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La fricción es el enemigo

El icónico set de la película "La Naranja mecánica" de Stanley Kubric.

El icónico set de la película "La Naranja mecánica" de Stanley Kubric.

La mayor parte de nuestro lenguaje descriptivo está dominada por expresiones visuales: las diferencias de opinión son puntos de vista, el estado general de las cosas es un panorama, un sesgo es estrechez de miras y la simple necedad es una forma de ceguera. No es extraño que asociemos tantas expresiones al sentido que damos por dominante, y solo unas pocas a los demás sentidos, siempre subordinados a la vista.

Pero la vista es limitada: demanda una distancia entre el objeto contemplado y el ojo que lo enfoca. Hay una suerte de engaño en la vista, una aparente inmediatez de todo lo que aparece en el campo visual; damos por descontada la mediación de la luz entre el objeto y el ojo. No reparamos en que los objetos que aparecen en el campo visual con el simple gesto de abrir los ojos no son los que inciden directamente en nuestro ojo; es la luz que lo hiere lo único que alcanza al ojo.

A la mediación que tiene lugar en el sentido de la vista se opone la inmediatez del tacto. Es casi una cuestión de definición: el tacto ocurre cuando desaparece toda mediación y el sujeto alcanza directamente al objeto. En esa inmediatez, el sentido del tacto obtiene un nivel de detalle que la vista apenas percibe y aproxima débilmente: la aspereza, la tersidad, la suavidad, la viscosidad o la adhesividad. ¿No valdría la pena incorporar más expresiones táctiles a nuestro lenguaje descriptivo habitual?

Una razón para hacerlo es una tendencia generalizada de la época a suavizar todas las superficies. El diseño es el ejemplo por excelencia: los objetos se hacen cada vez más suaves, curvos y lisos. Los teléfonos móviles son rectángulos casi perfectamente lisos y de bordes redondeados; los carros han perdido su apariencia rectangular y sus esquinas y tienden a hacerse ovoides; los muebles han sacrificado sus ornamentos en favor de una estructura regular, redondeada y sin accidentes en la superficie. Incluso los logotipos, en los que domina una intención “minimalista” que elimina el detalle y en el que se han popularizado tipografías redondeadas y sin volumen, son objeto de esta tendencia.

También las actividades se han suavizado en cierto sentido. El trabajo, que solía ser una actividad que requería de una enorme fuerza física y de operaciones mecánicas más o menos complejas, tiende a hacerse ligero y simple. Para muchos, el trabajo consiste en aplicar un levísimo contacto sobre superficies extremadamente sensibles como pantallas táctiles o pequeños teclados. Nuestro mundo está al alcance de los dedos y una parte importante de nuestra vida consiste en ejecutar operaciones dactilares.

La fricción es el enemigo. Las esquinas, los bordes puntiagudos, las asperezas y los accidentes tienen que eliminarse. La consigna es suavizar, alisar, flexibilizar. También en el campo social opera esta tendencia: las relaciones han de ser suaves y ligeras. Así ocurre entre las parejas: la comunicación más segura es la que es menos directa, la que sabe dar un rodeo seguro antes de entrar en el núcleo del conflicto. En las relaciones que pretendan eliminar las dolorosas fricciones, se debe reemplazar la dureza de la certidumbre por la suavidad de la percepción.

Lo que resulta extraño de todo esto es que los medios con los cuales se tiende al ideal de suavidad son duros e inflexibles. Es una actitud casi policial: debemos asegurarnos de que no haya ningún accidente. Hay que vigilar celosamente los objetos, los espacios, las actitudes y también el lenguaje. El contraste es particularmente notorio en el caso de las relaciones interpersonales, donde la suavidad se asegura mediante un vocabulario rígido que busca establecer límites, fijar criterios innegociables y restringir la comunicación a solo aquello que sea neutral y aceptable. Si en las superficies la aspereza es el enemigo, en el campo social la espontaneidad es la imperfección a eliminar. En un mundo social suavizado, los exabruptos son intolerables.

Solo queda reiterar el llamado hecho más arriba: la hiperfijación con la visión nos priva de un lenguaje más amplio y detallado. Otras metáforas tendrán que ayudar a examinar nuestra vida y nuestro mundo. El mundo de las operaciones dactilares exige un lenguaje adecuado a su naturaleza; el lenguaje que solo puede inteligir lo visible aparece caduco y fuera de tiempo.

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