La Gaitana – Periodismo independiente

Desplazados de Gaza: “Siento que nadie nos mira con compasión y humanidad”

Por:                        Felipe Galli.

El viernes, en un gigantesco y pulcro salón en Nueva York que todos conocemos muy bien, la Asamblea General de las Naciones Unidas se reunió. Los representantes de más de 160 Estados soberanos bajo un mismo techo dieron una sucesión de discursos, deliberaciones y presentaron puntos de vista sobre temas que nos afectan a todos, pero que desde aquella comodidad se ven muy lejanos. Algunas ausencias notables, tal vez algunas pujas geopolíticas, pero en el edificio impera siempre la seriedad diplomática.

Desde sus cómodas butacas, en medio del bullicio de las últimas discusiones, los delegados presentes trataron una resolución (impulsada por Francia y Arabia Saudita) para respaldar la solución de dos Estados en el conflicto palestino-israelí. La postura oficial de la ONU, embelesada expresión de deseo casi universal de la esfera geopolítica desde hace más de sesenta años pasa por el establecimiento de un Estado palestino en los territorios basados en las fronteras de 1967, con pleno reconocimiento internacional y un acuerdo permanente entre este y el Estado de Israel.

Mientras, para los que deberían ser verdaderamente afectados por estas inútiles expresiones de deseo, este ha sido otro día más de un espiral de sufrimiento que pareciera no tener fin. Luego de sostener una conversación prolongada con un palestino residente de Gaza, tomé la decisión de arrancar a los cómodos espectadores de sus sillas y llevarlos al infierno en la tierra.

La historia de Tariq

Tariq tiene veintidós. Hace tan solo dos años era estudiante de ingeniería civil en la Universidad Islámica de Gaza. Tenía el sueño de levantar edificios y de conocer el mundo. Ante la pregunta de si quería conocer un país específico, respondió que no, que su intención era establecerse en uno distinto cada tres meses para irlos conociendo. Una persona normal, con sueños, esperanzas e ilusiones como cualquiera de nosotros.

Todo eso cambió luego del 7 de octubre de 2023, cuando la guerra llegó a su vida. No pudo completar sus estudios y las batallas habituales de un joven de veinte años se convirtieron en una lucha por la supervivencia que nadie debería vivir.

“Debido a la guerra tuve que suspender mis estudios”, explica en nuestra conversación a través de X (antes Twitter), una de las plataformas que usa para difundir sobre su situación. “Siempre soñé con terminar la universidad, viajar y aprender de otras culturas. Antes de la guerra era un deseo, y ahora lo deseo aún más, pero todo eso me fue arrebatado. No hay forma de salir, todos los pasos fronterizos están cerrados y estamos sitiados. Ni siquiera entra comida a Gaza”.

Desde entonces, entre los ataques aéreos israelíes, la devastación total de la infraestructura y el constante terror, su día a día se ha visto reducido a una sucesión de pérdidas. Su padre y su hermano mayor, Mohamed, pasaron a engrosar la lista de más de 64 mil muertos de los últimos dos años. Tariq quedó entonces a cargo de su madre (quién sufre una afección cardíaca y presión alta crónica), y sus hermanos y hermanas, una familia de ocho personas.

Por si las pérdidas personales no fueran suficientes, su hogar fue completamente destruido por los ataques aéreos, lo que ha obligado a Tariq y a su familia a desplazarse durante veintidós meses, huyendo de un refugio inseguro a otro mientras intentan escapar del caos y la destrucción de una ciudad que, guerra mediante, se ha convertido en un inmenso campo de exterminio a cielo abierto.

“Ahora estamos en un área que está bajo amenaza de evacuación”, nos dice Tariq, “porque las fuerzas de ocupación avanzan metro a metro. Quien no abandone el norte para dirigirse al sur corre riesgo de morir y de que se violen sus derechos. Salir de esta zona requiere dinero: montar una carpa cuesta 800 dólares, el transporte 1.000 dólares, construir un baño 700 dólares y alquilar un lugar para quedarse, otros 700 dólares. No puedo salir porque no tengo dinero. Estoy esperando que alguien done para poder sacar a mi familia del peligro.”

Por sí sola, Gaza es una de las regiones más densamente pobladas del mundo. Unos dos millones de habitantes ocupan un territorio de 41 km de largo y 6 a 12 km de ancho. La invasión por parte de Israel (que hoy tiene bajo su control un 75% del territorio gazatí) ha precipitado el desplazamiento masivo de la ya de por sí hacinada población, lo que se ve exacerbado por su incapacidad para salir, forzando a más de un millón de personas a atrincherarse en un territorio minúsculo (de un 15% del total de la franja).

Por si no bastara con el hacinamiento, la ofensiva israelí ha buscado devastar por completo la infraestructura sanitaria en ataques directos. Más de la mitad de los hospitales del enclave han sido destruidos. Si a esto le añadimos la imposibilidad de hacer llegar ayuda humanitaria, se genera un combustible para miles de muertes no solo como resultado directo de los combates, sino por causa de enfermedades tratables.

