Por: Yenny Katherine Parra Acosta.
El año 2026 se perfila como un periodo de ajustes más que de rupturas. La economía mundial crecería a ritmos ligeramente superiores al 3 %, según estimaciones de organismos multilaterales, una expansión moderada que refleja restricciones estructurales persistentes como la deuda elevada, inversión contenida y fricciones comerciales que ya forman parte del nuevo orden económico internacional. Este marco general se expresa de manera distinta en cada región, pero bajo tensiones comunes.
Estados Unidos llegará a 2026 conmemorando 250 años de independencia en medio de profundas divisiones internas. Las narrativas sobre su identidad nacional y su rol global son cada vez más polarizadas, y ello ha tenido efectos claros en su política exterior. En los últimos años, Washington ha privilegiado enfoques más transaccionales y reactivos, redefiniendo aranceles, acuerdos comerciales y su participación en organismos multilaterales con base en intereses inmediatos más que en estrategias de largo plazo. Este giro introduce un mayor grado de incertidumbre para aliados tradicionales y economías emergentes que durante décadas asumieron a Estados Unidos como un ancla de previsibilidad.
Europa, por su parte, enfrenta un escenario particularmente complejo. El crecimiento económico sigue siendo débil y, de acuerdo con proyecciones de la OCDE, el consumo interno avanzaría por debajo del 1 % en 2026. A esto se suma un alto nivel de endeudamiento que ronda en promedio el 88 % del PIB en la eurozona. En paralelo, el continente se encuentra en una encrucijada estratégica: debe aumentar su gasto en defensa en un entorno geopolítico más hostil, sin descuidar la urgencia de fortalecer su economía interna y contener la polarización política que impulsa a movimientos extremistas. El margen de maniobra es estrecho y las decisiones tendrán costos visibles.
Asia, y en particular China, continuará siendo un eje central del sistema internacional en 2026. Aunque la economía china enfrenta desafíos como la desaceleración del sector inmobiliario y la presión demográfica, Pekín sigue encontrando espacios para expandir su influencia global. Lo hace mediante inversiones estratégicas, acuerdos comerciales, una mayor presencia en iniciativas multilaterales alternativas a los esquemas occidentales tradicionales y la captación de talento desplazado que fortalece su investigación y desarrollo. En un contexto donde Estados Unidos redefine su relación con aliados y rivales, este posicionamiento del gigante asiático se traduce en posibles oportunidades políticas y económicas para muchos países que buscan diversificar sus vínculos internacionales.
Desde América Latina, y particularmente desde Colombia, este panorama global se observa con atención. La moderación del crecimiento mundial puede traducirse en menores ingresos por exportaciones de materias primas, ajustes en los flujos de inversión extranjera y mayores exigencias para fortalecer la innovación interna. La política económica regional deberá enfocarse en diversificar la estructura productiva, aumentar la resiliencia frente a choques externos y preparar planes de contingencia ante una posible escalada del conflicto de zona gris en Venezuela, cuyas repercusiones regionales serían inevitables. Este tipo de disputas se caracterizan por el empleo de maniobras militares, cibernéticas y diplomáticas diseñadas para presionar sin escalar abiertamente el conflicto.
En regiones en conflicto, las tensiones persistirán. Aunque no se anticipa una guerra global convencional, en 2026 continuarán los enfrentamientos en zonas como Ucrania, Venezuela, el Cuerno de África y Myanmar. A ello se suma el uso creciente de estrategias de zona gris. Este tipo de confrontación eleva la incertidumbre global y dificulta la cooperación internacional, con impactos directos en el comercio, la inversión y estabilidad financiera.
Por encima de estas dinámicas regionales se impone un factor transversal, la tecnología. La inteligencia artificial, en particular, ya no es solo una promesa de eficiencia, sino una fuerza que redefine mercados laborales, concentración de poder empresarial y capacidades regulatorias del Estado. En espacios como el World Economic Forum, con un debate liderado por Estados Unidos, China, India, Japón y la Unión Europea, se discute si la IA impulsará un crecimiento más inclusivo o si profundizará desigualdades existentes, al punto de abrir la conversación sobre mecanismos como un pago mínimo global.
Así, los principales desafíos internacionales para el 2026 no deben entenderse solo como fuentes de incertidumbre, sino como una oportunidad para leer con mayor claridad cómo interactúan economía, geopolítica y tecnología en un mundo en transformación. Para Colombia, el reto será convertir esa comprensión global en políticas públicas que fortalezcan la integración regional, impulsen la diversificación productiva y amplíen la equidad. Si el próximo año estará marcado por tensiones, también ofrecerá espacios para construir respuestas inteligentes y cooperativas. La diferencia la marcará la capacidad de anticiparse y adaptarse en un sistema internacional menos predecible, pero que sigue abriendo oportunidades para quienes sepan interpretarlo y actuar con visión de futuro.
Sobre la autora…

Yenny Katherine Parra Acosta es Posdoctora en Ciencia de Datos aplicada a la reparación corporativa de derechos humanos de la Universidad de St. Gallen (Suiza) y la Pontificia Universidad Javeriana. Doctora en Gestión de Organizaciones con mención honorífica Cum Laude de la Universidad EAN, Máster en Administración con especialidad en Mercadeo de la Escuela Europea de Dirección y Empresas, y Administradora de Empresas de la Universidad de Quebec en Chicoutimi y Universidad EAN. Miembro del International Exchange Alumni del U.S. Department of State y del Swiss National Science Foundation. Docente-investigadora en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Militar Nueva Granada.