Segunda parte: 50° Aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón
|Análisis| El 4 de junio de 1946 Juan Domingo Perón se convertía en presidente de la Nación recibiendo los símbolos patrios de manos de Edelmiro Farrell. Había ganado holgadamente las elecciones de febrero de ese año. Ya instalado en el poder, casado con Evita y con unas arcas del Estado llenas tras el final de la II Guerra Mundial, empezarían los años de oro del peronismo.
Este artículo es la segunda entrega de una serie a 50 años de la muerte de Juan Domingo Perón. Pueden leer la primera parte aquí.
Quienes hemos estudiado las políticas implementadas en los tres gobiernos de Perón coincidimos en que parecen no solo ejecutadas, sino propuestas por personas diferentes. El único hilo conductor —que permite generar una ilusión de absoluta continuidad a la masa— es un discurso político reivindicatorio y un aparente desarrollo donde Estado y partido van de la mano. Años después, ya durante el exilio, ante una entrevista donde se le pedía categorizar partidariamente a los argentinos, contestaría una frase que se haría emblemática: “peronistas somos todos”. Probablemente, el líder populista hablaba de todos aquellos a los que de manera variopinta el peronismo había representado en su larga historia política.
Solamente cinco días después del memorable 17 de octubre, fecha del lanzamiento de su figura a la vida política, Perón se casaba con Evita, quien le había mostrado su lealtad coliderando aquella gran manifestación cuyo resultado le liberó del presidio y del oprobio. Los siguientes años la figura del militar estaría indisolublemente ligada a la de su segunda esposa, que se convertiría en la “abanderada de los humildes”.
Cuando Juan Domingo Perón asumió en ese invierno de 1946 la primera magistratura del país, la economía argentina era boyante. La aparente neutralidad del país durante la II Guerra (hasta casi el final de la misma) le había permitido ser una fuente de suministro de bienes de primera necesidad para países de ambos frentes. Tras el final de la confrontación, las deudas no solamente habían sido saldadas íntegramente, sino que algunos países mantuvieron ese comercio constante como la España de Franco o temporalmente la Francia de la postguerra. Ese papel privilegiado se vio transmutado en lo que se llamó el primer Plan Quinquenal, una especie de Plan de Desarrollo que sustentaría el primer gobierno del militar: apuesta generosa por instalar un Estado de Bienestar que beneficiaría a buena parte de una población históricamente marginada.

La histórica ampliación de vías férreas, la construcción de hospitales, casas para los ancianos, hogares de beneficencia, programas de ayuda a huérfanos, consolidación de las organizaciones sindicales, la gratuidad universitaria, la creación de lugares históricos como la mítica Ciudad Evita (una pequeña ciudadela al estilo Disney donde el matrimonio presidencial, aún sin hijos, solía recibir y entregar regalos a niños de diversas clases sociales); así como ambiciosos planes de vivienda en la periferia de la Ciudad de Buenos Aires, fueron algunos de los síntomas de un quinquenio que transformó a la Argentina.
Pero el régimen también tuvo una cara oscura: los detractores fueron tratados con mano de hierro, el gobierno aplicó estricta censura sobre los medios de comunicación y algunos diarios, como La Prensa, fueron receptores del odio del matrimonio presidencial. Tras la fundación oficial del partido de gobierno, el Justicialismo, la identidad del régimen, se amalgamó completamente con el Estado y los contrapesos, las libertades y los límites al poder empezaron a erosionarse progresivamente.
Pese a que Perón había juramentado la Constitución de 1853, esta sería reemplazada por un nuevo texto constitucional: la Constitución de 1949, que se enmarcaría en el denominado constitucionalismo social que habían inaugurado Querétaro y Weimer en 1917 y 1918 respectivamente. Hubo un amplio despliegue de los derechos de segunda generación y se consolidó un proyecto de Estado de Bienestar; al igual que el voto directo y universal que incluyó el voto de las mujeres por primera vez en la historia argentina. Sin embargo, también consagró la reelección presidencial y el no reconocimiento a organizaciones que restringieran derechos, lo que en la práctica era una amenaza velada a la oposición.
Gracias a la mencionada reforma, Perón se presentó a la reelección en 1951 en una campaña llena de roces internos promovidos por los sectores peronistas que promovían la candidatura vicepresidencial de la primera dama. Evita, que aparentemente había aceptado la designación, renunció finalmente el 31 de mayo de ese año en un conmovedor mensaje radial que sería el preludio del final de la polémica abanderada de los descamisados y de un periodo aparentemente glorioso. Pocos meses después, la opinión publica ya era conocedora que un cáncer minaba con sorprendente velocidad el estado de salud de la esposa del presidente.
