Icono del sitio La Gaitana – Periodismo independiente

No bastan los “hombres buenos”: El costo del silencio masculino.

Fotografía de Swapnil Sharma. Tomada de Pexels.

Esta semana Niamh Kennedy y Saskya Vandoorne, periodistas de CNN, expusieron una red global en Telegram donde hombres compartían recomendaciones explícitas sobre cómo drogar a sus parejas para agredirlas sexualmente. Circulaban consejos sobre dónde comprar las sustancias, qué dosis utilizar, cómo no ser descubiertos o cómo actuar si ellas sospechaban. Se enviaban videos de las agresiones y hasta pagaban por dar indicaciones en tiempo real. Lejos de ser un grupo aislado, la denominada “Academia de la violación” contaba con una audiencia masiva: para febrero, una de estas plataformas registró 62 millones de visitas desde distintos países. No era producto de un impulso sexual incontrolable, sino del placer de ejercer dominio sobre esas mujeres.

Aunque este año me prometí escribir de cosas más optimistas, de rescatar aquello que me da esperanza, ante estas noticias la indignación me puede más. Pensar cuántas de estas mujeres nunca reconocieron en sus parejas a posibles agresores, cuántos años tuvieron que pasar para descubrir que fueron violadas y la facilidad con la cual sus victimarios las deshumanizan, me genera un nudo en la garganta. Nos reitera que le puede pasar a cualquiera, tal como tristemente nos recordó el caso de Gisèle Pelicot, víctima de abusos sexuales sistemáticos por parte de su esposo, Dominique Pelicot, quien la drogaba para dejarla inconsciente e invitar a hombres, captados en internet, a violarla. Más de 50 hombres durante casi una década (2011-2020) abusaron de ella, 50 hombres que eran “vecinos ejemplares”: bomberos, periodistas, padres de familia, jubilados.

Ante estos hechos, el estribillo de “no somos todos” se siente insuficiente. Poner el foco en la integridad personal de algunos no resuelve el problema de fondo, solo invisibiliza la maquinaria social que educa a esos otros para la violencia, ignora un sistema que les enseña que pueden hacerlo, que es normal y que van a quedar impunes, una estructura que requiere que los hombres “se desensibilicen”, que anestesien su empatía para ejercer poder.

Ya no es suficiente con que las mujeres digamos que “no”, nos formemos en defensa personal o apliquemos las mil estrategias que nos enseñan desde niñas para “evitar” las violencias. Tampoco podemos simplemente desconfiar de cada hombre a nuestro alrededor, aunque me parece una respuesta más que natural ante este escenario. En este momento el llamado urgente es para ellos: ya no basta con que cuestionen sus propias prácticas, es necesario que cuestionen también las de sus congéneres.

Cuando hablamos de pacto patriarcal, no nos referimos a una logia secreta o un documento firmado por todos los hombres en el cual se ponen de acuerdo para agredir a las mujeres. Hablamos de un contrato social, un acuerdo tácito (o a veces explícito) que valida la desigualdad y la violencia que se ejerce sobre las mujeres. Es esa lealtad mal entendida que favorece el silencio y permite que los hombres se reconozcan entre ellos como iguales, dejando a la mujer en el lugar de «el objeto». Es saber y mirar para otro lado, decidir no interferir porque interferir es incómodo, es arriesgar el lugar dentro del grupo, convertirse en el “pesado”.

Los casos de Pelicot o la “Academia de la violación” ejemplifican este contrato en su forma más cruda: hombres que “disponen” del cuerpo de “su mujer” como si fuera una propiedad privada que pueden compartir con otros hombres para reforzar lazos sociales con otros hombres. Ser fieles a este pacto les da pertenencia, porque, como indica Rita Segato, la violencia sexual no es un arrebato de deseo, sino un mandato de masculinidad y un acto de poder.

Sé que al leer esto es fácil ponerse a la defensiva. Yo misma podría hacer la aclaración de que me he rodeado de hombres amorosos y cuidadores, cediendo al impulso de “defender” las relaciones con los hombres de mi vida, pero me cuesta pensar que quienes me leen no se hayan topado ya con esa necesidad. Prefiero terminar recordando que defender la idea de que estos hombres son “monstruos” o “enfermos mentales” es una trampa: alimenta la fantasía de que son una anomalía cuando, en realidad, son hijos sanos de una cultura que les enseñó que el dominio es parte de ser hombre, ciudadanos perfectamente funcionales.

Romper el pacto, ese que les exige deshumanizar para pertenecer, es paradójicamente su única oportunidad de libertad. No se trata de denunciar crímenes internacionales, empieza por lo cotidiano: romper la complicidad en el grupo de WhatsApp, frenar el chiste misógino, no dejar pasar al amigo que quiere “aprovecharse” de una mujer ebria o cuestionar al que “seduce” a adolescentes o a mujeres sobre quienes tiene poder. Es la invitación a reencontrarse con otras formas de relacionarse, consigo mismos, con otros hombres y con las mujeres, y buscar formas que no dependan del control sino de la humanidad y de la empatía. Es reconocer que es preferible ser el “incómodo” del grupo que el cómplice silencioso de una cultura del abuso.

Porque mientras nosotras teorizamos, cuestionamos y nos reunimos para sobrevivir y tejer redes de cuidado, el silencio del “hombre bueno” es lo que realmente permite que estos grupos sigan existiendo, siendo la cámara de eco que permite que la infamia de la “Academia de la violación” resuene con impunidad. Ese silencio no es neutral; es el muro que sostiene el contrato.

Salir de la versión móvil