“En esta guerra perdí a mi padre y a mi hermano mayor, así que ahora soy el sostén de mi familia. Tengo grandes responsabilidades y pensamientos que no cesan. Es un sentimiento agotador. Mis hermanos pequeños dependen de mí, y mi madre sufre de problemas cardíacos y presión arterial alta”. Prosigue Tariq, “la medicina es cara y a veces no está disponible”.

Además del ámbito sanitario, la situación alimentaria es paupérrima. La comida escasea y no logra llegar y Gaza ya se encuentra en situación de hambruna. Todos los indicadores respectivos señalan un alarmante aumento de los índices de desnutrición.

Nuestra conversación se desarrolla cerca de las 9:00 p.m., hora local. Las noches en Gaza no son tranquilas. Al amparo de la oscuridad, los ataques aéreos, disparos y despliegue de artillería se intensifican, rompiendo constantemente el silencio. Tariq se acuesta entre disparos para despertarse en medio de bombas. Dada la falta de energía, moverse en la oscuridad es particularmente difícil, volviendo casi imposible ponerse a salvo de estos peligros. Entre la incapacidad para dormir y los riesgos, cuesta imaginar un evento más física y psicológicamente agotador que pasar una noche en una zona de guerra.
“Esta noche será dura”, prevé Tariq, “hay muchos niños muertos por los bombardeos de la ocupación, así como mujeres y hombres. La situación empeora a nuestro alrededor y no sé qué tan difícil será hoy”.

Pero incluso en tan terrible escenario, Tariq se tomó el trabajo de tirar una única nota de esperanza poco antes del final: “Al mismo tiempo, esta situación me hace valorar cada minuto de la vida, apreciar lo que significa vivir”, me dijo poco antes de que la batería de su teléfono se agote y tengamos que dejar la conversación por ahora.

Vemos un ataque desde cerca

Logré restablecer contacto con Tariq dos días más tarde, el 14 de septiembre. Tras un día sin respuesta había comenzado a preocuparme, sobre todo por las señales de que las fuerzas de ocupación se acercaban a su posición. Había tardado un tiempo en cargar el teléfono. Le pregunté cómo se encontraba, y declaró: “Estoy vivo, pero no estoy bien en absoluto”.

Esta mañana se reportaron más de doce ataques aéreos a distintos edificios que albergan a decenas de desplazados. Mientras busca sacar a su familia del peligro, Tariq nos describió su situación: “Esta mañana Israel bombardeó torres frente al lugar donde estoy desplazado, y luego atacaron dos edificios en el mismo refugio donde mi familia y yo nos encontramos. Hay muchos heridos, mártires y personas desaparecidas. No entendíamos lo que estaba ocurriendo. Cada diez minutos caía un bombardeo sucesivo y fuerte que hacía temblar el suelo, y las voces de los heridos y los ruegos llenaban el lugar”.

Todavía no había conseguido ponerse a salvo. De acuerdo con los videos que nos hizo llegar, columnas de humo se cernían sobre las torres residenciales devastadas por las bombas israelíes.

“Hace unos momentos dijeron que iban a bombardear el edificio donde mi familia y yo vivíamos, así que tomé a los míos y dejé todas mis cosas y pertenencias atrás. Salimos a la calle para salvar la vida. Y aun ahora siguen bombardeando torres y edificios residenciales. Son noches de destrucción, noches sangrientas. Quiero sacar a mi familia de esta zona, pero no puedo porque no tengo dinero”.

Imagen suministrada por Tariq que describe el horro de Gaza.

Como ya dijimos antes, salir de Gaza no es solo una cuestión de voluntad, sino también (por terrible que suene) de dinero. Las familias desplazadas deben pagar, entre otras cosas, el transporte. Para muchas familias, como la de Tariq, es simplemente imposible costear esto. Muchísimos gazatíes recurren a solicitar donaciones en línea (más adelante dejaremos el link para donarle a Tariq) a través de plataformas como GoFundMe o Chuffed. El dinero que se dona generalmente se destina a esto.

“Ahora el movimiento de desplazados es muy grande y solo queda una salida abierta, porque la otra ya está cerrada”, explica Tariq. “Eso provoca un enorme embotellamiento en la carretera hacia el sur, y los costos de desplazarse suben día a día. Pronto Gaza quedará completamente vacía, y temo quedarme solo aquí”.

Las incómodas verdades de Israel

Hablar largamente de una “solución de dos Estados” sin tocar la realidad de fondo suena genial, si omitimos el hecho de que en cada momento en que ha podido terminar el asunto con un acuerdo que sería favorable para todos, el Estado israelí no ha hecho más que dinamitar la discusión y manipular el discurso a su favor.

Desea que se declare a Hamás como un grupo terrorista, pero no quiere asumir el costo de que sus propios crímenes de guerra son ejecutados desde un Estado y, por tanto, una entidad que debería asumir responsabilidades internacionales más grandes que las de un grupo irregular como lo sería, en su misma narrativa, Hamás.

