Por: Gina Montealegre (X: @ginamonteli)
Susana Trujillo de Linares falleció el viernes 19 de abril. En agosto de este año cumpliría 102 años. Murió en su casa acompañada de su hija menor, su cuidadora desde siempre. Padeció Alzheimer durante los últimos años y la vimos apagarse lentamente, como las veladoras del altar a la Virgen en su casa.
La vida de “La Tata” fue la de miles de mujeres campesinas, atravesada por todos los sistemas de opresión conocidos ahora y no reconocidos hace un siglo. Desde muy joven tuvo que aprender a trabajar para sobrevivir y huyó de la violencia política en su natal Baraya escondiéndose en una iglesia mientras era perseguida por “los liberales”. También sobrevivió a la violencia económica, pues a pesar de ser trabajadora incansable nunca gozó de ahorros o de los beneficios del empleo formal. Y claro, sobrevivió a la violencia patriarcal.
Se casó joven, como era la costumbre, con un hombre parrandero que murió pronto en un accidente de farra, dejándola sola con 7 hijos de los que se hizo cargo planchando y cosiendo para las familias prestantes del pueblo. Trabajar y criar han sido desde siempre obligaciones pesadas para una mujer sola, y decidió volver a casarse. De su segundo matrimonio nacieron sus dos hijas menores, pero pronto sabría que el matrimonio era una carga incluso más pesada que la crianza y el trabajo. Su segundo marido la abandonó siendo sus hijas aún pequeñas.
La vida en su natal Baraya se volvió cada vez más difícil y sin oportunidades económicas, sola y pensando en mejores condiciones para sus hijos, se trasladó a Neiva.
Supo del plebiscito de 1957 en el que las mujeres pudieron votar por primera vez, pero esto jamás lo sintió como un logro propio, no tenía tiempo de pensar en asuntos de política porque su vida fue siempre una constante lucha por sobrevivir. La misma lucha que desde siempre ha limitado la vida de todas las mujeres, haciéndoles difícil soñar, sometiéndolas a encajar en estereotipos de género que les dictan en qué deben trabajar y cuánto deben ganar; relegándolas a las labores de cuidado de manera exclusiva sin ninguna contraprestación económica. Desde hace un siglo hasta hoy.
Susana nunca dejó de ser una mujer campesina de su época (y de esta), devota a la Virgen, costurera sobresaliente, madre, abuela, bisabuela. Una mujer de 102 años. ¿Qué cambió para nosotras durante el último siglo? En realidad, no mucho.
Sus hijas finalmente estudiaron, trabajaron, se casaron. Hicieron sus vidas, unas más lejos y otras más cerca, pero al final, todas padecieron vidas atravesadas por cada una de las violencias y opresiones sufridas por su madre. En un siglo, a pesar de los logros en acceso a educación, trabajo y derechos civiles, nada de esto se ha traducido en un cambio significativo frente a eso que llamamos “lucha por la igualdad”.
Sin embargo, yo podría decir como mujer de este siglo que tenemos una ventaja: somos más conscientes de esas violencias, las conocemos bien, y conocemos las consecuencias que provocan a nuestro propio concepto de libertad. Hoy levantamos la voz con más frecuencia, vivimos en rebeldía, aunque esto nos cueste, paradójicamente, más violencia.
Me siento orgullosa de mi abuela, de su siglo de vida. Pensar en su memoria me hace recordar que el camino de todas siempre es uno solo, incluso teniendo el privilegio de estudiar, viajar, trabajar. No hay un solo momento en el que podamos sentirnos genuinamente libres. Ninguna decisión para una mujer es fácil, mi abuela lo supo siempre.
Hace algunos años me acerqué al feminismo y de las primeras lecturas que llegaron a mis manos (tal vez no tan académica y elegante) fue “El Club de la Lucha Feminista”. Su autora, Jessica Bennett, construía un manual de supervivencia para mujeres en ambientes de trabajo, con el que buscaba visibilizar las conductas sexistas, a veces invisibles, que debíamos soportar las mujeres no sólo en oficinas y fábricas, sino también dentro de nuestros propios hogares cuando somos relegadas a los oficios feminizados, es decir, a las labores de cuidado.
“En la época de mi madre las reuniones semanales de mujeres se llamaban «grupos de concienciación», solían celebrarse cuando el marido de alguna de ellas no estaba en casa y en las sesiones se preguntaban: «¿Cómo os sentís haciendo las tareas del hogar? ¿Qué queréis hacer en la vida? ¿Habéis fingido un orgasmo alguna vez?».
La vida de mi abuela podría ser retratada en este aparte.
¿Qué ha cambiado en un siglo?
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Gina Paola Montealegre Linares.
Abogada de la Universidad Surcolombiana. Estudiante de especialización Derecho Público en la Universidad Autónoma de Colombia. Miembro del grupo Lectura Decolonial. Feminista.
Sobre la ilustración que acompaña este texto:
Es obra de Ana Sofía Polanía Montealegre. Estudiante de pregrado en Goldsmiths University of London. Actualmente cursa el programa Historia del Arte. Huilense. Feminista.

