La Gaitana – Periodismo independiente

La nueva cara de la soledad

Imagen de Sean Benesh. Disponible en Unsplash.

Por: José Miguel Sanabria Arévalo.

Las horas del jornal de un campesino, libre de mayoral, eran las medidas por la intensidad del calor, el viento y las lluvias. El trabajo era resueltamente físico, pero limitado, normalmente en una evolución de lo concreto hasta cerrar en lo abstracto: su culto a un dios pagano o judeocristiano. Las del individuo moderno, medidas por un reloj de gran velocidad, son las de un trabajo ilimitado, que más bien evoluciona de lo abstracto hasta finalizar en lo concreto: su culto a un objeto y/o al entretenimiento.

Si lo decadente y alienante de esta condición ha sido harto denunciado (Marx, Heidegger, Arendt, Benjamin, más recientemente Byung-Chul Han, y un largo etcétera), poco se han observado sus consecuencias frente a la soledad. Sin embargo, pese a que vivimos en un mundo de masas, un signo distintivo de nuestros tiempos es que estamos solos. 

Podríamos partir de una posible raíz, al menos una conceptual, de donde migra esta soledad, esta «soberana» soledad. Y es que se ha gestado el dogma que la libertad sólo es posible desde la soledad. Casi como un salto teórico, en consecuencia todas las «virtudes» imputables a la libertad están, in fine, también adscritas a la soledad. Esta condicionalidad extrema de la soledad ya es para nosotros una extraña degeneración, muy probablemente derivada de la gestación del concepto del individuo y, hay que decirlo, del surgimiento de un ethos burgués. Antes, habría que ir a los clásicos, un mundo era inimaginable sin que su celula mínima fuese la vida en sociedad. Cualquier forma de bienestar, de haberlo, era el de la comunidad. 

Ante esta necesaria soledad no pocos se revelaron, al menos filosóficamente. Lévinas, Derrida o Ricoeur son algunas de las personas que defendieron una ética de la alteridad, una política de la amistad, o bien toda una batería teórica para el obsequio, la donación y hasta el perdón. Ni qué decir de la fraternidad universal, defendida incansablemente por un cristianismo apóstata de cualquier soledad. Algunas de estas ideas, tal vez por los hechos traumáticos que les precedieron, terminaron por penetrar las fibras institucionales de los Estados sociales de la posguerra y hasta, vale la pena mencionarlo, algunas de las bases de la Constitución Política de 1991. 

¿Por qué, con todo lo que sabemos, con todo lo que también logra y ha logrado la compañía, que podríamos considerarlo en tantas instancias como superior a la soledad, seguimos tan denodadamente empeñados en esta última? Pese a que sabemos que hemos vivido la mayor parte de nuestra existencia como especie en manada, pese a que sabemos, con gran certeza, lo frágiles que somos en soledad, ¿qué nos lleva a una apología tan abiertamente defendida? ¿Es la soledad el nuevo partido del que discretamente todos somos unos radicales partisanos? Yo quisiera abrir una aporía frente a la soledad, al menos la que nos ha tocado a nosotros, con una posible aproximación: la de nuestras hiperabstracciones. 

Las profesiones liberales, en las que somos formados la mayoría de los individuos modernos, incluyendo la destreza de esta escritura, como lo sugerí en el primer párrafo, parte de una administración de las abstracciones. Un eje central de nuestra educación tiene por finalidad algo así como «domesticar», para fines laborales o académicos (que también es en un fin laboral), una serie de ideas trasnversales, un lenguaje específico y sus reglas, y hasta «leyes» con las que llegamos a resultados seguros, anticipamos situaciones, defendemos posiciones morales, e incluso salvamos vidas. Las ciencias, tanto humanas como «puras», el derecho, la economía, las finanzas o bien la medicina son profesiones que han amaestrado a niveles profundos las abstracciones con resultados que hemos socialmente aceptado y muchas veces celebrado. 

No solo la monástica forma en la que solemos producir conocimiento es un testimonio de la soledad requerida de las abstracciones, sino que muchas veces el objeto de estudio de estas profesiones, que es sólo parcial, es en todo caso (o tal vez por aquello) un objeto aislado. La mayoría de las formaciones, justamente, «abstraen» su materia no solo del resto de saberes contingentes, lo que justifica el suyo, sino que también, dentro de la misma materia, aislan aun más su objeto al declararlo como «especializado». 

La arqueología o la química son, por ejemplo, disciplinas que deben hacer lo anterior tangiblemente. En investigaciones arqueológicas se deben extraer fuentes de este tipo dentro de tantas otras sin interés para esta disciplina. Una vez extraído el objeto, no todos los arqueólogos podrán interpretarlo; desde luego, sólo un egiptólogo estará legitimado para interpretar una pieza de este antiguo imperio, sin mencionar que hay diversas sub-especializaciones en función del periodo específico al que pertenece el objeto. 

