Por: Michael Rosental Guzmán – Columnista invitado.
El 27 de enero se conmemora el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, una fecha elegida por la ONU porque corresponde con la de la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo en 1945. Este día no sólo honra a quienes sufrieron y perecieron, sino que también invita a reflexionar sobre uno de los episodios más oscuros de la humanidad, un quiebre moral que cambió para siempre el rumbo de la civilización.
Cuando se habla del Holocausto, a menudo se mencionan las “lecciones” que dejó. Sin embargo, esta noción me resulta problemática: el Holocausto no fue una lección impartida por los nazis; no fue una clase que recibieron los judíos para aprender algo. Cada grupo obtiene de un evento histórico diferentes “lecciones”, las cuales varían mucho y no pueden ser empaquetadas. Lo que sí se puede hacer es identificar elementos de ese evento que son esenciales para comprender su magnitud y comprometerse con la prevención de tragedias similares en el futuro. Aquí surge una pregunta central: ¿qué aspectos del Holocausto son universales y aplican a toda la humanidad? ¿Y cuáles son únicos, sin precedentes y, hasta hoy, irrepetibles?
El recientemente fallecido profesor Yehuda Bauer, figura clave en el estudio del genocidio y el Holocausto, ofreció claridad en estas cuestiones. Según Bauer, hay elementos universales en el Holocausto que nos permiten trabajar hacia la prevención del genocidio. El principal elemento constante en todos los genocidios, incluido el Holocausto, es el sufrimiento humano. El dolor es una experiencia compartida por todas las víctimas de genocidios y masacres, independientemente de su contexto o geografía. Esta universalidad del sufrimiento nos permite cultivar una empatía tambien universal. Elie Wiesel, autor y sobreviviente del Holocausto, enfatizaba la importancia de combatir la indiferencia, la que consideraba el opuesto del amor. Por su parte, Bauer proponía tres mandamientos esenciales: no serás perpetrador, no serás víctima y, sobre todo, no serás espectador.
Si existe un mensaje universal del Holocausto, es éste: la necesidad de rechazar la indiferencia y de actuar para evitar el sufrimiento ajeno a medida que sea posible. La misma tradición judía lo plantea de otra forma. El Rabino Hilel alguna vez respondió: “No le hagas a otro aquello que no te gusta que te hagan. Esa es toda la Torá, el resto es comentario.”
Pero el estudio del Holocausto no debe quedarse en lo universal. Es necesario explorar lo que hace a este evento histórico profundamente único.
Aunque la historia está marcada por numerosos genocidios, el Holocausto destaca por su naturaleza extrema. Yehuda Bauer argumentaba que, aunque no fue el primer genocidio ni el único, sí representó el caso más extremo en la historia registrada. Dos factores explican esta singularidad: su alcance geográfico y la lógica ideológica que lo sustentó.
A diferencia de otros genocidios, el Holocausto no tuvo límites geográficos. La ambición nazi de exterminar a los judíos no se restringió a Alemania ni siquiera a Europa. Su objetivo era erradicar a cualquier judío en cualquier lugar del mundo. Este alcance global queda ejemplificado incluso en lugares remotos como Medellín, Colombia, donde la presión ejercida por la embajada nazi llevó al suicidio de un judío local. La consigna nazi no era eliminar a los judíos de Europa o del Reich; era exterminar a todos los judíos, desde Bogotá hasta Shanghái. Esta persecución sistemática y sin restricciones geográficas no tiene paralelo en la historia.
El segundo elemento distintivo del Holocausto fue la racionalidad ideológica detrás de la matanza. A diferencia de otros genocidios que suelen justificarse por motivos estratégicos —como la expansión territorial o la seguridad interna—, el Holocausto estuvo impulsado por una ideología profundamente antisemita. Por ejemplo, el genocidio kurdo durante la campaña Anfal en 1988 fue justificado por Saddam Hussein en nombre de la seguridad nacional, mientras que el genocidio en el Putumayo, perpetrado en busca de la explotación del caucho, respondió a intereses económicos.
El caso del Holocausto fue diferente: exterminar a los judíos no era un medio para alcanzar otro objetivo; era el objetivo en sí mismo. No se buscaba un beneficio económico, ya que los costos asociados a la infraestructura y las operaciones superaban con creces cualquier saqueo. Tampoco se trataba de una lógica expansionista o de seguridad, pues las primeras víctimas fueron judíos que ya vivían en Alemania, muchos de los cuales habían servido en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. Fue el antisemitismo, profundamente arraigado en la ideología nazi, lo que impulsó esta máquina de destrucción.
El antisemitismo no solo definió al nazismo, sino que también moldeó el curso de la Segunda Guerra Mundial. La obsesión con exterminar a los judíos fue el eje central de la ideología nazi, causando la muerte de seis millones de judíos, la destrucción de la vida judía en Europa y la pérdida de millones de vidas más durante el conflicto global. Sin comprender el antisemitismo, es imposible entender el nazismo o la guerra misma.
Paradójicamente, esta comprensión conduce a una lección universal: es esencial estudiar y entender el antisemitismo. Hacerlo no solo honra la memoria de los millones de judíos masacrados en el Holocausto y las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, sino que también constituye una herramienta crucial para prevenir futuras tragedias. El antisemitismo sigue siendo una forma de discriminación presente en muchas sociedades occidentales y, sin embargo, es una de las menos comprendidas y más tergiversadas.
Para el pueblo judío, el Holocausto no es sólo un episodio trágico de la historia universal. Es un evento profundamente personal que transformó su identidad colectiva. Entender el Holocausto implica reconocer que no ocurrió en un vacío histórico, sino como la culminación de siglos de antisemitismo en Europa.
El impacto del Holocausto trasciende generaciones. Nuestros abuelos sobrevivieron los campos; nuestros padres estudiaron lo ocurrido y nos enseñaron a recordar; y nosotros vivimos las consecuencias de ese proceso. Es una herida que aún duele, especialmente en un contexto global donde el antisemitismo resurge con fuerza, como quedó demostrado con el pogromo del 7 de octubre y el aumento de actos de odio contra judíos en todo el mundo.
Por eso, les invito a abordar este capítulo de la historia con responsabilidad y sensibilidad. Reflexionen sobre el Holocausto como un recordatorio de las profundidades a las que puede llegar la humanidad y como una advertencia para evitar que algo así se repita. Reconozcan que, aunque esta tragedia tenga lecciones universales, también tiene un significado particular para el pueblo judío. No es solo una herida del pasado; es una herida recién abierta, que va a tardar siglos en cerrarse.
Sobre el autor…
Michael Rosental es Internacionalista de la Universidad del Rosario de Colombia, actualmente estudiante de Maestría en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Participa activamente en la Red Juvenil del Congreso Judío Latinoamericano, y el Congreso Judío Mundial. Ha trabajado en comunicaciones de la Confederación de Comunidades Judías de Colombia y en la Escuela Internacional de la Universidad Hebrea. Es el fundador de la iniciativa Simcha y analista en Reporte Mundial.

