Por: Luis Fernando Pacheco Vanegas y Luis Fernando Pacheco Gutiérrez.
La Venezuela que yo conocí
Por: Luis Fernando Pacheco Vanegas.
Mi pie derecho pisó por primera vez Venezuela a finales de 1983. Para entonces era la República de Venezuela, el añadido de Bolivariana vendría más de quince años después con la nueva constitución proclamada en los primeros años del gobierno de Hugo Chávez. En ese lejano año, mi papá trabajaba para la compañía GSI en ciudad Ojeda, en el lago de Maracaibo.
Era una ciudad de locos. Bestial por dónde se le mirara. Las calles eran adornadas por flamantes Ford LTD con motor de 8 cilindros de V y carburador de 2 venturis. Las góndolas de los supermercados lucían atiborradas de productos en empaques descomunales: leche en polvo, jabones, aceites, pastas para sopa y seco saborizadas , enlatados con pescados de mar (importados en su mayoría), embutidos de todo tipo; además de una variedad que jamás se vio entonces en Colombia de quesos, frutas en almíbar, lácteos en empaques Tetra Pak, tubos de leche condensada, jugos naturales y refrescos. La mayoría de dichos artículos en Colombia estaban destinados a una exigua minoría. Los cajeros automáticos, en su mayoría de BANESCO, se encontraban en cada esquina. La abundancia hacia parte del día a día.
Las fronteras de Cucuta, San Luis y Puerto Santander estaban abiertas las 24 horas, lo que implicaba que el comercio binacional y el contrabando estaban a la orden del día. Los buses de Copetran, Berlinas, Omega y Transbolívar que conectaban Cúcuta con Bogotá eran verdaderas tiendas de mercancías. Allí se comerciaban desde galletas Cocosette, Club Social, pasando por los chicles Freshen Up y hasta soldaduras especiales. El bolo y el peso circulaban de bolsillo en bolsillo en una zona dominada por las casas de cambio y los chulos intermediarios, amos y señores del rio Táchira.
Ni los duros enfrentamientos entre adecos y copeyanos[1] presagiaban la debacle por venir en décadas futuras…
Venezuela: del paraíso petrolero al Estado en crisis.
Por: Luis Fernando Pacheco Gutiérrez.
Mi padre, en la separata que precede estas líneas, ha escrito sobre la Venezuela que recuerda el adolescente viajero que la visitó por primera vez. Años después, cuando yo era niño, recuerdo que papá viajaba a menudo. En ese entonces, me hacía ilusión su retorno después de un viaje de trabajo al país vecino. Lo que describía era un raro paraíso al que migraba un importante número de colombianos durante las décadas más álgidas del conflicto armado propio. ¿Qué pasó allí para llegar al caos que nos han mostrado las noticias en los últimos años? No es fácil determinarlo en un par de párrafos, pero lo intentaremos. Anticipamos un spoiler: la historia empieza precisamente en el tema de moda, el petróleo.
La bonanza petrolera de Venezuela impactó directamente en su desarrollo económico y social, así como el papel que desempeñaría en la región. Junto a los países del Golfo Pérsico, Venezuela impulsó la creación de un organismo multilateral que incidiera activamente en los precios del denominado oro negro. Así surgió la Organización de Países del Petróleo a principios de la década de 1960. Eran los tiempos de la Guerra Fría y desde diversos sectores y lugares del globo se hablaba de alternativas que comprendieran el mundo más allá de la dinámica Este-Oeste que se había impuesto tras la II Guerra Mundial. El surgimiento de la OPEP, como escenario de incidencia frente a los precios del combustible fósil, era de destacar.
A partir de la década de 1970 se destinaron importantes cuotas de la producción petrolera para fortalecer las reservas e influir en la toma de decisiones frente a los precios de este. Por paradójico que parezca en medio de las coyunturas de aquella época difícil, los países miembros de la OPEP lo lograron y condicionaron el precio. El ascenso económico vino casi que inmediatamente. En pocos años dichos países se enriquecieron en términos absolutos y la bonanza se veía en las calles de sus principales ciudades, incluyendo por supuesto Caracas.
Sin embargo, el optimismo de los turistas contrastaba con dos factores que, a la postre, resultarían fundamentales en la historia: la distribución de dichas ganancias y el panorama político interno.
