La Gaitana – Periodismo independiente

Un Poeta (2025)

Imágenes de la película. Derechos reservados.

Por: Miguel Solano Jiménez.

Óscar no tiene trabajo, casa, carro ni familia; solo tiene poesía… y a su mamá, su último vínculo con el mundo de los vivos y su resguardo contra la indigencia.

Vive en un perpetuo limbo entre ser alguien y ser nadie. Alguna vez pudo ser alguien; ahora es un poeta que no escribe poesía.

Un día conoce a Yurlady, una niña pobre que tampoco tiene mucho, pero tiene poesía. Tal vez, con su ayuda, ella pueda ser una poeta que sí escriba poesía.

¿Y la pobreza? No te preocupes: la pobreza te hará más poeta.

La pregunta interesante que plantea la película es acerca del ser-poeta (del ser-artista): ¿qué significa realmente y quién tiene derecho a atribuirse semejante título? Me referiré a la poesía como sinónimo del arte en general, pues para la película es apenas un vehículo: la manifestación más desnuda y patética del arte y, por eso, su mejor caricatura.

Óscar es un poeta que no escribe: hace más de veinte años que no lo hace. Y sin embargo, desde su punto de vista, es poeta, más poeta que muchos que sí escriben.

¿Pero qué significa este ser-poeta? Haber escrito un poema alguna vez, con su respectivo premio.

Saberse versos de memoria y exclamarlos sin contexto, ojalá en la calle y ebrio.

O consagrar la vida al fracaso y la tristeza, para hacer de ellos la felicidad y el éxito.

Óscar encarna una idea adolescente de lo que se supone que es ser artista, pero sin el arte.

En lugar de entender la poesía como algo que se hace, aquí aparece como algo que se es; sobre todo, como una identidad que se puede elegir dentro del catálogo de identidades: un destino trágico autoimpuesto, es decir, doblemente trágico.

La película es brillante al desentrañar lo esencialmente absurdo de la identidad artista y problematizarla: quienes se ufanan de ser los más libres y verdaderos quizás sean los más enamorados de sus propias cadenas.

Por eso es genial la doble mirada entre Yurlady y Óscar: él no se da cuenta que ella lo mira con la misma lástima con que él la mira a ella. “Pobrecito”, piensan ambos, pero ella, al menos, no lo hace desde una pretendida altura espiritual.

Y es curiosa esa altura espiritual de alguien cuyo único orgullo es haber elegido vivir mal, como un martirio autoinfligido consagrado a sí mismo y a la nada. ¿Quién fue el idiota que se le ocurrió vincular el arte a la santidad? Qué daño le hizo al arte, pero sobre todo a los artistas.

De ahí la frustración de Óscar al constatar la escasa vocación de sacrificio de Yurlady: el sacrificio —se supone— ennoblece, pero la “nobleza que importa” no es la de los pobres.

El sufrimiento es lo que los acerca pero también lo que los separa, pues alberga cada uno un sufrimiento de índole contraria: uno voluntario y otro involuntario.

Misma grieta que permite leer el momento histórico del arte, donde se mide el sufrimiento —la pobreza, en este caso— para, por un lado, con condescendencia, validar moralmente una obra o un discurso; y, por otro, con desprecio, invalidar su complejidad o su profundidad por considerarla frívola y vulgar.

Una escena sintetiza de manera brillante la tragedia absurda del ser-artista, del ser-artista-en-el-subdesarrollo:

Yurlady le pregunta a Óscar: «¿Se puede vivir de esto?» Pero él no sabe qué decir. El mismo hombre blindado contra cualquier proyectil metafísico que le disparen se queda con la boca abierta y un pedazo de pan colgando.

Al final, tal vez la verdadera vulgaridad sea elegir voluntariamente el sufrimiento en un país como este.

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Esta crónica se publicó antes en las redes del Batracio Belicoso, el blog cinéfilo de nuestro columnista.

Sobre el autor…

Miguel Solano Jiménez es realizador audiovisual y fotógrafo. Cine para cuando la vida no alcance, y para cuando la vida sea mucha. Le encanta descubrir películas con algún atisbo de verdad acerca del alma humana y los sistemas que le dan su forma. Autor del diario cinéfilo de un batracio belicoso.

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