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Sisbenización y sacrificio

Del archivo personal del director.

Del archivo personal del director.

No acabada de bajar la fiebre, mi amigo Lesinjawer se compró un Tesla model Y de varias decenas de millones de pesos. Supongo que a todo el mundo le gusta alardear de sus posesiones, más cuando ya no se sabe de qué hablar pasadas las onces, que de repente parecieron de la época colonial.

Lesinjawer nos mostró con todo lujo de detalles la berlina en el impecable folleto en tamaño oficio de brillante propalcote. Mi hijo, maravillado, empezó a comparar los lujos del modelo eléctrico, automático e inteligente de 2025, con la versión mecánica liberadora de material particulado de dióxido de carbono de 2013 en el que le toca montar en su hogar, el aparato infernal quemador de combustible fósil que medio mundo cree que nos llevará a la extinción.

—Papá, mira que el techo tiene una ventana que se corre.

—Papá, ¿por qué el tuyo [no dijo “el nuestro”] no tiene ese radio con pantalla?

Etcétera, etcétera, etcétera.

Para pasar la vergüenza, pregunté a Lesinjawer lo que también debería estar en el manual de Carreño como signo de buenas maneras, que es lo único que me queda, ya que no tengo plata para comprar las últimas invenciones venidas de China, o ahora las maravillas norteamericanas con nombre de científico croata de finales del siglo XIX:

—¿Cuánto pagó? —dije ruborizado, y mi amigo respondió,  sí sin pena, que 150 millones, quítele y póngale un accesorio aquí y otro allá.

Pretendí que eso era una suma deleznable, aunque por dentro se me heló la sangre, y como no tuve nada más que añadir, entonces pasé a otro tema mucho más profano a la luz de tanto artilugio. Pregunté por su hijo, pues sabía que estaba por salir del colegio.

—Estamos esperando a sisbenizarnos —respondió.

—Claro —le dije, asombrado de su capacidad generadora de neologismos, sin que eso mejorara mi entendimiento. Al no notar mi sorpresa, Lesinjawer siguió con el argumento—: es que sí quedamos en la categoría más baja, el semestre nos sale a 300.000 pesos.

Yo me sisbenizo, tú te sisbenizas, él se sisbeniza.

No puedo estar más feliz de que el Estado colombiano active los mecanismos necesarios para llegar a la población más vulnerable para ofrecer igualdad de oportunidades, en este caso, para ingresar a la universidad. Lo que no sé es si Lesinjawer, con todo lo que lo aprecio, sea el candidato ideal para ese tipo de subsidio. Se me ocurre que no.

Haciéndole las cuentas alegres, cosa que no debería, pues parece que no hay nada más odioso que revisar las finanzas ajenas, teniendo en cuenta que solicitó un crédito a 5 años, mi amigo pagará más de 5 millones de cuota mensual, calculado con un modesto interés de 20% anual, por manejar el embeleco de Elon y atraer las miradas de los niños de 4 años y de los adultos de similar edad mental.

Si multiplicamos esos 5 millones, arrastrando la suma hacia abajo, muy al contrario de lo que hará el banco, por los 6 meses que sería el costo de un semestre para su heredero, nos da 30 millones contantes y sonantes. Eso quiere decir, pesos más, pesos menos, que en lugar de tener un carro con la última tecnología, con el mismo préstamo podría poner a su hijo, el adolescente Dilimeyer, en la universidad privada más costosa de Colombia; sin salir a trabajar en Uber, ni hacer turnos con Rappi ni lavar platos en el Mc Donald’s más cercano. Seguiría viviendo su vida tal como hoy, montando en Transmilenio y pagando un viaje en taxi de vez en cuando, cuando el sitio y/o la hora lo justifiquen, pero sin el Tesla. No es un gran sacrificio; no se le está exigiendo como si fuera a Abraham.

