente. Aunque a priori perjudica a Biden (que tiene un voto duro más pequeño que el de Trump) Kennedy a grandes rasgos parece quitarles votos a ambos candidatos por parte de las facciones descontentas de los dos partidos, reuniendo hasta un 13% de intención de voto. En este caso las encuestas muestran que la fuga de Trump y Biden hacia Kennedy es casi igualitaria.
***
Así las cosas, tenemos un año electoral muy completo, rico en material para analizar, estudiar y discutir desde aquí hasta diciembre. No obstante, es muy triste señalar el hecho de que, mientras hablamos del año en el que más gente va a votar en la historia del mundo, también nos enfrentamos a graves retrocesos democráticos, discursos populistas y nocivos, constantes agresiones contra el Estado de derecho, golpes militares y derivas autoritarias. Aun así, debemos estar atentos. Frente a guiños positivos como el que tuvo lugar en Guatemala el año pasado, y la decisión de grupos y activistas de seguir luchando por la vía electoral en contextos difíciles, no se debe perder la expectativa de que este pueda ser un punto de inflexión a favor de la democracia.
