La Gaitana – Periodismo independiente

Justicia, derecho, abogados y quizá juristas.

Facultad de Derecho Universidad de Buenos Aires. Fuentes: Filckr.

Por: Luis Alfredo Ortiz Tovar.

Los códigos jurídicos redactados en las diferentes culturas y tiempos han ido siendo perfeccionados de acuerdo con las costumbres, las geografías y los acuerdos entre ideologías de diferentes corrientes para fijarse como meta la justicia y la paz. Pero esa misma ambición, egoísmo y poder, han desviado la ética y han desviado el camino de los hombres hacia la maldad, que también se debe entender como un tema consustancial con la especie de los bípedos implumes. El orgullo del ser humano, el amor por el dinero, la xenofobia, la discriminación, el racismo y las mismas corrientes filosóficas como las formas de gobierno, han sucumbido a través del tiempo, estando al borde de un cataclismo humano.

No hay orden sin normas, ni justicia sin leyes para que las sociedades vivan en paz. Así se ha concebido la historia desde la aparición del Deuteronomio en el antiguo Israel donde se introdujo para evitar la inmoralidad y el pecado; por esta razón existían líderes habilidosos y llenos de conocimiento para dirigir e imponer el orden. Esta práctica ha prevalecido a través de la historia de acuerdo con la narrativa en la que Dios exige el buen comportamiento atribuyendo una ley divina los diferentes códigos que se convirtieron en tradición. Ese Dios de los pueblos antiguos no pudo ser otra cosa que la justicia llevada a lo sublime como método de temor, de tal manera que el método y la disciplina estén presentes en cada etapa del desarrollo humano.

El derecho entonces emerge en la búsqueda de ese ideal de justicia, que también permite que surja aquel que más se acerca a Dios, es decir, el dador de lo justo. Esa tarea magna, ha sido atribuida a una profesión de contenido Socio Humanístico, que es el Derecho, de donde emergen, o al menos deben emerger los abogados, que en la categoría de juristas, se encarguen de materializar este máximo ideal. Darle a cada quien lo que le corresponde. Es esa la definición de Justicia. 

En conmemoración por estas calendas a la profesión del Abogado, es más prudente comprender que no deben ser espacios para la adulación, sino de reflexión. Y la mejor reflexión en un escenario donde se haga referencia a la abogacía, es auscultar si esta profesión ha llenado la expectativa de ser mentor de paz, dador de justicia, y buscador de la armonía social.

Es justamente en las escuelas de derecho donde se educa en esta disciplina, y digo educar y no formar, pues las universidades no forman, toda vez que es el propio individuo el que lo hace. A la larga, él define si actuará con honestidad o elegirá el camino contrario. Por eso es tan importante en esta modesta reflexión, si es válido lo que se hace al interior de las aulas de las instituciones educativas con programas de Derecho. Un aula no se debe concebir como el espacio para leer el código, y enseñarles a conocer las normas jurídicas, sean sustanciales o procesales, sino para que se entienda que estas normas solo tienen sentido y alcance, cuando la Principialística permee estos espacios. 

Para conocer y leer las normas no se requiere madrugar a una clase, pero si se justifica dicha madrugada para que se entienda que el derecho no se aplica sino que se interpreta. Que la filosofía del derecho, la hermenéutica, la sociología jurídica, es lo que a la larga terminan por deducir que el derecho no sea una técnica, y en cambio sí una ciencia.

Don Ángel Osorio en su memorable texto ético axiológico, “El Alma de la toga”, profirió una sentencia lapidaria para quien quiera y sienta ser un buen jurista, y no propiamente de trescientas páginas, sino de un renglón: “La abogacía no se sustenta en la lucidez del ingenio, sino en la rectitud de la conciencia”. Y es que el jurista lo es, si dimensiona que actuar honestamente es la nuez de su desempeño, pues la inteligencia sin el ingrediente de la honestidad desvía el sentido y espíritu de la profesión de abogado.

La proliferación de abogados contribuyendo al hacinamiento en las cárceles, producto de su proceder indebido en su ejercicio, nos debe generar como mínimo una reflexión: la ética y la buena fe son apenas letras que forman palabras. Es entendible que la ética no se enseña en un salón, y menos con una hora a la semana. La ética, más allá de ser el perfecto estado de cualquier profesión, es bastión que debe defender la pulcritud en el ejercicio del abogado.

En una sociedad como la nuestra, donde el ansia por el dinero fácil, aprendido con rapidez por quienes crecieron, o crecimos con la incultura del narcotráfico, se debe reclamar a gritos la formación integral, aquella que dimensione que el derecho y la justicia van de la mano, pero que el derecho que involucra estos dos elementos se constituya en el baluarte y el canal por donde debe transitar el ejercicio y laboriosidad de quien se ha formado como abogado. 

No podemos seguir patrocinando la idea de que me hago abogado para enriquecerme a costa de pasar por alto los valores y principios que deben reinar en nuestra profesión; se requiere un profundo reencuentro con la majestad de la justicia, con abogar de verdad por quienes la reclaman, y una vocación sincera por parte de quien la dispensa.

Sobre el autor…

Abogado. Especialista en derecho procesal y docencia universitaria. Magister en Derechos Humanos. Profesor universitario por más de 20 años en instituciones educativas de la región. Fue rector de la Universidad Cooperativa de Colombia sede Neiva y de la Fundación Escuela Tecnológica de Neiva FET. Ex Secretario de Educación del departamento del Huila. Fue columnista de La Nación por más de 8 años. Actualmente, es profesor universitario.

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