Hubo una época más bien reciente, digamos hace 35 o 40 años, antes de “la apertura” de Gaviria, cuando llegado el momento de enviar los hijos a la universidad lo primero a lo que se le echaba mano era precisamente al carro: el Renault 12 TS verde acuarela modelo 79 para el primogénito, y el Chevrolet Sprint azul basalto modelo 86 para el segundo. Eran otros tiempos. La clase media no compraba estatus a crédito y el cariño verdadero pasaba de mano en mano al mejor postor, pues se sabía que con esa ligera renuncia se lograba la educación superior de los hijos, y por ende se cumplían las metas que se proponían los matrimonios (porque ese es otro detalle: la gente se casaba).

Era, por decirlo de algún modo, la doble nelson sacrificio-significado de la familia tradicional: me deshago de algo que deseo profundamente para obtener la satisfacción de una persona que aprecio, porque la valoro por encima de saciar mis caprichos materiales como si fuera un niño de 4 años. Entonces entiende uno por qué, cuando el hijo se gradúa después de 5 años de estudio, previa cesión del cacharrito, los padres lloraban en la ceremonia de grado con el corazón henchido de felicidad de haber cumplido con la misión. Y si uno les pregunta 30 años después si se arrepienten, repiten sin cesar que fue la mejor decisión que tomaron, sabiendo que ahora sí pueden acceder a los vehículos equivalentes, ajustado el IPC, no un BYD o un Tesla, pero sí un Fordcito o Mazdita (así los llaman), modelo 2019, “para no pagarle las ganas al concesionario”. Era otra filosofía, otra cosmovisión casi. Ahora, primero el carro de millonario, la pinta del youtuber, el viaje alrededor del planeta, y que los hijos estudien sin necesidad de vender ni siquiera la plancha.

Por supuesto que ahora todo es mejor, más rápido, más grande, más fuerte. Pedir sacrificio y significado es tan anacrónico como el chocolate con queso al que invité a Lesinjawer. Por eso ya entré a la página del Sisbén y voy a hacer lo pertinente. Hay una convocatoria del Sistema General de Regalías para profesores con maestría interesados en estudios doctorales, y uno de los requisitos es —cómo no— estar registrado en el Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales. Hagamos cuentas una vez más: un profesor con grado de maestría contratado en cualquier universidad pública o privada gana entre 4 y 7 millones de pesos mensuales. En las épocas pretéritas que ya he citado, las personas hacían un crédito, sacrificando los viajes y la ropa de marca y los carros de lujo y las cenas en los restaurantes de moda. Toda la familia se metía en cintura porque era un proyecto familiar:

—No, mi amor. Papá [o mamá] está haciendo un doctorado. No te puedo comprar los cuadernos que traen desnuda a Natalia París en la portada. Nos toca comprar los Norma con cubierta de cartón y hojas de papel edad media. Estudias igual con esos.

El hijo pasaba vergüenzas, le remendaban las medias, le ponían parches a los pantalones, le “afeitaban” las motas a los sacos de lana, etcétera, etcétera, etcétera. Y cuando el papá o la mamá se graduaban, entonces chicos y grandes lloraban por igual en la ceremonia, y salían juntos a celebrar en Jeno´s Pizza.

Pero quién soy yo para cuestionar la sabiduría de los entes rectores. Qué necesidad de llorar sobre la leche derramada. Ya no hay que inmolarse por algo así. Que pague otro.

Voy a seguir al pie de la letra la estrategia de mi amigo Lesinjawer: voy a poner en el Sisbén una dirección en una zona de conflicto, diré que gozo (supongo que es el término acorde) de pobreza multidimensional y voy a ser doctor. Bien escribió Vallejo que en Colombia un doctor es cualquier hijueputa.

Hay que estar a la altura de los tiempos. Hay que modernizarnos. No podemos quedarnos anclados a un pasado que no volverá. El futuro es ahora. ¡Hagamos a Colombia Grande Otra Vez!

Si los gringos tienen su MAGA, nosotros tenemos nuestro HACOGOV, que suena ruso, y eso siempre es mejor. Petro se pondrá feliz.

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