En noviembre de ese año, Perón se alzó con el triunfo con el 63%, seguido del candidato del Partido Radical, Ricardo Balbín con un 32%. Sin embargo, el segundo gobierno del líder empezaría con marcadas diferencias respecto a su anterior mandato. La crisis económica ya se percibía como inevitable, el Plan Marshall había impulsado a Europa, y los tiempos del precio de grano y carne por las nubes llegaban a su fin. Mientras tanto, la sostenibilidad del Estado elefantiásico fomentado durante el primer gobierno parecía devorar la flamante economía de la primera etapa peronista.
Y ni hablar de los cambios en el tono de la conversación. El gobierno pasa de la abierta confrontación a tender la mano a aquellos sectores que antes había culpado de la inequidad del país austral: los gremios en general, y la Sociedad Rural Argentina, emblema de la argentina agraria y feudal, en particular. De este modo, el segundo gobierno asume la moderación del tono con los sectores privados mientras, de forma progresiva, propicia quiebres institucionales que se precipitarán tras la muerte de Evita. La primera dama fallece en la residencia presidencial, el Palacio Unzué el 26 de julio de 1952.
Los siguientes meses el cadáver de Evita permanecería en la sede de la Central General del Trabajo (CGT) en la calle Azopardo en un proceso de embalsamamiento dirigido por el tanatólogo español Pedro Ara. Su trabajo sería admirado décadas después cuando se comprobara que el cuerpo de la líder se conservaría tal y como la recuerda la iconografía peronista.
A partir de su viudez, y en medio de una situación económica difícil con sectores adversos dentro de la Marina e incluso al interior del mismo Ejército, el gobierno ganaría nuevos enemigos. En 1953, un conflicto callado y creciente se gestó con la iglesia católica, hasta entonces aliada del mandatario desde su primera campaña. La sacralización de la fallecida primera dama —a la que se empezó a pintar en alegorías marianas de devoción popular— y la escandalosa convivencia del mandatario con una menor de edad en una evidente relación de poder cohonestada por los padres, convirtió a los púlpitos en tarimas antiperonistas. La respuesta de las hordas cercanas al presidente sería contundente: la quema de iglesias responsabilizando a la iglesia de ser cómplice del intento de golpe de Estado.
La animadversión de sectores abiertamente antiperonistas llegó a su punto culmen con el bombardeo sobre la emblemática Plaza de Mayo en junio de 1955. Perón salvó su vida, pero más de un centenar de víctimas y el doble de heridos fue el saldo luctuoso del bombardeo. El gobierno estaba profundamente desgastado.
Tres meses después, el gobierno llegaba a su fin en un golpe de Estado incruento. El 16 de septiembre de 1955, tras un alzamiento cívico militar en las principales provincias argentinas y comprobar que había perdido buena parte de sus apoyos militares, Juan Domingo Perón abandonaba el Palacio Unzué para pedir asilo en la embajada paraguaya. Al final de esa noche, que la historia recuerda particularmente fría, el militar se instalaría en un buque bajo esa bandera que lo llevaría a un largo exilio por Paraguay, Venezuela, República Dominicana y, finalmente, España.
Resulta paradójico reflexionar sobre esa etapa de la historia argentina. En nueve años, el carismático líder primero abrazó el corporativismo, después las teorías sociales; dividió un país, luego lo ascendió al Olimpo y terminó descendiendo al Hades. Aquel septiembre de 1955 ninguna masa enardecida salió a respaldar al líder que abandonó la casa presidencial sin mayores pompas, prometiéndole al médico que custodiaba a Evita “que le llamaría para darle instrucciones sobre el cuerpo”. Probablemente, en aquel año, mientras el poder era disputado por militares antiperonistas, todos pensaban que el líder sería borrado de los libros de historia con un plumazo.
Sin embargo, para bien o para mal el país de 1955 era muy diferente al que había aclamado a su líder. Argentina era un país con cifras mucho más equitativas y una clase media en ascenso que había conocido una calidad de vida desconocida hasta entonces, pero también sumida en una crisis económica que se explicaba en buena parte por la construcción de un modelo de Estado sobre bases artificiales: la bonanza temporal de los primeros años. En las décadas siguientes las únicas dos maneras de sortear ese gasto público sería con endeudamientos promovidos por gobiernos de derecha y la emisión de moneda fomentada por gobiernos de izquierda. Ninguna de las medidas sería efectiva y el país austral atravesaría crisis económicas cíclicas como la de 1969, 1976, 1989, el recordado corralito del 2001 y la actual crisis inflacionaria (por mencionar algunas).
Ahora bien, resulta difícil explicarse porque un líder que partiría solo al exilio lograría no solo influir de manera determinante en la política desde la distancia, pero sobre todo mantendría un movimiento político sin pisar el país donde se había originado.
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¿Qué fue de Perón en el exilio? ¿Cómo sobrevivió el peronismo a los años venideros sin su líder en Argentina? Esas preguntas así como el tercer gobierno de Perón en los convulsos años setenta los podrá leer el próximo lunes, aquí en La Gaitana Periodismo Independiente.