Por: Anyi Lucia Duarte Alvarez.
Durante el 2026, el país elegirá un nuevo presidente después de los 4 años del primer gobierno de izquierda en su historia más reciente. Esta contienda electoral se viene desarrollando en un contexto marcado por la pobreza, la polarización, la reconfiguración de la violencia en varias regiones y la desconfianza hacia las instituciones y el rumbo que debe tomar el país.
En medio de este escenario, los distintos candidatos no solo presentan propuestas de gobierno, sino que también nos ofrecen una interpretación sobre lo que significa la nación y sobre quiénes deben ser incluidos o excluidos del proyecto nacional. No es descabellado sugerir que la nación se enfrenta en un campo de batalla simbólico, es decir, un espacio donde diferentes actores políticos compiten por imponer una visión del país, apelando a símbolos emocionales y narrativos que buscan movilizar al votante.
En este sentido, la nación puede entenderse como una construcción simbólica que, aunque representa a toda la sociedad, muchas veces oculta profundas desigualdades de clase, raza, género y territorio. La patria, la bandera, la seguridad o la democracia dejan de ser conceptos neutrales y se convierten en herramientas discursivas que mueven esas emociones como lo son el miedo, la esperanza, la indignación o la nostalgia.
Actualmente, este proceso se intensifica con el papel de las redes sociales y los medios digitales, pues, como lo señala Stuart Hall en Codificación y Descodificación respecto al discurso de los medios televisivos, los mensajes no solo se emiten, sino que son interpretados por públicos específicos. Estas campañas diseñan cuidadosamente sus discursos para conectar con emociones y experiencias particulares que transforman la política en una disputa por el sentido de lo que debería ser el país.
Analizando los discursos de algunos de los principales candidatos, se logra evidenciar cómo cada uno tiene una construcción de un “nosotros” frente a un “ellos”. Por un lado, Abelardo de la Espriella presenta la patria como una lucha moral en defensa de la familia tradicional, la propiedad privada y la autoridad. Su discurso amenaza a aquellos sectores que no encajan en ese modelo y que suelen ser categorizados como extremistas, feministas radicales o simpatizantes de la guerrilla. Su estética militarista y confrontacional busca conectar con esos sectores que se sienten representados por esos ideales políticos.
Por otro lado, Paloma Valencia apela a una narrativa centrada en la seguridad, el control institucional y la disciplina física. Su discurso se sostiene sobre el supuesto riesgo de que Colombia se convierta en Venezuela o Cuba, utilizando el temor al deterioro económico y político como un mecanismo de movilización. Sin embargo, estas comparaciones funcionan más como un recurso retórico que como diagnósticos precisos de la realidad nacional.
En contraste con ellos, Iván Cepeda propone una idea de nación basada en la memoria histórica, la justicia social y la reparación de las víctimas del conflicto armado. Su discurso interpela a quienes consideran que la desigualdad y la exclusión son los principales obstáculos para construir un país más democrático e incluyente.
Finalmente, Sergio Fajardo plantea una nación asociada con la educación, la transparencia y la buena administración pública. Su narrativa se apoya en la promesa de una gestión eficiente que combata la corrupción y al clientelismo; los que, a su juicio, los principales enemigos del desarrollo del país.
Más allá de estas propuestas políticas, considero que se debe apostar más por una democracia participativa, donde las comunidades, trabajadores, campesinos, estudiantes y comunidades étnicas tengan una intervención directa y permanente en la toma de decisiones. Desde esta perspectiva, la transformación social no puede reducirse a cambiar administrador cada 4 años, sino que exige cuestionar estas estructuras que perpetúan el poder y la dominación que reproduce esa desigualdad.
El problema surge cuando la política se reduce a la administración de emociones y la ciudadanía que vota más por miedo o identificación simbólica que por un análisis crítico de los proyectos colectivos en disputa. Como advertía Max Horkheimer, una sociedad democrática requiere sujetos capaces de cuestionar las narrativas dominantes y de preguntarse qué intereses se ocultan detrás de ellas. Mientras tanto, las desigualdades estructurales permanecen intactas. Las comunidades campesinas, indígenas, afrodescendientes y gran parte de la juventud continúan enfrentando múltiples formas de precariedad. Se nos convoca a defender una patria abstracta, pero rara vez se discute quiénes se benefician realmente de esa idea de nación y quiénes quedan sistemáticamente excluidos. Como plantea Néstor García Canclini, el ciudadano contemporáneo suele comportarse más como consumidor que como sujeto político. En ese sentido, las campañas electorales operan como productos que compiten por captar nuestra atención y nuestras emociones.
La pregunta que deberíamos hacernos no es únicamente quién ganará las elecciones de 2026, sino qué tipo de país queremos construir, quiénes tienen cabida en él y qué medios consideramos legítimos para hacerlo posible. Solo cuando respondamos críticamente esas preguntas podremos dejar de consumir discursos políticos y comenzar a participar de manera consciente en la construcción de una sociedad más democrática, participativa y verdaderamente emancipadora.
Sobre la autora…

Anyi Lucía Duarte Álvarez: Estudiante de Ciencia Política de la Universidad Surcolombiana. Me interesa la investigación social y la formación política, especialmente en temas relacionados con el conflicto armado colombiano, los movimientos sociales y las dinámicas de poder en América Latina. He participado en espacios y encuentros estudiantiles como el ENES, donde he fortalecido mi interés por el pensamiento crítico, la organización estudiantil y las luchas sociales.
Me considero una persona crítica, interesada en comprender las problemáticas sociales desde una perspectiva humana y política, buscando siempre cuestionar las estructuras de desigualdad y violencia presentes en el país. También me interesa la escritura como una herramienta de reflexión, expresión y transformación social.