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El Túnel: del libro a las tablas

Imagen del archivo de Teatro La Cuarta Pared Argentina.

Es posible que el nombre Juan Pablo Castel nos parezca familiar, pues protagonizó uno de los asesinatos más famosos del mundo literario. «Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne» es la primera línea de El Túnel, escrito por el argentino Ernesto Sábato, ganador del Premio Cervantes y autor de múltiples ensayos y novelas. A su vez, es también la primera frase del monólogo dirigido por Guillermo Ale e interpretado por Horacio Rafart, integrantes del Teatro La Cuarta Pared Argentina

Estos dos artistas han llevado su adaptación dramatúrgica de la obra de Sábato por trece países durante 25 años. El último país en presenciar esta obra fue Colombia, donde fue presentada en Teatro Petra con 27 funciones agotadas. 

Gran parte de lo que se vio en las salas fue el relato personificado de Castel. El tono de desespero, los celos del personaje y la convicción con la que narraba su relación especial con María, fueron parte de la experiencia teatral. De la imagen que veía el espectador en el escenario no hay nada que refutar; las luces, la música y los elementos encajaban tan bien que era posible ver a Castel, recién extraído de la novela de Sábato, lamentándose en medio de su taller de pintura.

Al leer el libro, percibía a Castel como un hombre en extremo pesimista, victimista y estancado, pero de alguna manera tranquilo. En cambio, en la obra de teatro, Castel se siente muy desesperado desde el comienzo. Aunque mantiene su actitud victimista, en la representación resulta evidente su inestabilidad. Su obsesión por María se percibe desde el principio, a diferencia del libro, donde se va desarrollando con el tiempo; en la obra, esta transformación es mucho más veloz. Sin embargo, ambas obras comparten lo metódico que es Castel al matar a María. Es decir, Castel no es un loco. Él está completamente consciente de lo que hace, patrón común en los feminicidas.

Además, en la representación se poetiza el acoso mediante el lenguaje que utiliza para hablar de ella, lo que resalta su inestabilidad emocional, ya que sus cambios de ánimo son muy abruptos. Es evidente su dilema entre querer hacerle daño y arrepentirse de lastimarla. Al final, cuando la asesina, el espectador queda con la sensación de que ni siquiera después del crimen descansó. Ahora bien, el montaje del asesinato es casi coreográfico. Esto transmite mejor la pasión, la desesperación con la que Castel comete el crimen y la profunda sensación de vacío posterior al asesinar a la única persona que realmente lo entendía. 

Pero, a mi parecer, lo más impactante es que el relato nos demuestra que la realidad de las mujeres de hace 78 años no es muy diferente a la actual. Hoy en día podemos reconocer el asesinato de María Iribarne como un feminicidio y, de hecho, no podríamos negar la familiaridad del caso de María con las múltiples historias de violencia de género en la sociedad contemporánea. En especial, cuando el discurso busca culpar a la mujer y justificar la agresión hacia la pareja, como lo hizo Juan Pablo Castel después del asesinato: «¡María era también mi amante y la amante de muchos otros! (…) ¡Pero ahora ya no podrá engañar a nadie!».

Con respecto al montaje de la obra, una de las anécdotas más llamativas con las que me encontré al hablar con Rafart tuvo que ver con montar la obra con o sin autorización del autor. «Nosotros la obra la íbamos a hacer igual, si nos dejaba o no nos dejaba», dice entre risas el actor. Dentro de las charlas, a Sábato le surgía una inquietud fundamental frente a la idea de la adaptación teatral, como lo cuenta Rafart: 

Cuando ya teníamos casi todo listo, encaramos al autor, Ernesto Sábato. Fuimos a verlo a la casa y le pareció bárbaro, pero él quería ver cómo era el mundo ahora, el mundo nuevo, porque esto lo había escrito en el 48 y no sabía cómo eran las relaciones ahora de pareja, ni todas esas cuestiones violentas.

Por desgracia, la violencia contra las mujeres no ha cambiado significativamente en estos años, tampoco la revictimización a la que son sometidas, y ni qué decir de las ideas posesivas y controladoras. La gran puesta en escena consiste en realidad mostrarle al público lo que piensa un hombre como Castel, cuyos patrones violentos se repiten por toda América Latina. 

Con el transcurso del tiempo y las presentaciones la obra se fue transformando, pues poner en escena un acontecimiento tan violento no es una tarea sencilla. Por ejemplo, en sus primeros montajes, María Iribarne aparecía como un personaje en el escenario. Sin embargo, esta idea se descartó y en cambió se utilizó un vestido blanco que termina manchado de sangre.  De este modo, culmina un monólogo que ha recorrido el mundo nutriéndose de experiencias cotidianas y respuestas sociales; en especial, de nuevos relatos de abusadores y feminicidas

De toda buena obra se espera que el público salga hablando de lo que vio, sintió y vivió: «Que se hable, que se toque el tema, que se visibilice», dice Rafart. Es necesario cuestionarnos sobre lo que ocurre a nuestro alrededor y las reacciones que tenemos, y lo que vemos en el escenario nos puede ayudar a comenzar la conversación. Comprender que el teatro por medio del cuerpo, la voz y el silencio cuestiona a quien presencia la obra es fundamental, y eso es justo lo que Horacio Rafart y Guillermo Ale quieren hacer con esta versión dramatúrgica de un clásico latinoamericano: mantener el arte vivo y presente en las discusiones sociales. 

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