La Gaitana – Periodismo independiente

El peso del tiempo – Parte II

Por:                        Eliana Margarita Almario Cachaya.

La semana anterior Eliana Almario reflexionaba sobre las implicaciones del paso del tiempo y el avasallamiento de la tecnología en la evolución humana. Puedes leer la primera parte aquí y a continuación disfrutar su cierre.

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El malestar de la época

En Colombia, pedir una cita psicológica puede tomar semanas o meses; y cuando por fin uno es atendido por el psicólogo, suele ser recibido con afán porque hay más pacientes que se deben atender y el especialista debe cumplir con un horario de trabajo.  Ahora bien, lo más grave de todo es que esta conversación tan íntima e importante se convierte muchas veces en un espacio de juicio a su paciente.

En Colombia, la ley 1751 de 2015 nos dice que tenemos derecho a recibir servicios de salud oportunos y de calidad, con un trato digno y respetuoso, sin discriminación, privacidad y confidencialidad, consentimiento informado y autonomía e integridad corporal. Pero esto no se está ejerciendo, no está ese lado “humano”; mientras una máquina está lista para contestar sin juicios. Es difícil no hacer uso de esta herramienta teniendo en cuentas estas desigualdades, y esto, más que un avance, es una alerta. ¿Cómo llegamos a un punto en que una conversación genuina, un trato digno, una escucha atenta se volvieron lujos que pocos pueden permitirse?

Cuando preferimos hablar con una inteligencia artificial porque nos resulta más empática que un profesional de la salud mental (incluso cuando las máquinas carecen de empatía), no estamos eligiendo lo artificial por encima de lo humano. Estamos eligiendo lo disponible, lo accesible, lo que no nos hiere ni nos revictimiza. Lo preocupante no es que las máquinas aprendan a simular comprensión, sino que nosotros estemos olvidando cómo ejercerla. Nos estamos acostumbrando a la inmediatez de una respuesta automática mientras deshumanizamos los vínculos reales.

 La tecnología no reemplaza el calor de una presencia, pero a veces su frialdad resulta más llevadera que el desprecio disfrazado de atención profesional. En medio de esto, el sistema sigue fallando en lo esencial que es cuidar la vida, acompañarla y dignificarla. Sin darnos cuenta desplazamos lo humano por necesidad; no por preferencia.

Lo mismo ocurre en la educación. En medio del auge de las herramientas tecnológicas muchos docentes sienten que su rol está siendo amenazado por plataformas de inteligencia artificial que “lo saben todo”, o por estudiantes que ya no investigan, sino que copian y pegan respuestas desde Internet.

Sin embargo, esta queja la veo resulta más un temor a perder autoridad que un verdadero análisis pedagógico; porque el problema no es que la información esté disponible, siempre lo ha estado en libros, revistas, periódicos o incluso en la televisión, el problema es cómo usamos esa información y qué tan preparados estamos para enseñarle al otro a pensar con ella, no solo a repetirla. Si la educación se limita a copiar del tablero o transcribir lo que dice el docente, no hay mucha diferencia entre una clase presencial y una página web. Decimos que la IA no puede reemplazar a un maestro porque no puede dar un abrazo, pero la realidad es que son muy pocos los docentes que le preguntan a su estudiante cómo está, si ha comido, si está teniendo algún problema en casa… El discurso se nos llena de humanidad, pero muchas veces se nos vacía en la práctica.

La verdadera amenaza no está en la tecnología, sino en una pedagogía vacía de sentido, donde falta escucha, curiosidad y vínculos. Porque el rol del docente no es simplemente entregar información, sino formar pensamiento. No basta con que el estudiante entregue una tarea, hay que saber cómo fue ese proceso, que logre explicarlo con sus palabras, que pueda conectarlo con su vida cotidiana y sea capaz de discutirlo, de ponerlo en duda. Ese es nuestro reto como docentes; crear espacios donde la educación no sea un acto mecánico, sino una experiencia crítica y significativa.

