Empiezo a escribir este artículo, con la siguiente reflexión: como psicóloga que soy, fui formada pensando en que la empatía era una de las capacidades más importantes en las que se debía educar a las personas, casi que constantemente escuchaba que la empatía era la solución para comprender lo que el otro experimentada, sentía o simplemente le sucedía, pero con el transcurrir de los años, y con la aproximación que he tenido al interesante tema de la educación para la finitud, he cambiado completamente de opinión, y pienso que lo que debe enseñarse, inculcarse y orientarse en los seres humanos desde que nacen es la compasión.
Pero ¿Qué es la compasión? Para aproximarme a esta comprensión acudo a las tesis que sostiene una de las filósofas contemporáneas más relevantes (por lo menos en occidente) quien se ha destacado por sus valiosos aportes: Martha C Nussbaum. Acudiré a dos textos de su autoría: Emociones políticas, ¿por qué el amor es importante para la justicia?, y Paisajes del pensamiento, la inteligencia de las emociones.
En estos textos, Nussbaum define la compasión como una emoción dolorosa orientada hacia el sufrimiento grave de otra criatura o criaturas; una emoción dolorosa ocasionada por la conciencia del infortunio inmerecido de otra persona, y propone una excelente diferenciación con la emoción de la empatía.
Para ella, la empatía es una reconstrucción imaginativa de la experiencia o una representación mental de la situación que está sufriendo el otro, explicitando que uno mismo no es el que sufre, y subraya la autora que, cuando se presentan acontecimientos donde prima la desgracia la empatía no es suficiente para sentir compasión, pues experimentamos la representación mental de la situación que el otro sufre, pero podemos o no experimentar una emoción dolorosa hacia su sufrimiento. Es decir, hay una comprensión empática, pero no necesariamente nos compadecemos con el sufrimiento del otro.
Con esta clara diferenciación, empiezo a abogar por una educación en y para la compasión. En los discursos de los psicólogos, educadores y los que trabajan en ciencias sociales, hemos escuchado repetidamente durante años que debemos ser empáticos, o lo que se dice popularmente, situarnos en los zapatos del otro.
Ahora bien, este situarse en los zapatos del otro se hace desde esa reconstrucción imaginativa o desde la representación mental, que no garantiza que nos compadezcamos del sufrimiento del otro, por lo tanto, no basta educar en la empatía, para que podamos tener la seguridad que educamos en la compasión.
A través de las prácticas educativas, pedagógicas y didácticas, debemos propiciar en nuestros alumnos, docentes y directivos docentes, y en general en toda la comunidad educativa, la conciencia de la emoción de la compasión. No debemos seguir educando para la competencia, que es la base de la guerra, debemos educar en y desde la compasión, para asegurar que las generaciones futuras no permitan el sufrimiento de ninguna criatura y, lo que es mejor, no gocen con el sufrimiento de cualquier ser vivo, como podemos ver en las espantosas y aberrantes peleas de gallos, o en las aficiones taurinas, donde se goza, se apuesta y se obtiene dinero con el dolor de un ser indefenso, que nada puede hacer cuando se demuestra el poderío del humano.
Si pretendemos incluir la compasión en las prácticas pedagógicas y didácticas, Nussbaum expresa que la compasión requiere de tres pensamientos:
- Un pensamiento de gravedad: Esa persona o criatura está experimentando ese sufrimiento por algo importante, no trivial. No experimentamos compasión si un millonario se queja por pagar impuestos;
- Un pensamiento que hace referencia a la no culpabilidad: no sentimos compasión si pensamos que el problema o la dificultad que el otro atraviesa ha sido escogida por él mismo, o lo que es peor, se la ha autoinfligido;
- Y finalmente, el tercer pensamiento hace referencia a la similitud de posibilidades. Para experimentar compasión solemos pensar que el que sufre se nos parece y tiene posibilidades de una vida muy similar a la nuestra: la idea de la similitud de la vulnerabilidad.
Finalmente, cierro este escrito diciendo que, para nuestra realidad colombiana, con más de 60 años de guerra y sufrimiento, es absolutamente necesario pensar en una educación en y para la compasión. Una sociedad que ha matado de manera indiscriminada y que ha privilegiado la muerte violenta necesita ser educada dentro de lo compasivo y no dentro de lo competitivo, estamos en el momento preciso y en la época apropiada para construir lo que se nos dice continuamente: la paz total… Esa paz tan anhelada y necesaria para una sociedad que ha sufrido y sigue sufriendo los vejámenes de la guerra, la desigualdad y la injusticia social.
Referencias Bibliográficas
- Jaramillo, J. (2017). Educación para la muerte: imaginarios sociales del docente y del estudiante universitario en Colombia (Tesis doctoral). Universidad Autónoma de Madrid, Madrid.
- Nussbaum, M. (2008). Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones. Barcelona, España: Paidós.
- Nussbaum, M (2017). Emociones Políticas: ¿Por qué el amor es importante para la justicia?, Barcelona, España: Paidós.
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