A la vuelta de mi apartamento todas las noches duerme un señor, un habitante de calle. Lo veo en las mañanas cuando saco a mis perros a pasear. A su lado siempre está una perra criolla, blanca, con unas manchas cafés, está embarazada. A veces en las noches o en las madrugadas cuando me levanto a trabajar oigo su aullido enfurecido, ella defiende a su compañero con fiereza. A mí —aunque me apene un poco decirlo— me preocupa profundamente un día oír su aullido de dolor y, quizás por miedo, no ser capaz de salir a impedir que algo malo le pase a ella o a su amigo.
A veces, cuando saco a mis propios perros a eso de las 6:30 – 7:00 de la mañana, cruzo cerca de ella y la miro, le hablo con cariño, le deseo lo mejor. Algunos días ella comprende que no le voy a hacer daño ni a ella ni a su amigo y sólo me mira con algo de recelo. Otros, me ladra con la misma fiereza y yo le paso desde más lejos para no incomodarla. La miro y veo al señor que la acompaña: dormido, sucio, esquelético, a veces hay un hilo de agua que le mancha el pantalón y se extiende hasta la calle. Como siempre está profundamente dormido, hasta hace poco le pude ver bien la cara.
Estaba regresando a medio día de la segunda sacada de los perros, cuando el señor, extrañamente —porque a esa hora generalmente ya se ha levantado y se ha ido quién sabe a dónde—, estaba recogiendo sus cosas para partir. Dudé un poco, pero paré e intenté hablar con él. Por primera vez pude ver su cara.
Al tratarse de habitantes de calle es difícil hacer un cálculo preciso de la edad, pero su falta de dientes y sus arrugas me hicieron pensar que era mayor, más de 50 calculé. Parado se veía más flaco y se hacía más evidente su suciedad. Lo saludé, él se mostró esquivo y sorprendido por mi amabilidad. No pudimos hablar mucho. Quería preguntarle por la perra; otra vez avergonzada, el señor en los huesos y yo alarmada por su mascota, pero no pude. Él no estaba muy dispuesto a hablar, yo tampoco insistí. Enfrentarse a personas en esa condición siempre da una sensación de pesar incómodo a los que tenemos la fortuna de tener vidas más o menos funcionales. Prefiero evitar ese sentimiento.
La sensibilidad siempre ha sido una «condición» que se le ha atribuido al género femenino, entendiendo por género la definición ya mandada a recoger que lo enmarca dentro de los estrechos márgenes de los genitales. Yo, que desde chiquita tuve una pelea cazada con encajar en márgenes, por mucho tiempo quise ocultar mi sensibilidad y parecer de hierro. Erróneamente pensé durante años que el feminismo era, de alguna manera, ser diferente a lo que normalmente se le atribuía a lo femenino, entre eso la sensibilidad.
Sin entrar en la discusión de cómo y por qué se construye el género, reconociéndome dentro de los privilegios que implica ser una mujer cis, blanca, clase media, educada en universidades; quisiera detenerme un momento a hacer una apología necesaria, tal vez urgente, a la sensibilidad. Esa que por mucho tiempo quise ocultar y que ahora, a mis 33 años, me es cada vez más evidente e imprescindible. La sensibilidad me sorprende en momentos incómodos, ahora mismo, mientras escribo esto, no puedo evitar la sensación de un nudo en la garganta y las ganas de llorar. Soy tal vez demasiado sensible.
No sé exactamente para qué sirve la sensibilidad ni por qué es tan urgente reconocernos como seres sensibles, más allá de géneros, más allá de genitales. Tampoco quisiera convertir este escrito en una disputa política. Simplemente, desde mi propia sensibilidad, me gustaría llamar la atención sobre lo urgente que es cobijarla dentro de una sociedad fragmentada por dolores y violencias que se trasnochan, pero continúan amaneciendo.
Creo, sin ánimos de profetizar sobre un camino que yo misma sigo andando y en el que todavía me caigo todos los días, que la sensibilidad no debería ser un rasgo femenino, entendido por mucho tiempo, tal vez todavía, como una condición emocional que nos hace a nosotras menos confiables para tomar decisiones racionales y correctas. La sensibilidad debería ser un móvil que nos identifique como animales humanos, capaces de reflexionar sobre el dolor del otro y actuar de tal forma que honremos eso que no podemos entender del todo, pero que de alguna manera también nos interpela como seres humanos.
Quizás, si pudiéramos ser más sensibles ante el dolor que no conocemos y que no comprendemos seríamos capaces de convertirnos en agentes activos para el cambio de un mundo que pide a gritos la empatía. Podríamos ser capaces de sentir, sin entrar en discusiones innecesarias de raza, clase o partidos políticos, las grandes atrocidades como el genocidio en Gaza o la guerra en el Congo. Que el asesinato de personas inocentes para hacerlas pasar por falsas bajas en combate no obedece a izquierdas o derechas, sino un dolor que todos deberíamos sentir, porque ser sensibles nos permite reflexionar sobre las injusticias más allá de que se alineen o no con nuestros intereses políticos.
Finalmente, y para cerrar volviendo al principio, en medio del cinismo que a veces me invade, me gusta pensar que como especie humana se nos regaló la posibilidad de la razón y la reflexibilidad. Si no la usamos para darle un trato digno incluso a las personas que siempre se nos han pintado como «indignas», si no nos convencemos de que todos desde nuestra humanidad somos valiosos, entonces, ¿para qué vivimos? ¿Para qué estamos? Y sobre todo, ¿para qué razonamos?