Esgrimen su derecho a una “legítima defensa”, pero al mismo tiempo sus funcionarios a diario emplean su poder mediático y alcance en redes sociales para difundir una retórica racista que parece dejar al descubierto otra intención: la conquista territorial, incluso a costa del exterminio del pueblo palestino.

Se autoproclaman “la única democracia de Oriente Medio”, pero encarcelan en forma rutinaria a jóvenes que se rehúsan a alistarse en las fuerzas armadas, silencian a los críticos en sus medios de prensa, tratan de mimetizar algo tan grave como el antisemitismo (una visión racista contra un pueblo) con la crítica a un Estado (que es el rechazo a una entidad concreta con acciones concretas).

Denuncian la intransigencia de Hamás, pero no están dispuestos a rever su propia intransigencia, ni a detener los asentamientos en Cisjordania, ni a considerar un alto al fuego en Gaza. Quieren posicionarse en un plano superior al de su rival bélico, pero al mismo tiempo asumir el papel de víctimas (dos cosas que son incompatibles).

Y, finalmente, quieren que la gente crea que un Estado con potencial de inteligencia para ejecutar un ataque masivo en cuestión de segundos (con casi nulas bajas fuera del objetivo principal) es incapaz de hacer lo que hace sin asesinar a miles de civiles inocentes.

Tomaría mucho tiempo explicar todo el daño que Netanyahu, sus funcionarios y sus soldados han hecho en solo dos años. Mucho más explicar el que se ha hecho en un tiempo más largo. Desde hace décadas que la expresión de deseo de una solución negociada no ha salido de una colección de inútiles papeles mojados. Aprobados por mayoría en la ONU, pero rechazados de forma persistente por los actores de veto que genuinamente tuercen la balanza en el contexto internacional y en el contexto local.

Este podría ser (salvo una shockeante e improbable sorpresa) el caso del texto que la tarde del viernes, en el salón que mencionamos al principio, fue aprobado con 142 votos a favor, 12 en contra (incluyendo el de Argentina que, haciendo alarde de una política exterior que parece dictada más por un guionista de Marvel Comics que por un servicio diplomático eficiente, adapta al Estado argentino posturas ideológicas que nada tienen que ver con sus intereses) y 10 abstenciones.

El resultado de esta votación fue transmitido, difundido y convertido en tendencia en algunas redes sociales con publicaciones virales. También estuvo en los encabezados de algunos medios de comunicación. ¡Hurra! ¡Hurra! Pero el sufrimiento de los palestinos no se ha resuelto ni se resolverá por eso. Gente como Tariq necesita acciones, no discursos.

¿Hacia dónde vamos?

La historia de Tariq es, como la de cualquier ser humano, única. Sin embargo, está lejos de ser aislada. Representa la realidad que hoy están viviendo millones de palestinos cuyo único crimen ha sido la mera existencia. Mientras las redes sociales se llenan de un tóxico intercambio de insultos, peleas por etiquetas o nombres y agresiones sin sentido, mientras en el debate político y (en particular) el geopolítico se sigue hablando de construir castillos en el aire, en Gaza continúa el desastre humanitario y la destrucción deliberada.

A modo de reflexión final, cuando lo reducimos a lo personal, que es lo más humano de todo, los registros históricos, las discusiones religiosas, las diferencias ideológicas y los gritos, descalificaciones o agresiones en redes no devolverán a Tariq lo que ha perdido injustamente. No traerán de vuelta a su padre o a su hermano, ni le devolverán los dos años de vida que le han arrebatado. Nada lo hará. La destrucción total de Gaza y el exterminio generalizado de palestinos no traerán la paz ni a Israel ni a Oriente Medio ni a ningún lugar del mundo. Porque si solo unos pocos tienen el derecho de vivir, entonces ninguno de nosotros lo tiene.

En Gaza la política y el debate están muertos hace tiempo. Todo es una lucha a muerte, es la vuelta a instintos extremadamente básicos, y es el imperio del caos, la violencia, la indiferencia y el dolor. Para poder discutir una solución para Gaza, para Palestina y para todo Oriente Medio, debemos primero reducirnos a lo más simple. Restablecer el imperio de la comprensión, la empatía y la humanidad es imposible si no podemos demostrar que el otro nos importa y que su situación nos impacta.

“Esta vida se ha vuelto miserable. A nadie le importamos, y nadie nos mira con compasión y humanidad. ¿Dónde se fueron la compasión y la humanidad que nos enseñaron a lo largo de la vida? Si me ves o me escuchas, por favor, déjame saber que hay alguien a quien le importamos”, reza el tuit que Tariq posteó ayer en su cuenta de X y por medio del cual lo contacté para pedirle que me diera la entrevista.

Gaza: un infierno en la tierra. Fotografía tomada por Tariq.

Nota del autor: Si alguien está interesado en aportar económicamente a la causa de Tariq pueden ingresar a este link.

Sobre el autor…

Felipe Galli es estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Analista electoral y coproductor y presentador del Podcast ESCRUTINIOS producido por La Gaitana Periodismo Independiente.

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