Por: Ingrid Sairis Amaya Naranjo
Nota editorial: A propósito de la más reciente decisión de nombrar tan solo a los “niños y adolescentes” en las distintas comunicaciones oficiales del ICBF, la poeta Ingrid Sairis Amaya explora las consecuencias de dicho acto en un texto que, además de ahondar en los vacíos y absurdos burocráticos, en las torpezas administrativas y caprichos del poder de turno, en la violencia ingrata del funcionario atolondrado y la maquinaria estatal, conmina al lector a persistir en el reconocimiento de las distintas formas de vida y su singularidad irreducible.
Hoy, más que nunca, la búsqueda de “un cuarto propio”, como dijese Virginia Woolf, es una necesidad invaluable.
Hay oficinas donde la tinta tiene miedo,
donde los escritorios mastican nombres
y escupen formularios sin memoria.
Allí, una niña puede convertirse en un código,
un número con carpeta,
una estadística con zapatos rotos,
una herida archivada
en la gaveta fría de los adultos.
Hay instituciones que limpian sus palabras
como quien barre el polvo debajo de la alfombra,
porque algunas verdades ensucian los discursos,
porque una niña que resiste
es más incómoda que una cifra.
Nadie les cuenta
que las niñas no son hojas vacías
después del incendio.
Que algunas vuelven del abismo
con una palabra nueva entre los dientes,
con la piel llena de cicatrices
y el alma fabricando martillos
para romper las jaulas,
para convertir sus dedos en pinzas,
y doblar una a una las rejas
que otros levantaron sobre sus cuerpos.
Nadie les contó
qué aprendieron a no olvidar la noche,
a no borrar la sangre del calendario.
Mientras alguien firma un documento
quitando la palabra niña,
como si borrar el nombre de la herida
pudiera desaparecer el dolor,
en Isnos tres silencios
dejaron de respirar.
Tres pequeñas galaxias fueron apagadas
sin que el cielo institucional
se partiera en dos.
Y afuera, sobre la tierra herida,
aparecen balones con sellos y colores de campaña,
como si una tragedia pudiera patearse lejos,
como si el inicio del dolor de la tierra se evidenciara en una fotografía política.
Porque hay una maquinaria extraña
que ama las palabras limpias:
“casos”, “usuarios”, “procesos”, “menores”.
Palabras sin infancia.
Palabras sin barro en las rodillas.
Palabras que no saben el peso
de una niña intentando volver a sí misma.
Que nadie diga que proteger a los niños
es solamente un dibujo en una pared,
una publicación en una pantalla
o un gesto que dura lo que dura la indignación.
La infancia no necesita aplausos,
necesita memoria.
No borren la palabra niña.
No la entierren bajo el idioma cómodo
de quienes nunca tuvieron que sobrevivir.
Porque una palabra arrancada de un documento
puede convertirse en un grito atrapado en la garganta
que luego brota más fuerte.
Y aunque cierren archivos,
aunque apaguen luces,
aunque intenten cubrir las huellas con tinta o corrector blanco,
habrá siempre una niña de pie,
con los ojos llenos de tormenta,
sosteniendo entre sus manos
la última brasa del fuego…
Su nombre.
Sobre la autora…

Ingrid Sairis es Psicóloga de la Universidad Surcolombiana, especialista en psicología jurídica y forense y arteterapeuta, docente y defensora de los derechos de las mujeres. Integrante de la Red Huilense de Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA