Cuando la desesperanza y la apatía llenan cada scroll de nuestras redes sociales, reclamar el placer no es una distracción superficial; es un acto que nos redime. Hablar abiertamente de sexualidad, disfrutar una comida hecha por un ser querido, cumplir con ese ritual que nos trae calma o publicar con orgullo nuestras películas y artistas favoritas son pequeños grandes gestos que visibilizan el goce.
Primero quiero referirme al más obvio: el placer sexual. Ese tantas veces silenciado, como si no hiciera parte de nuestras vidas o como si, en mayor o menor medida, la mayoría no disfrutáramos obtenerlo. Pero este ocultamiento no responde a una decisión personal. Históricamente, hablar de sexualidad se ha revestido de un manto de vergüenza y hasta de reproche que se traduce en desinformación. Según la ENDS (2025), apenas el 30,8 % de las mujeres y el 29,1 % de los hombres reportaron haber recibido información sobre el placer sexual y el erotismo a lo largo de su vida, siendo estos los temas sobre los que menos instrucción reciben en relación con la educación sexual. Esta deficiencia contrasta fuertemente con la dimensión biológica de la sexualidad, como la anatomía o la prevención de embarazos, que se aborda con mucha mayor frecuencia y a edades más tempranas. De esta forma se evidencia que la sociedad prioriza los cuerpos funcionales —reproductivos o laborales— sobre los cuerpos que disfrutan.
La actividad sexual es una dimensión humana esencial que genera beneficios físicos, emocionales y sociales, tanto a corto como a largo plazo. No es solo química; es nuestro cuerpo reclamando su derecho a la calma frente al cortisol del estrés cotidiano. El placer sexual, definido como la satisfacción física y psicológica derivada de interacciones eróticas —ya sea en solitario, en pareja o a través de fantasías—, es parte de la salud sexual integral. La Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS) ya lo incluyó formalmente en su Declaración de Derechos Sexuales, entendiendo que el placer es tanto un motivador de la actividad sexual como un resultado de esta.
Biológicamente, la excitación y el orgasmo promueven la liberación de hormonas como la oxitocina, que aumenta la confianza y reduce el estrés; incluso puede actuar como un analgésico natural. A nivel psicológico, si se vive sin culpa y con base en el autoconocimiento y el consentimiento, refuerza la autoestima y el bienestar general. Finalmente, en el contexto de las relaciones la satisfacción sexual, más allá de la búsqueda de un orgasmo en cada encuentro, fortalece la intimidad y la calidad de la comunicación, demostrando que el placer es un pilar indispensable para el funcionamiento humano saludable.
Todos estos beneficios han sido sistemáticamente ignorados, sobre todo en mujeres, disidencias sexuales y grupos marginalizados, ya sea ignorando los factores que intervienen en la vivencia de la sexualidad, patologizando sus prácticas o directamente criminalizándolas.
Pero reducir el placer a su dimensión directamente sexual sería quedarme corta, porque el disfrute también puede ser una medida de libertad o un mecanismo de control social. De acuerdo con adrienne maree brown1 en su libro «Activismo del placer: la política de sentirse bien», para las comunidades históricamente oprimidas, priorizar el deleite propio —sentirse bien, disfrutar, habitar el cuerpo y la alegría— no es algo superficial: es una herramienta política y una forma de resistencia contra sistemas que solo las ven como fuerza de trabajo o víctimas. No es gratuito que el control del cuerpo, de las expresiones de la sexualidad y del disfrute colectivo haya sido el foco histórico de los grupos que ostentan el poder: la Iglesia, el Estado y los monopolios sociales. Como bien señala Silvia Federici en «Calibán y la bruja», al suprimir los escenarios de colectividad de las mujeres y criminalizar sus saberes sobre el deseo y la reproducción, el sistema logró convertir nuestros cuerpos en máquinas de trabajo y nuestras vidas en territorios de producción. Así como el placer sexual ha sido controlado, también lo han sido las formas cotidianas de disfrute.
Las estructuras que nos quieren cansadas, ocupadas y culpables son las mismas que buscan moldear nuestra visión del mundo. Dentro de sus nuevas estrategias de control del placer, se encuentra la ridiculización de quienes amplían estas conversaciones, mercantilizando todos los escenarios de encuentro colectivo y lucrando incluso con el discurso del «autocuidado», que pasa a ser un producto más de consumo.
Por eso, cobra cada vez más importancia reconocer que no se disfruta «a pesar de la crisis», sino que se disfruta para tener la fuerza de enfrentar o de sobrevivir a la crisis. Sin embargo, este derecho no puede ser el privilegio de unas cuantas personas que lo pueden pagar. A través de las redes sociales intentan convencernos de que hay disfrutes con mayor valor que otros, invalidando aquello que no encaja en lo estético, lo aceptado o lo «ideal» para la época o el grupo que lo juzga. Etiquetar la diversidad del goce ajeno como algo que da «cringe», que es de mal gusto o banal es solo otra estrategia para seguir controlando quién tiene permiso de sentir placer y bajo qué condiciones. Esta jerarquización del goce ignora que somos las mismas, las que ponemos el cuerpo en las luchas sociales «serias», quienes también reclamamos el derecho a lo que otras personas llaman banalidad. Invalidar esos gustos es una forma de decirnos que nuestra resistencia es válida, pero si viene de nuestra alegría no.
Por eso, no puedo más que celebrar cuando veo a tantas personas exponiendo sus gustos, cada vez menos desde el «placer culposo» y más desde el orgullo. Disfrutar es parte de una revolución. Nos acostumbramos tanto a lo negativo que pareciera que debemos avergonzarnos por ver lo positivo, por disfrutar a pesar de todo. Pero debemos recordarlo siempre: una revolución que no nos permite habitar nuestro propio cuerpo con placer es una revolución a medias.
- Respetamos la voluntad de la autora de escribir su nombre sin mayúsculas como una postura política y estética que busca cuestionar las jerarquías y descentrar el ego. ↩︎