Venezuela —a diferencia de los países productores de petróleo de Medio Oriente— no logró avanzar en la superación de desigualdades. En ello conservó los hábitos y patrones macroeconómicos de sus vecinos con tasas de desigualdad preocupantes en términos de GINI. Es cierto que la bonanza petrolera confrontó el desempleo y con amplia población ocupada, buena parte de ella en el sector de servicios asociado precisamente al bienestar de la bonanza, la desigualdad fue desplazada en la lista de preocupaciones de los sucesivos gobiernos. Por mencionar un ejemplo, pese a las cifras en alza de crecimiento económico en las décadas de los 70 y 80Venezuela no avanzó al ritmo de países como Brasil o Argentina, tanto en acceso como en calidad de sus sistemas educativos. El oasis de la bonanza era bello para foráneos, las calamidades se reservaban para las periferias de dichos enclaves económicos. Esas periferias que como ya señalaba el cardenal italiano Albino Luciani —más adelante el efímero Juan Pablo I—, crecían en medio del conflicto entre Este y Oeste.
El segundo aspecto pocas veces tratada era el entorno político. Tras la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958), los dos principales partidos decidieron pactar un modelo de estabilización política. Así surgió el Pacto de Puntofijo en 1958. El objetivo era claro: pactar una composición equitativa partidaria de los gabinetes de gobierno venideros excluyendo al Partido Comunista de Venezuela y a los sectores afines a Pérez Jiménez que se oponían a una transición democrática. Los firmantes fueron Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Gonzalo Barrios por Acción Democrática (AD); además de Rafael Caldera, Pedro del Corral y Lorenzo Fernández por el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI). El nombre del pacto deriva del lugar en que se firmó, la Quinta de Puntofijo, propiedad de Caldera, líder del COPEI, en inmediaciones de Caracas. Aunque al principio el pacto fue tripartito e incluyó a la Unión Republicana Democrática (URD) de tendencia de centro izquierda estos se retiraron en 1962 por considerar que el acuerdo favorecía el sectarismo, la exclusión e impactaba en la participación política.
Si a nuestros lectores colombianos el Pacto de Puntofijo les recuerda nuestro Frente Nacional, suscrito por los Partidos Conservador y Liberal en el mismo año con el objeto de poner fin al régimen de Rojas Pinilla, tienen mucha razón en ello. Aunque el contenido de ambos acuerdos no era idéntico, cumplía los mismos fines. También entrañaba los mismos defectos: la exclusión política de ciertos sectores generó la sensación de un retorno a los partidos de élite (muy en boga en el siglo XIX), desdibujó las diferencias entre ambas fuerzas (AD era cercana a la socialdemocracia de izquierda y COPEI más similar a la democracia cristiana conservador en lo moral). En medio de la bonanza económica, fruto del petróleo, las divisiones no se evidenciaron; lo que derivó en que no se generaran movimientos revolucionarios con la fuerza que en otro países del hemisferio. Ahora bien, la teoría política nos recuerda a menudo que la desafección política suele ser un mal síntoma para las democracias. En el fondo, la URD tenía razón.
Sumado a los dos elementos ya mencionados, la dependencia del petróleo generó una economía subyugada al combustible fósil, cuya diversificación fue un sueño fallido para los gobiernos de la época. Aunque se consolidó una industria sólida en temas como productos alimenticios y comunicaciones, dos sectores icónicos de la época gloriosa, las dinámicas de los precios del petróleo impactaban con fuerza en la sostenibilidad fiscal del Estado.
Por eso en los 80 terminó la luna de miel. Venezuela resintió al igual que Colombia, México o Argentina la denominada crisis de la deuda que con la presión de Estados Unidos incidiría en la receta del consenso de Washington en América Latina. En 1983 se dio una gran devaluación del bolívar: los tiempos de la bonanza del oro negro llegaban a su fin. Sin embargo, la mayor crisis se gestó en la segunda mitad de la década durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez (AD), cuando el mandatario determinó el recorte de subsidios en el transporte público y en los combustibles; lo que originó aumentos en diversos sectores de la economía.
Solo 25 días después de la asunción presidencial de Pérez las protestas sacudieron las calles del país caribeño. Aunque los disturbios empezaron en Guarenas (a 25 kilómetros de la capital), pronto se trasladaron a Caracas. Saqueos, cese de actividades y confrontaciones con la fuerza pública incendiaron la ciudad. El gobierno respondió decretando el estado de sitio, suspendiendo las garantías constitucionales y otorgando al Ejército el cuidado de Caracas. Así concluyó la paz social y política acordada en 1958 en la Quinta de Puntofijo y, con ella, las épocas de la despreocupación económica por la bonanza del petróleo.
