La Gaitana – Periodismo independiente

El miedo al amor de un hombre

Por:                        Juan David Cáceres Pinzón.

En algunas sociedades, hay muertos buenos y muertos malos, pero en un país mediado por la religión el buen maricón es el maricón muerto*. Hay lecturas necesarias, dolorosas y, en suma, maravillosas. También hay palabras como balas y sensaciones que dejan una resaca en la consciencia. Y como hablamos de lecturas, si se trata de una urgente, se debe hablar de Hombres Puros del escritor senegalés Mohamed Mbougar Sarr.

En este relato cobra vida la muerte de un hombre. Paradójicamente, leemos una novela en la que asesinan a un hombre para valorar su vida. Se llamaba Amadeu, un nombre de pila, común. De la misma manera en que somos comunes todas las personas. A él lo asesina una cultura, un estado, una religión. A Amadeu lo asesina una forma de interpretar y de asumir la vida. Son las instituciones las que terminan perpetuando el horror, instaurando la infamia como norma con prácticas deshumanizantes, atentando de maneras impensables hacia aquellos a quienes consideran una amenaza.

Es un profesor de literatura universitario, Ndéne, quien narra la historia. A partir de la visión de este hombre no solo conocemos el contexto, sino que dimensionamos el dolor y la infamia de la realidad que se cuenta. Al mismo tiempo, contemplamos cómo para un hombre termina siendo tan difícil reconocer el conflicto que establece el patriarcado sobre su vida y la de los hombres que lo circundan, además de cómo afrontarlo y entrar en disputa sobre lo que establece esta organización en su vida.

No es la norma, debido a los mandatos sociales, que un hombre se cuestione, se pregunte y explore otras formas de vivir. Judith Butler plantea que la heterosexualidad compulsiva impone ciertos límites desde lo incomprensible en los que se ve de manera difusa un cuerpo real, normal o natural. Esto sin duda plantea cómo la hegemonía heterosexual excluye otras formas de corporalidad. Ante eso, está Ndéne, que decide entrar en ese tránsito y explorar otras maneras de relacionarse, y al hacerlo ingresa en un caparazón. Esto es narrado por Mohamed de la siguiente manera: “solo quedaba el miedo de un hombre que temía que su mundo se desmoronase y, con él, todo el sistema de valores que siempre había creído y al que había consagrado su vida.”

Es el miedo a la homosexualidad y a la diversidad lo que cimenta la intolerancia, la infamia, la imposición y las violencias de esta cultura. Ese miedo se traduce en el retrato del poder patriarcal cuya sombra sigue oscureciendo a la humanidad. En esa oscuridad se encuentra este hombre, Ndéne. Él tiene una ruptura en su forma de interpretar la realidad y se cuestiona desde lo que le transmite la muerte de Amadeu: la forma en cómo muere, el dolor de su madre, las dinámicas sociales, religiosas y políticas que refuerzan el esquema patriarcal sobre la realidad. A partir de allí, Ndéne dimensiona cómo esto lo afecta. Esto termina en él sembrando una semilla de deconstrucción y de querer reaccionar ante ese sistema.

En este escenario me pregunto, ¿qué se necesita para que las sociedades reconozcan la orfandad con la que han cometido estos atropellos a la humanidad? ¿Leyes, educación, cultura? Ante esto, Mohamed Mbougar plantea que “la ascesis de la memoria es la única forma de luchar, la única forma de re-conocer al ser perdido al vivir en su compañía de sombra. Pasar el duelo por alguien no es deprimirse en una aflicción estéril, autotélica; no, pasar el duelo por alguien es intentar transformar nuestro propio dolor en un medio de conocimiento, en una vía para reconstruir en nosotros el mundo del difunto, reedificarlo como un templo o un palacio, y luego recorrer los pasillos perdidos, los pasadizos ocultos, las estancias secretas, para descubrir verdades que pasamos por alto cuando vivía”

Re-existir y luchar desde la memoria es entonces la decisión que asumen los sujetos en estas sociedades. Una decisión totalmente política en épocas donde nadie quiere tomar posición política. Es difícil tomarla porque rebelarse ante ese sistema de prácticas y valores no es sencillo. Implica no solo una renuncia a los privilegios, sino una transformación de sentires y pensares hacia la búsqueda de una vida más digna, equitativa, cuidadora y constructora de espacios para las personas que hacen parte de ella, sin tomar como algo predominante su orientación sexual o identidad de género.

Referencias

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