La Gaitana – Periodismo independiente

El periodismo con perspectiva de género no es una opción, es una necesidad

Fuente: Freepik.

Aunque el periodismo con enfoque de género es clave para una cobertura más justa y equitativa, sigue siendo minimizado, precarizado y cuestionado. En un oficio dominado por hombres y sesgos históricos, la lucha por narrar desde otras voces no solo es necesaria, sino urgente.

Han pasado 144 años desde que, el 15 de mayo de 1881, se publicó el último número de La Mujer, la primera revista en Colombia financiada y dirigida por una mujer: Soledad Acosta de Samper. Sus publicaciones abordaban temas que destacaban el papel de la mujer en la esfera pública y privada —considerando las normas morales de la época—, así como su acceso a la educación y el trabajo, la higiene y otros aspectos de la vida cotidiana. Además, promovió la difusión de obras literarias escritas por mujeres. A lo largo de sus 60 números, La Mujer permitió una reflexión temprana sobre la posición de las mujeres en la historia y sentó las bases de lo que hoy conocemos como periodismo con enfoque de género.

Soledad Acosta de Samper. Archivo del Banco de la República.
Soledad Acosta de Samper. Archivo del Banco de la República.

Hablar de este tipo de periodismo implica reconocer tanto los avances como los desafíos en la materia. Ser una periodista que prioriza y trabaja en conjunto con las agendas de las mujeres y las diversidades resulta incómodo para el statu quo, en el que se inscriben gran parte de las editoriales periodísticas del país. De hecho, a pesar de que, en la cuarta conferencia mundial sobre la mujer celebrada en Beijing en 1995, se establecieron los objetivos estratégicos que pretendían entregarle a la mujer un rol más activo al interior de los medios de comunicación, aún son pocos los que cuentan con una editorial de género o que se dedican exclusivamente a producir esta clase de contenidos.

Proyectos en la región como Volcánicas, LatFem, Manifiesta, La Antígona, Sentiido, Género y Número, entre otros, demuestran que este periodismo es necesario, porque sin las voces de las mujeres y las diversidades, la verdad está incompleta. Hablar es una forma de habitar la historia, reconstruirla y edificar memoria. Aunque estos medios representan avances, ejercer un periodismo con enfoque de género sigue siendo un desafío. Para los sectores más ortodoxos, es visto como sectario, parcial e incluso irrelevante, bajo la errónea idea de que no requiere especialización, a diferencia de la demanda el periodismo científico, económico o político, pues este depende más de un activismo.

El periodismo con enfoque de género no busca imponer una visión particular, sino visibilizar y dar reconocimiento a realidades que han sido históricamente invisibilizadas o tergiversadas en los medios de comunicación. Así como el periodismo económico se especializa en el análisis de los fenómenos financieros y el periodismo deportivo en la cobertura de distintas disciplinas, el periodismo con enfoque de género debe estudiar cómo el género impacta la vida de las personas y prestar atención a la forma en que se narran las noticias.

Sin embargo, mientras todos, todas y todes opinan, pocos asumen la responsabilidad por la revictimización que generan un mal titular, una portada sesgada, un lenguaje sexista o el uso de fuentes no expertas que, por el solo hecho de ser mujeres o personas diversas, creen tener un cum laude en estudios de género.  Pero esto no es solo un asunto editorial. No se trata únicamente de enseñar en las salas de redacción cómo usar sustantivos colectivos, nombres genéricos o abstractos; cómo suprimir un artículo por otro; qué pronombres o adjetivos emplear, ni mucho menos de desarrollar un sentido crítico y sensible frente a la semiótica de la imagen que será portada. Si bien es importante aprender a cubrir bien temas difíciles como la violencia de género o los feminicidios, también está en juego la precarización laboral, la representación en los espacios de toma de decisiones y una transformación cultural que va más allá de una publicación, pero que nos obliga a cuestionarnos qué tan seguras estamos dentro de las mesas de trabajo periodístico.

 Pero ¿cómo podremos estar seguras si trabajamos con colegas que nos acosan, que desestiman nuestras propuestas y creen hacer mejor el trabajo, aunque no hayan estudiado periodismo y nosotras sí? La respuesta parece confusa. También, es irónico ver a una periodista que investiga la violencia económica recibir un sueldo indigno que le impide acceder a otras oportunidades. Muchas de ellas no solo están mal remuneradas, sino que además tienen contratos de exclusividad periodística que las privan de otros ingresos, en contraposición a una minoría que puede acceder a diversas fuentes de ingreso con mejores remuneraciones.

Asimismo, casi nadie se detiene a pensar en lo que implica ser madre y periodista: cómo la maternidad se convierte, en muchas ocasiones, en un obstáculo para atender una primicia, hacer una entrevista o simplemente sentarse a escribir si no tienen con quién dejar a sus hijos. Tampoco en la ausencia de espacios de cuidado y empleados para la lactancia en las oficinas de trabajo.

