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Barquitos de papel

Fotografía de Artak Petrosyan. Proviene de Unplash.

Fotografía de Artak Petrosyan. Proviene de Unplash.

Un hombre que se hizo entomólogo fue primero un niño que un día se cruzó con un impresionante desfile de hormigas que, sin disponer de palabras, eran capaces de organizarse para mantener su colonia; una meteoróloga fue alguna vez una niña maravillada con el lento flotar de las nubes. La capacidad de asombro de los seres humanos es progresiva. Para que un adulto se conduzca por los caminos de las ciencias, las artes o la filosofía, tuvo que haber un niño maravillado con los misterios del mundo.

Yo me hice filósofo bajo la convicción de que la filosofía me abriría las puertas a la comprensión de los fundamentos de la realidad misma. Pero mucho antes de interesarme por la metafísica o la epistemología, fui un niño perplejo por el misterio más impresionante que podía concebir: el origami. Que una hoja de papel se pudiese transformar después de una serie de dobleces en una grulla me parecía —y me sigue pareciendo— fascinante. Desde entonces no ha dejado de sorprenderme la capacidad de visualizar de antemano un cuerpo con volumen y extensión sin tener un modelo de referencia, como si de dos dimensiones pudiese inferirse una tercera. Los juguetes de plástico y madera eran divertidos, sin duda, pero el origami lo era aún más, porque a diferencia de los juguetes, que eran objetos ya acabados y conocidos incluso antes de poseerlos, las figuritas de papel generaban expectativa: ¿qué saldrá de esta hoja de papel? ¿Un animal? ¿Una estrella? ¿Una flor? Con la hoja siempre había lugar para la sorpresa y el asombro.

A pesar de mi fascinación, no aprendí a hacer figuras de origami. Lo más lejos que llegué fue a hacer sacapiojos, aviones y barquitos. Pero para mí era más que suficiente, pues así podía inventarme historias fantásticas y hundirme en ellas por horas.

Con una hoja cuadriculada, unos colores y unos cuantos dobleces podía fabricar un barco, llenarlo de color y echarlo a algún charco que se había formado después de la lluvia; entonces dejaba de ser un simple charco y se convertía en un océano agitado en el que unos piratas habían naufragado. O podía ser también un lago en el que unos exploradores se encontraban con una criatura mítica y terrible. Mi fascinación con las figuras de papel era, sin duda, motivada por el hecho de que no tenía un simple juguete, sino una historia al alcance de mi mano y de mi imaginación.

No hay nada más noble que la imaginación de un niño: no solo tiene la fuerza suficiente para apartarlo de un mundo que puede ser extremadamente hostil, sino que lo eleva hacia otro mundo lleno de posibilidades que rompen con los constreñimientos de lo real. Quien celebra la literatura o el cine, celebra la imaginación de un niño. Y quienes en su vida adulta logran crear mundos enteros en las artes, lo hacen porque no suprimieron del todo aquella facultad que palidece una vez la severidad de los adultos la interrumpe bruscamente.

Conforme se inserta en los sistemas de reglas, que restringen su conducta y sus posibilidades, cada quien suprime unas facultades y desarrolla otras. La imaginación le cede su lugar a la razón, pues el adulto no debe perder su tiempo en divagaciones sobre historias fantásticas, sino que debe maquinar, predecir situaciones, optimizar resultados. La capacidad de representarse mentalmente escenarios imaginarios queda subordinada a la utilidad: un adulto imagina situaciones para calcular cuál de ellas le resulta más provechosa, no para perderse en ellas. En esas condiciones, fabricar figuritas se convierte en una pérdida de tiempo: plegar un papel no le representa ningún valor actual ni futuro.

Seguramente no sean solo las reglas sociales y la mecanización de la vida en función de la utilidad lo que hace que un individuo deje de fabricar fantasías. También el desarrollo cerebral juega algún papel en ello: al madurar, el cerebro pasa a ocuparse de lo real para maximizar las posibilidades de supervivencia. Un cerebro adulto es capaz de llevar a cabo tareas complejísimas, para lo cual es necesario reducir la carga cognitiva que le produce representarse situaciones imaginarias. El deterioro de la vida mental es el deterioro de la vida entera: aquello que hacía a un hombre valerse por sí mismo y perseguir los fines que se proponía ya no tiene la fuerza suficiente para garantizarle su autonomía. En sus últimos días necesita la asistencia de otros únicamente para sobrevivir, pues ya le resulta prácticamente imposible desarrollar alguna de las actividades industriosas que son de valor en el mundo de los adultos.

Lo que es un auténtico misterio —al menos para mí— es lo que ocurre con el cerebro y las facultades cognitivas al final de la vida. Conforme un adulto se hace anciano, su cerebro mengua y algunas facultades pierden su fuerza. Durante sus últimos años, un ser humano pierde su agilidad mental, se vuelve dubitativo e incluso llega a confundir la realidad. Con ello también pierde su lugar en el mundo de los adultos, que lo ven como un lastre.

Mi papá es uno de esos hombres. Ya ha pasado el umbral de los setenta años, pero además padece del mal de Alzheimer. Día tras día, su masa cerebral se reduce y la realidad se hace más difusa. Sus recuerdos se borran poco a poco y le resulta más difícil reconocer lo que le era familiar. Los rostros ya no son conocidos. Los días pasan sin dejar huella. Pero por alguna razón —por alguno de esos misterios del cerebro que son capaces de empujar a un hombre a dedicar su vida a la ciencia— mi papá recuerda cómo hacer barcos de papel. No solo lo recuerda, sino que hacerlos se convirtió en una suerte de obsesión. No recuerda el día anterior ni proyecta los días venideros; repite insistentemente las mismas preguntas con la vana esperanza de orientarse en un mundo sin tiempo. Pero al llegar a su habitación después de una caminata parece suspenderse en un mundo en el que no existe nada más que el papel y la posibilidad de doblarlo. Entonces se para frente a su tablero de ajedrez, al que le dedicó tantas horas de su vida, y toma los papelitos de los dulces de café para hacer barcos de papel, uno tras otro, hasta que no haya más papeles.

No sé qué pasa por la mente de mi papá mientras fabrica un barquito de papel. Mi papá fue un hombre de maquinaciones, muchas veces erradas y casi siempre egoístas. La enfermedad borrará todo eso de su memoria. No quedarán recuerdos de sus errores ni tampoco de sus aciertos. No habrá más que una niebla espesa en la que es imposible reconocer las cosas ni los rostros. Pero quizá lo que se asienta con más fuerza en el cerebro son las formas. Quizá es por eso por lo que no recuerda sucesos, pero sí cómo hacer pliegues sobre una hoja. Espero que siga recordando cómo hacer barcos de papel durante el tiempo que viva. Espero que esa capacidad sea el vestigio de su imaginación, de aquella facultad que primero despierta en la vida de un niño y que persiste a pesar de los esfuerzos por suprimirla.

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