La Gaitana – Periodismo independiente

El monumento continuo trajeado de silicio

Fuente: Bloomberg, agosto 26 de 2025 https://www.bloomberg.com/news/articles/2025-08-26/meta-s-louisiana-data-center-to-cost-50-billion-trump-says.

Ayer, sentado frente al televisor. El café caliente, Inyección de energía para tibiar la mañana escarchada… Y entonces el presidente Trump levanta esa imagen ridícula. Una losa brillante, el nuevo centro de datos de Meta en Luisiana, superpuesto sobre Manhattan. Más grande que la isla, dice, o casi. La sala aplaude. Él sonríe como mago mostrando su truco de cartas. Ahí está el sueño del futuro, o su pesadilla, sostenido en un papel brillante. Volví a 1969. Vuelo directo en el tiempo y en el espacio Bogotá-Florencia. Revistas con dibujos de Superstudio. El “Monumento Continuo”. Rejillas infinitas extendidas sobre montañas, ríos, el mar. Un mundo asfaltado de punta a punta. Ni un árbol a salvo, incluso en la misma Manhattan. En aquel tiempo lo tomábamos como broma, bueno, medio broma. Una advertencia también. La población mundial crecía sin freno, las ciudades reventaban, y los arquitectos, aquellos italianos locos, querían mostrarnos hacia dónde nos llevaba la fe en el crecimiento, en el hormigón, en el progreso. No a la utopía, sino a la asfixia.

Archigram en Londres era más juguetón, sí, con sus ciudades caminantes, sus cápsulas enchufables, su alegre tecno-nomadismo. Pero detrás del cómic y el optimismo estaba la misma sospecha: que la tecnología ya no era instrumento sino hambre. Una vez desatada, lo quería todo. La Tierra entera.

Cincuenta años después, Trump agita una imagen así y vuelve la misma náusea. La de Sartre en 1938. La rejilla sobre el océano, la losa sobre Manhattan. Sólo que ahora no se trata de población, sino de computación: datos, inteligencia artificial, servidores apilados en galpones de acero del tamaño de condados. Cuatro millones de pies cuadrados en Luisiana. Gigafábricas de diez millones en Nevada. Almacenes de memoria zumbando, devorando electricidad, agua de refrigeración, minerales raros. Y siempre la misma historia: más grande, más rápido, más, más, más.

En aquel entonces los dibujos eran sátira. Querían sacudirnos. “Miren” —decían— “este es el final del camino: una Tierra sepultada bajo un solo edificio.” Ahora los dibujos vienen de los propios multimillonarios Meta y Tesla. La propaganda devoró a la crítica. Lo que ayer era absurdo, hoy se presume. Nos muestran Manhattan cubierto por un centro de datos, y ya no es advertencia: es promesa.

Y la promesa funciona, porque imágenes así golpean las tripas. No tienen que ser verdad. Manhattan es sesenta y seis veces más grande que cualquiera de esas moles. Pero ese no es el punto. El punto es el escalofrío en la nuca, el asombro ante la magnitud de la ambición. La seducción de lo desmesurado. “Miren” —dicen ahora— “estamos construyendo el futuro al tamaño de ciudades.” Y el público aplaude. Y el café se enfría.

No puedo evitar pensarlo: es el mismo teatro que Superstudio, pero invertido. Los italianos eran irónicos, Casandras vestidos con pantalones botacampana. Zuckerberg y Trump son literales, venden el mismo apocalipsis como progreso, ahora trajeado de silicio. Da lo mismo la intención: la imagen sigue sembrando la misma posibilidad en nuestras cabezas: un planeta devorado por máquinas, por un crecimiento sin final.

En los sesenta temíamos demasiadas bocas, mucha gente en las calles, ciudades reventando. Hoy no son personas sino algoritmos. No población sino computación. Un imperio de servidores. Y la escala siempre un poco más allá, apenas exagerada para sonar mítica. Así colonizan primero la imaginación, para que cuando se levanten de verdad esos cuatro millones de pies cuadrados en Luisiana, parezca hasta modesto en comparación.

Pero el espectáculo cansa. Al ver esa imagen de Manhattan cubierto por un centro de datos entendí que dimos la vuelta completa. Los arquitectos dibujaban esas exageraciones para burlarse de nosotros, para asustarnos. Los señores de la tecnología las muestran para seducirnos. El mismo dibujo, diferente intención. Y tal vez el mismo final: una Tierra cubierta de rejillas blancas, zumbido de máquinas, sin espacio para los accidentes de la vida.

Los aplausos en la pantalla se diluyen. Apago la tele. Afuera, la ciudad sigue allí. Pequeña, frágil, llena de grietas. Todavía sin el asfalto completo. Todavía discontinua. El café helado.

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