«… Sin embargo, mientras todos, todas y todes opinan, pocos asumen la responsabilidad por la revictimización que generan un mal titular, una portada sesgada, un lenguaje sexista o el uso de fuentes no expertas que, por el solo hecho de ser mujeres o personas diversas, creen tener un cum laude en estudios de género.  Pero esto no es solo un asunto editorial…»

Nadie se pregunta cuántas mujeres dirigen medios y toman decisiones clave, ni cuántas de ellas llegan con los lentes morados para no seguir perpetuando las estructuras de poder. Porque las instituciones sociales —la iglesia, la familia tradicional, el Estado y hasta los medios— han sido los principales actores que han relegado a las mujeres y a las diversidades a una categoría de sujetos sin sentido dialógico y a quedar por fuera de los marcos sociales dominantes.

Por ejemplo, en mi área de trabajo, las emisoras universitarias, es importante destacar que, de las 62 registradas en Colombia, sólo 25 tienen a una mujer como representante legal, frente a 37 dirigidas por hombres. En términos porcentuales, esto equivale a un 40.32% de representación femenina frente a un 59.68% masculina, y esto solo en los cargos directivos.

Lo más preocupante es cómo esta disparidad se ha naturalizado. En mi caso, todavía resulta extraño para muchos encontrar a una mujer trans en ruedas de prensa, entrevistas e incluso en la toma de decisiones editoriales. Esto se debe en gran parte a que, durante años, nuestra vinculación con los medios ha estado anclada a los titulares de la sección judicial, asociada al crimen y la muerte; notas en las que nuestras identidades no eran respetadas y se nos presentaba como responsables incluso de nuestras propias muertes.

En ese sentido, el ejercicio del periodismo, al desarrollarse en un entorno masculinizado donde prima la competencia de egos y el prestigio se mide en premios, se convierte en un espacio hostil y, en mi caso, transfóbico. Ocupar estos escenarios ha sido un desafío, pues en muchos casos se ha irrespetado mi identidad y autoridad. Parece que nuestra participación sólo es aceptada en la medida en que no fisuremos la casa patriarcal ni incidamos en la agenda pública; como si solo pudiéramos ser expertas en género, educación, moda y entretenimiento, pero no en economía, política o salud.

Para mí, ejercer el periodismo no es solo un asunto profesional, sino también personal, porque entiendo lo importante que es asumir un poder que genera sentido común, y hace que como persona trans pueda ser autora de mis propios marcos interpretativos sin que eso reste rigurosidad a mi trabajo. Se trata de contrarrestar las injusticias epistémicas de las que también somos responsables los medios y los periodistas. Pero esto se logrará en la medida en que podamos ir transformando el enfoque editorial de los medios tanto tradicionales como ‘alternativos’; cuando logremos pasar de una cobertura superficial o amarillista a un enfoque estructural y comprometido con la equidad.

Hoy, en momentos de posverdad y tensión política a nivel nacional e internacional donde los movimientos anti-derechos retornan de forma rápida al poder, nuestra labor es combatir la desinformación y los discursos que segregan y discriminan. Se trata de poner en contexto lo que sucede en los territorios, desde un análisis interseccional y decolonial para comprender cómo la categoría de género se correlaciona con otras como la de clase y raza.

Porque tanto el feminismo como el periodismo con enfoque de género están obligatoriamente llamados a dejar de funcionar desde una perspectiva blanca y eurocéntrica. Hacerlo nos demanda incluir más voces diversas en el periodismo: mayor representación de mujeres negras, indígenas, trans y rurales en los medios, tanto en la producción de contenido como en los cargos de toma de decisiones. El periodismo también tiene un carácter político.

Sin embargo, la tarea de fortalecer este tipo de periodismo también debe involucrar a la academia. Los estudios de género deberían ser transversales a la formación periodística que se vive en las universidades. ¿Cuántas universidades hoy cuentan con una escuela en estudios de género, con semilleros de investigación, con posgrados y pregrados que incluyan en sus planes de estudio estas temáticas? Por supuesto, preguntarnos también quiénes deben ser los profesionales encargados de esta enseñanza en los programas de Comunicación Social y Periodismo en Colombia.

Mientras eso sucede, la invitación es a seguir creando y sosteniendo proyectos independientes que le apuesten a un periodismo de género; esto pasa por encontrar modelos de negocio sostenibles para estos medios sin que lleguen a depender de grandes corporaciones o de publicidades con un alto sesgo de género. Estas apuestas, lejos de llegar a ser proyectos doctrinarios e ideológicos, son herramientas que fortalecen el periodismo, haciéndolo más completo, crítico y equilibrado, al dar voz a quienes han sido marginados y desafiar los sesgos que han marcado la narrativa mediática. Si el periodismo tiene el deber de informar con rigor y profundidad, ¿por qué no aplicar ese mismo compromiso a los temas de género?

Salir de la versión móvil