Aunque la crisis del Caracazo se superó, sus consecuencias alcanzarían las décadas posteriores: la baja legitimidad del mandatario, la crisis de corrupción que había permeado a ambos partidos, la fluctuante economía oleo dependiente y la ausencia de nuevos liderazgos —figuras como Leoni, Pérez o Rafael Caldera venían oscilando en el entorno político desde las mismas épocas de Puntofijo— se tradujeron en una crisis social que devino en varios intentos de golpe militar por parte del Ejército. El más conocido fue el de febrero de 1992 encabezado por el entonces teniente coronel Hugo Chávez. El golpe fue fallido y Chávez junto a los demás conspiradores fue encarcelado; pero su nombre había saltado a la opinión pública en un ambiente de preponderante hastío ciudadano ante una clase política inmoral y fría.
El proceso contra Chávez sería sobreseído por el sucesor constitucional de Pérez, el copeyano Rafael Caldera. De este modo, el carismático militar volvería a aparecer en la escena política venezolana en las elecciones de 1998. El bipartidismo agonizaba y, de manera sorpresiva, tanto AD como el COPEI se retiraron en último momento para apoyar la candidatura de Henrique Salas Romer, exgobernador del Estado de Carabobo y quien se presentaba como candidato de una tercería denominada Proyecto Venezuela.
Creo que sabemos cómo sucedió todo: Chávez Frías se alzó con el triunfo con el 56% de los votos frente al 39% de Salas. El bipartidismo moría en Venezuela tras más de una década de agonía y el militar se convirtió en el precursor de un neopopulismo que terminaría deviniendo en la denominada Marea Rosa, una serie de gobiernos de izquierda de tendencia neopopulista que abogaron por un modelo de integración regional al margen de Estados Unidos y que apalancaron sus políticas en el precio alto de las materias primas que, en el caso colombo-venezolano, dependieron del petróleo.
Curiosamente, en el décimo aniversario del Caracazo, Chávez lanzó el denominado Plan Bolívar 2000, que apalancaba precisamente en las Fuerzas Armadas un despliegue de mantenimiento y construcción de infraestructura. En abril de ese año, el mandatario arrasó en un referendo que convocó a una Asamblea Nacional Constituyente con el fin de construir una nueva Carta Política a la medida del mandatario. Esta, además de cambiar el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela, amplió el mandato presidencial a seis años y permitió la reelección inmediata. Asimismo, amplió a cinco las ramas del poder público (el Poder Ciudadano o Popular y el Poder Electoral se sumaban a las tres clásicas que conocemos desde la Ilustración). En términos generales, la nueva Carta Política debilitó el sistema de pesos y contrapesos que la mayoría de países de la región había reforzado tras el auge de las dictaduras de finales del siglo XX.
Es cierto que el régimen logró avances frente a los principales desafíos del siglo pasado. En contraposición a la desafección política y los presidentes fríos y cíclicos que se mantenían en el poder, el chavismo dispuso un líder carismático y omnipresente que además utilizó el surgimiento de las redes sociales (especialmente Twitter) en favor de un estilo que se impuso y trajo símbolos de integridad nacional como la figura del Libertador, a quien ordenó exhumar y cuyo retrato digital acompañaba el de Chávez en todos los establecimientos públicos. Aunado a esto, el régimen logró resultados (sobre todo en su primera década) al reducir la desigualdad y visibilizar a las ingentes masas de venezolanos y venezolanas que la bonanza había ignorado y reducido a la categoría de parias invisibles. A su vez, en un trabajo articulado con el gobierno cubano, las misiones médicas acercaron servicios de salud y bienestar a una población cuya atención en ese campo por parte del Estado era absolutamente residual.
Sin embargo, Chávez y su sistema repitieron los mismos errores de la época de la bonanza: el bienestar de la ciudadanía dependía de los precios del petróleo, y cuando estos valores empezaron a desplomarse fue demasiado tarde para que el Estado diversificara la economía. No solamente por la dificultad que encarnaba en términos de tiempo dicha diversificación, sino porque las medidas económicas impulsadas por el régimen terminaron violentando la incipiente industria de alimentos y servicios que poco a poco se fue vaciando tanto en términos económicos, como en términos de capital humano. Las medidas de estatalización y la incapacidad del Estado para el desarrollo de dichas economías solo fue el reforzamiento de los errores del pasado: el régimen redistribuía, pero ya no había riqueza para redistribuir porque nadie (ni Estado, ni particulares) la creaba.
