El comienzo
“La muerte y las pérdidas: aportes desde una pedagogía de la mortalidad” es mi primer texto, un trabajo que invita a una educación que incluye la muerte y las pérdidas en sus temarios. En este trabajo escribo sobre los cuatro aprendizajes que he podido apropiar en los 15 años de aproximación teórica e investigativa al tema de incluir la muerte y las pérdidas en la educación, la pedagogía y la didáctica.
Ustedes se preguntarán, ¿cuál es la novedad de este primer texto?, ¿qué aporta para la cultura, la sociedad, la academia o la ciencia? Si de muerte se habla en muchas disciplinas, como las que comprenden el campo teórico de la salud, la antropología, la sociología, el derecho, las ciencias políticas, entre otras. Esto es así, pero resulta que las ciencias de la educación (por lo menos en Latinoamérica) no han incluido el tema de la muerte y las pérdidas en el currículo. Por lo menos no una inclusión curricular o normalizadora, donde se implementen acciones educativas preventivas para los estudiantes, es decir, antes de que ocurra una muerte o una pérdida significativa en sus vidas. También se hace necesario hablar de la muerte desde una práctica de acompañamiento educativo, en el sentido paliativo, o cuando ya ha ocurrido una pérdida significativa.
Una de las grandes ausencias que tiene la educación (me refiero al campo de estudio y hago referencia a Latinoamérica) es incluir la muerte y las pérdidas como uno de los mejores escenarios formativos para la comunidad educativa: estudiantes, profesores, directivos y padres de familia. Sobre todo, cuando en nuestro país según dictan cifras alarmantes, el suicidio tiene una preocupante aparición hasta en edades tempranas como los 5-9 años.
Y sin dejar de lado el conflicto armado, que sigue generando múltiples muertes no naturales en la región, sumado a los puestos que ocupa en dinámicas de violencias urbanas de la que ninguno de nosotros podemos escapar.
En la obra, el lector podrá navegar a través de cuatro capítulos donde reflexiono sobre la aproximación teórica al campo y los resultados de la tesis doctoral que adelanté para recibir el título de PhD en Educación en la Universidad Autónoma de Madrid. Por supuesto, también podrá conocer los aprendizajes que han supuesto las tesis de grado que he dirigido para estudiantes de pregrado y posgrado.
En pleno siglo XXI, persiste la muerte como tabú mayor. Por lo anterior, están ausentes en el proceso educativo los procesos necesarios para elaborar la pérdida, eso que llamamos duelo. La academia ha ido atrás en el tiempo siglos y siglos para comprender, de manera formativa, el proceso de morir y la misma muerte, para entender cómo se expresa el dolor ante la pérdida en distintas épocas. Y el tema se concibe aún hoy como algo molesto, incómodo y de mala educación para tratar en público. Por lo tanto al doliente solo le queda el espacio íntimo de su casa, o como dicen algunos autores, la almohada silente que lo escucha llorar sin hacer juicios de valor acerca de su dolor.
El tema puede empeorar cuando hablamos de morir con dignidad. Al moribundo se le realizan procedimientos terapéuticos que aseguran su supervivencia, aunque su condición sea la más indigna, o aunque se le trate con la menor compasión. Para la moral social, lo importante es mantearlo vivo, a toda costa, y contra su dignidad. La muerte sigue siendo la enemiga del sistema de salud.
En el primer capítulo de este texto, desarrollo un concepto clave para entender la buena muerte o el buen tránsito: la finitud. Este fue el primer concepto al que me aproximé, y sigo considerándolo como categoría clave para entender la educación y la pedagogía que incluye la muerte y las pérdidas. Si desde las pautas de crianza nuestros padres, y en la educación infantil nuestras maestras, nos enseñan y nos hacen vivenciar con técnicas didácticas la finitud, creceremos entendiendo, con la mayor naturalidad posible, que somos seres provisionales. Asimismo, comprenderemos que algún día, ojalá lejano, dejaremos de existir.
Si entendemos desde las prácticas educativas esta temporalidad viviremos una vida más plena, más consciente, con menos temores, y lo que es mejor, sin aplazar, sin dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Podremos, a partir de estas conclusiones, luchar por el cumplimiento de nuestros sueños, los que posiblemente vivimos postergando. Pareciera que la humanidad ha perdido esta condición provisional del ser humano y se posterga lo importante o, lo que es peor, se construye un proyecto de vida para un ser inmortal. Al finalizar este capítulo me pregunto por el papel del educador frente a la finitud.
En el segundo capítulo hablo del miedo a la muerte y la educación que hemos recibido basada en la certidumbre y en las falsas certezas. Asocio el miedo y los imaginarios sociales modernos, y de la mano del gran historiador Philippe Ariès me centro en las actitudes contemporáneas, para entender cómo se visualizaba la muerte en la antigüedad y desde qué siglo se empieza a asociar el miedo a la muerte, característica de nuestra época actual. De este modo, busco comprender en qué momento la muerte se empezó a concebir como un evento traumático, fóbico, evitable a toda costa y del que no se debería hablar (la podemos denominar como la innombrable).
Igualmente, en este segundo capítulo desarrollo lo que caracteriza a la emoción que llamamos miedo, intento aproximarme a una definición y a los aspectos en lo que se asienta este miedo, seguramente inconscientes. Cito a autores como Bauman y Osho, en textos donde, de manera brillante, nos explican la posible causa de este temor a la muerte. Y finalmente cierro el capítulo expresando algunas consideraciones para de-construir y/o re-construir el miedo a la muerte desde la mirada de la formación, que para mí es sinónimo de educación. No encuentro otro sentido a la educación que no conduzca a la formación humana.
En el tercer capítulo centro mi preocupación en la des-naturalización y la des-teatralización de la muerte violenta en Colombia, algo que, de acuerdo con mi experiencia de vida como ciudadana colombiana y como investigadora de este campo de estudio de la educación y la pedagogía, necesita un abordaje urgente. No podemos permitir que, como sociedad, nos sigamos atribuyendo el poder de quitarle la vida al otro de las maneras más salvajes y excesivas.
Finalmente, en el cuarto capítulo hago referencia a irnos de este mundo o a que nos dejen ir, cuando sea la mejor opción o la más digna y compasiva. En este capítulo expreso cómo la muerte es la enemiga del siglo XXI y cómo esto ha generado reacciones que van en contra de considerar la muerte digna y compasiva. Incluso, los actores del sistema de salud luchan contra ella, al considerarla como fracaso de la ciencia médica y de las ciencias de la salud.
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Nota del director: Actualmente, el libro se encuentra en fase de impresión. A través de la página web de Continuo Educación (www.continuoeducacion.co) y de sus redes sociales, así como las de nuestro medio, se informará sobre su publicación.