Y en ese camino, las herramientas digitales no deberían ser vistas como enemigas sino como aliadas para aligerar cargas administrativas como la construcción de planeaciones. De este modo, podremos dedicar más tiempo a lo que realmente importa: la pedagogía, la conversación, el acompañamiento, el vínculo. La diferencia no está en la herramienta, sino en el uso que se le da. De allí que el análisis crítico no puede limitarse a rechazar lo nuevo por miedo, sino a preguntarnos cómo transformamos nuestras prácticas.

La promesa no es volver al pasado. La promesa es repensar el presente con conciencia.
Porque no se trata de rechazar la inteligencia artificial, ni de vivir con miedo a ser reemplazados. Se trata de elegir conscientemente qué queremos conservar de lo humano. De asumir que esta revolución tecnológica puede ser una oportunidad si no olvidamos quiénes somos. Se trata de analizar cómo las acciones humanas pueden conducir tanto a avances como desastres dependiendo de cómo se ejerza la libertad y su responsabilidad. Preguntarnos, ¿qué tipo de humanidad estamos construyendo? Una que lo delega todo a los algoritmos, que mide el valor de la vida por su productividad o una que se detiene, se mira, se toca y se piensa. Porque el Homo sapiens-sapiens no es solo un ser que sabe, sino uno que sabe que sabe; que puede decidir y que puede cuidar. No podemos perder la capacidad de pensar lo que estamos haciendo.

Podemos programar máquinas, mas no programar el alma.Podemos automatizar tareas, pero no automatizar el amor, ni la risa, ni el arte; y aunque parezca que todo puede ser reemplazado hay cosas que no tienen copia como los abrazos, las miradas, las preguntas sin respuesta, los errores que enseñan, los silencios que acompañan. Depende de cómo miremos, cómo enseñemos, cómo sintamos, de cómo decidamos usar estas herramientas; y sobre todo depende de que no olvidemos que vinimos al mundo no solo a producir, sino a vivir.

No se trata de parar como quien se detiene un momento para luego volver al mismo ritmo. Se trata de una forma de vivir y estar en el mundo. El arte de detenernos, de mirar, de estar. No es una renuncia a la acción, sino una apuesta por la profundidad. La contemplación no es pasividad, es entrega. Y esa entrega exige presencia y solo es posible cuando salimos del modo operativo que nos fragmenta.

Contemplar y dejarnos transformar por lo que contemplamos. Es permitir que algo nos toque de verdad, sin apuros, sin filtros. Es un acto profundamente humano, una forma de resistencia frente a la prisa que nos vacía. Como explica Byung-Chul Han en su libro El aroma del tiempo, la contemplación es un acto de resistencia frente a la hiperactividad y al exceso de positividad que nos impiden ver, pensar con claridad y profundidad. Y es que esto requiere de tiempo, silencio y cuerpo. Requiere mirar hasta que lo que miramos también nos mire de vuelta.

Bibliografía

Arocha Rodulfo , J. I. (Octubre de 2019). Sedentarismo, la enfermedad del siglo XXI. Obtenido de ELSEVIER: https://www.elsevier.es/es-revista-clinica-e-investigacion-arteriosclerosis-15-pdf-S0214916819300543

Funciòn Pùblica. (s.f.). Obtenido de Ley 1751 de 2015: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=60733

Han, B.-C. (2015 ). El aroma del tiempo. Herder.

Heinrich Marx , K. (1867). El capital. Critica de la economia polìtica. Hamburgo: Otto Meissner.

Noah Harari, Y. (2014). De animales a dioses: Breve historia de la humanidad. Barcelona: Debate.

Stanton, A. (Dirección). (2008). WALL·E [Película].

Sobre la autora…

Eliana Margarita Almario Cachaya es Licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad Surcolombiana, feminista decolonial, defensora de los derechos sexuales y reproductivos, integrante de la Red Huilense en Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA). Iniciadora del semillero de investigación en Medicina Ancestral (CURARE), con un profundo compromiso con la promoción de la Educación Sexual Integral y la Educación Popular.

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