Mientras el régimen cooptaba los otros poderes públicos (con las disposiciones constitucionales ya creadas y en vigencia), el régimen iba adquiriendo una modalidad de partido único; y en una extraña paradoja, de manera simultánea la estructura del Estado y el cuerpo del líder eran progresivamente invadidos por cuerpos extraños. En junio de 2011, en un discurso televisado desde La Habana, el mandatario reveló que hacía frente a un cáncer gástrico. Sin embargo, nada pudo para salvarle. El 5 de marzo de 2013 el carismático líder falleció en medio de un halo de misterio que hasta el día de hoy despierta teorías conspirativas. Para entonces, los precios del barril de petróleo se habían desplomado. Con todo, el régimen avanzó hacia una transición apresurada en cabeza del excanciller y vicepresidente Nicolás Maduro Moros, hoy preso en un complejo carcelario de alta seguridad en Nueva York.
Mientras tanto, la crisis económica se traducía progresivamente en una crisis migratoria sin precedentes en la historia latinoamericana. Más de un cuarto de la población terminó migrando durante esa década. Y si bien es cierto que las sanciones del gobierno estadounidense en 2016 (las cuales imitaron otros países) aumentaron el flujo migratorio y agravaron la crisis, no es menos cierto que el régimen tuvo diecisiete años para consolidar un modelo económico con un mayor nivel de autonomía. Evidentemente no lo hicieron. La clase oligarca e indolente que no generó propuestas de transformación social para las escalas menos favorecidas fue reemplazado por los denominados boli-burgueses, nuevos ricos que hicieron fortunas a costa del régimen y de la mano de los militares, cuyo poder casi hegemónico en la economía venezolana persiste aún en medio de la extraña transición que vivimos.
A modo de conclusión, vale la pena reflexionar cómo la historia de Venezuela nos permite explicar el surgimiento, la ilusión y el sostenimiento del chavismo con la misma certeza con que explicamos su declive. Centrar la responsabilidad absoluta de la crisis en los Estados Unidos puede que alivie las conciencias de aquellos y aquellas que con malicia o ingenuidad defendieron el régimen opresivo que significó el chavismo, pero en términos de interpretación histórica esto no solo es mentira, sino que tiene algo de perversidad.
Probablemente, la tesis central del fenómeno la supo explicar hace algunos días el Embajador de la República Popular de China, Zhu Jingyang, cuando afirmó: “Para distribuir la riqueza, primero hay que generarla. Ni el socialismo ni la justicia social se sustenta en la pobreza”
Si desean continuar el análisis, centrándose en los últimos años del régimen desde las elecciones fraudulentas de 2024, les recomendamos “La caída de Maduro en cinco actos” del analista argentino Felipe Galli.
Sobre los autores…

Luis Fernando Pacheco Vanegas es periodista, locutor, asesor en imagen corporativa, auditor en Sistemas Internos de Gestión de Calidad en el sector privado.
Luis Fernando Pacheco Gutiérrez es el director general de La Gaitana Periodismo Independiente desde 2024. Abogado, periodista y profesor universitario. Especialista en Desarrollo Personal y Familiar. Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona en doble titulación con la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. Cursó estudios en Relaciones Internacionales en Argentina. Ha sido docente, asesor e investigador en temas como paz, derechos humanos, educación superior, verdad y memoria. Asimismo, fue el primer director del Programa de Ciencia Política de la Universidad Surcolombiana (2012-2016), fue jefe de la Oficina de Paz y Derechos Humanos de Neiva (2017-2019) y líder de investigación de la Comisión de la Verdad en el Huila (2019-2021). Escribe sobre América Latina, relaciones internacionales, política, religión, paz, medios de comunicación y poder.
[1] Se refiere a la denominación coloquial de los partidarios de los dos grandes partidos que dominaron la escena política venezolana en la segunda mitad del Siglo XX: Acción Democrática (AD) y Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), este último muy ligado a la identidad de la socialdemocracia cristiana de la Europa de la posguerra.