Por: Juan Pablo Otero Salazar.
En el 2022 cuando en las noches escribía el que hoy es el Acuerdo Distrital 966 de 2024, Sergio Urrego, leía Un beso de Dick, de Fernando Molano Vargas. El ejercicio de crear una norma que garantizara los derechos de estudiantes LGBTI en sus colegios y, al tiempo, recorrer unas de las mejores novelas de amor adolescente, escrita bajo la Bogotá violenta de finales de los años ochenta, me llenó de inspiración para emprender ese largo camino, turbulento, que finalizó muchos años después.
Pero no vengo a hablar del proyecto, mi propósito es más importante. Por desgracia a Fernando Molano Vargas, el autor de Un beso de Dick, no se le ha dado el papel que merece en la historia de la literatura colombiana e incluso universal. Fue la Colombia machista, intolerante y homofóbica de finales del siglo XX quien desechó una de sus mentes más brillantes.
He hecho el ejercicio de preguntar, incluyendo activistas LGBTI de larga trayectoria, pero la mayoría me han dicho que, tristemente, no conocen la obra de Fernando Molano. Y hoy, en esta primera columna y recordando mis inicios de incidencia y participación, quiero homenajear y resaltar a quien Eduardo Galeano podría definir como un nadie, hijo de nadie, que no figuró en la “historia universal sino en la crónica roja de la prensa local”; que pocos, con una historia y convicciones similares a él, rescatamos su memoria de la muerte en nuestros más profundos recuerdos.
Confesaré algo: he vivido dos ocasiones que, en público y en ambientes universitarios donde hablaban de escritores, he sentenciado que Molano es el mejor escritor que ha tenido nuestro país, muy superior a García Márquez. Sin embargo, acudiendo precisamente a la sensatez, en estricto rigor no puedo sostener esa afirmación, pero lo hacía por mero acto de rebeldía, porque la gente tiene que saber de Fernando, tienen que reconocer su aporte literario a la humanidad.
Fernando Molano Vargas fue un bogotano nacido en 1961 que afrontó una vida difícil: vivió en un barrio obrero al occidente de la ciudad junto con sus seis hermanos, una madre y un padre borracho. En su infancia trabajaba en el taller familiar para poder sostener la precaria economía del hogar. Y sí, era gay, se describe como un hombre raro que amaba hombres raros. Fue un ávido lector —amante de Proust y Camus, Kafka y Joyce— que estudió Literatura en la Pedagógica. Finalmente, muere por complicaciones relacionadas con el VIH en etapa SIDA. Molano atravesó la pobreza, la discriminación por su orientación sexual y la estigmatización por convivir con VIH, materializadas en diversas barreras al momento de recibir dignamente el derecho a la salud.
Tampoco tuvo las mismas oportunidades que suele tener una persona heterosexual, acomodada y todas las demás categorías de interseccionalidad, lo cual hace más loable su trabajo. Sus obras terminaron ocultas en la sección de Libros Raros y Manuscritos de la Luis Ángel Arango. De hecho, solo algunos de sus amigos sabían de su existencia y fueron quienes, como Prometeo, le entregaron el fuego al pueblo. Estoy seguro que si hubieran sido creaciones sobre machos, guerra, amor heterosexual, si los hubiera escrito bajo una circunstancia distinta a la estigmatización que lo inducía a la muerte, los notables de la época lo hubieran valorado. Es hora de cambiar de rumbo, de contar la historia desde la perspectiva de quienes siempre han sido invisibilizados y explorar esa narrativa en clave de resistencia y amor.
Pero volvamos a su obra. Si se preguntan por qué la palabra Dick aparece en el título de su primer libro, se debe porque en los inicios del descubrimiento sexual de Fernando, él lee Oliver Twist y fija su atención en un beso entre dos niños, dos niños que se amaban. De eso se trata su libro, de dos muchachos, cada uno de 16 años, viviendo a finales de los años ochenta: estudiantes de un colegio oficial de Bogotá y amantes del fútbol que se aventuran a jugar a la libertad de amar; aun en contra del padre de uno de los protagonistas, que cuando se entera del romance ilegal casi le saca un ojo a su hijo.
Eso, a mi juicio, es lo verdaderamente hermoso del libro: su amor resiliente y firme, quizá parecido a muchos de los que han tenido un sinnúmero de personas LGBTI en su adolescencia: unas que sí han podido amar pese a los prejuicios que siempre existen, otras que han vivido su identidad al margen de las violencias de nuestra sociedad.
Fernando también tiene otro libro fantástico, Vista desde una acera. En él recorre, si se quiere de manera autobiográfica, su historia y la de su amigo. La explotación de los trabajadores de café y la estigmatización contra las personas que conviven con VIH por parte del sistema de salud, la discriminación en los diferentes escenarios y la vida como intelectual, como poeta, incluso como revolucionario en una célula urbana de la guerrilla, donde, lamentablemente, se dio cuenta de que esa propuesta también se sostenía “por la rigidez de los sofisticados cinturones de castidad hechos en los talleres de la moral”.
Recomiendo la lectura de Un beso de Dick y Vista desde una acera. Son obras rigurosas y bellas que, para las personas LGBTI, pueden ser especialmente reveladoras y, para las que no lo son, resultan una oportunidad para conversar consigo mismos y reflexionar su papel en la sociedad. Y para que al final, dice Catalina Holguín, puedan cerrar el libro y llorar por la suma de todas las cosas, pero siempre creyendo firmemente en aquella utopía que cada vez más aplaza su llegada, tal como lo hizo Fernando.
El 10 de abril se cumplieron 27 años de su muerte. Espero haber podido resaltar su nombre y de alguna forma agradecerle, propósito que tengo desde que lo leí en 2022, y que además no he vuelto a conversar con él a través de sus libros. Pero sé, en últimas, que Molano es la más alta expresión de la elocuencia, es un clásico, ya lo diría Ítalo Calvino: inolvidable, influyente, de una riqueza absoluta, que nunca para de decir lo que tiene que decir.
Sobre el autor…

Juan Pablo Otero Salazar tiene 18 años. Es estudiante de Derecho de la Universidad Externado de Colombia. Autor del Acuerdo Distrital 966 de 2024, «Sergio Urrego», que establece medidas para la garantía de derechos de estudiantes LGBTI al interior de sus colegios. Distinguido como personaje destacado del año 2024 por el periódico El Espectador por su activismo estudiantil en favor de los derechos LGBTI. Ha sido ganador de concursos literarios y ha participado en la elaboración de contenidos para Canal Capital-Eureka, en el marco de los intereses sociales de niños, niñas y adolescentes.
Amante de los gatos, los libros y la escritura como método de catarsis frente a las problemáticas sociales. Alumno constante de la universidad de la vida, todos los semestres repiten Sensibilidad y Empatía porque cree que todavía no tiene esas habilidades capitales para cambiar al mundo.
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Sobre la imagen: Fuente Planeta Libros.