Otras profesiones se abstraen de una forma más intangible: es conocido el ceteris paribus de los economistas, la pretensión del derecho que defiende que lo «político» es diferente a lo «jurídico», y es ya célebre la afirmación que arguye que la pregunta de la historia de las religiones es distinta de la de la teología, siendo la primera empírica y la segunda «especulativa». 

Ese nivel de «sobrevuelo» exige, y sigue exigiendo, el silencioso sacrificio de separarnos de la compañía. Esta división del trabajo, más particularmente de sus abstracciones, y de su profundidad (y la profundidad de la profundidad), es sin duda útil para el rigor, y en la práctica nos ha permitido llegar a terrenos antes inhóspitos del conocimiento. Pero, no sabemos en qué punto es necesario que estas abstracciones se desprendan de otras, tal vez más humildes, que coinciden precisamente con la presencia del otro. Me es curioso pensar cómo una de las preguntas fundadoras de muchos padres de la ciencia moderna, tales como Pascal, Leibniz, Spinoza, Newton o Descartes, estaba ligada a la explicación de la divinidad. Y que, conocer la ciencia, era, también en rigor, conocer los arcanos de su propia fe. La disciplina propiamente era instrumental, y la pregunta por la causa final, o por la primera, tal vez por la más final y primera de todas ellas, era la de saber qué tanto estaban dispuestos a enfrentar la angustiante soledad de un mundo sin dioses. 

Más preocupante aún es cuestionarnos sobre la soledad ya no en este estadio de «abstracciones», donde todavía nos encontramos en algún grado, sino en el de las «hiperabstracciones». Cómo pasamos del siglo XV al siglo XXI a un período superexcedentario de información, lo importante no ha sido cómo seguimos produciendo un conocimiento original, o ya no se trata exclusivamente de aquello, sino qué podemos hacer con el conocimiento existente y cómo podemos construir con la colosal información disponible. Si la producción inicial de esta información era abstracta, ahora pasamos a un segundo piso de abstracción, que es lo que yo precisamente he llamado «hiperabstracción». Las nuevas profesiones basadas en los análisis de datos, la ingeniería de máquinas capaces de aprender de sus errores, y la inteligencia artificial son sólo algunas manifestaciones de este nuevo escenario. Sin tomar partido sobre el sometimiento o lo «emancipatorio» de estas técnicas, me gustaría conservar mi hilo conductor y permanecer en la cuestión de la soledad. 

Y desde este punto de vista no soy optimista. Si antes la dosis de la soledad era una entrega supererogatoria, pero en todo caso parcial, para ejercer una profesión «abstracta» ahora lo es totalmente. Difícilmente en la creación de un código, para analizar millones de datos, el ingeniero o programador atravesará las preguntas originales de quien busca la compañía, que son las preguntas por el otro: ¿quién estuvo detrás de tantos átomos de información? ¿Por qué este conocimiento es una epístola de un momento que intenta hablarme, como lo es en todo caso el fenómeno mismo de la escritura? Lo que estoy a punto de construir, ¿en qué grado se une o rompe con una tradición? Si un elemento fundamental de la escritura es el recuerdo, ¿qué memoria habrá de lo que se escriba en un código? Como lo hemos dicho, esto se debe a, en parte, el alejamiento con el objeto de estudio, que ahora está infinitamente escondido en un dato binario que simula la sintaxis (cuando no la semántica) de una información. 

Quisiera insistir sobre lo preocupante que es la ausencia de estas preguntas. No solo no son respondidas por las hiperabstraccciones, sino que la posibilidad de su respuesta, que ahora es del antojo de los individuos, termina por ser desplazada de nuestra condición. O sea, nuestra manera actual de ser en el mundo está siendo permeada por estas hiperabstracciones; la compañía entonces ya no es más una esfera de lo común, de lo más común incluso que es el saber, sino que pasó al fuero personal. 

Ahora que hemos publicitado la soledad para privatizar la (eventual) compañía, esta ha comenzado a sufrir de escasez, a ser una rareza, y a tener un precio frente al que el mercado ya comienza a crear una industria Más curioso es que el valor de esta compañía ya no es intrínseco, sino que tiene su origen en la expulsión del otro con la que cosentinos profanarla. Es decir, en esta nueva cara de la soledad expulsamos a los demás de nuestra condición, para luego pagar por tenerles. 

Sobre el autor…

José Miguel Sanabria Arévalo es abogado y profesional en Filosofía de la Universidad del Rosario. Cuenta con una Maîtrise y un Máster en derecho fiscal de la universidad París-Panthéon-Sorbonne. Actualmente cursa su doctorado en filosofía y derecho en la Universidad del Rosario y en la universidad París-Panthéon-Assas. Ha sido abogado, conferencista y profesor, y en las áreas de su interés ha publicado libros, artículos y participaciones. Sus anteriores textos se publicaron como Jean-Baptiste Clemence.

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