Para Miguel que también perdió estos recuerdos
Hace más de cinco años llegué a Pereira para trabajar como cirujano de cabeza y cuello. Llegué, como se llega tantas veces a una ciudad nueva, con una maleta llena de cosas conocidas y la prudente distancia de quien sabe que todavía es extranjero. Pereira me recibió bien; me sorprendió su clima y la calidez de su gente, pero hubo algo que fui descubriendo poco a poco y que terminó convirtiéndose en uno de mis pequeños placeres, caminar por el centro.
Muchas tardes, después de terminar una cirugía o la consulta en la sede de la cuarta de la Liga Ama Salvar Vidas, prefería regresar caminando; no siempre hacía el mismo recorrido, desde la carrera cuarta tomaba la calle 23 o 24 y subía buscando la carrera sexta, a veces la séptima, y después me permitía algo que las ciudades contemporáneas nos están quitando: caminar sin prisa, sin tener la obligación de llegar a una hora determinada a un sitio determinado, caminar por el goce de disfrutar la ciudad mientras me permitía tomar rutas al azar; me metía por una cuadra distinta, observaba fachadas de casas antiguas y edificios que no había visto antes. Descubría una librería, un café, un pequeño bar donde sonaba música vieja (boleros, tangos o rock clásico), un lugar para la tertulia, una expresión de arte. Me gustaban las edificaciones antiguas, siempre me han gustado; quizás porque las construcciones antiguas tienen algo que los edificios nuevos todavía no poseen: tiempo, recuerdos e historias para contar. Busco en sus fachadas las huellas de lo que ha sido y será..
Había tardes en que me detenía a mirar cómo el sol descendía sobre Pereira y cómo la cúpula de la catedral se iluminaba contra el cielo. No necesitaba mucho más. Después de pasar horas entre hospitales, consultorios, diagnósticos, decisiones y quirófanos, caminar también era una forma de volver a mí mismo.
Pero había otra Pereira que no entraba por los ojos, sino por el olfato . El olor de las panaderías del centro tenía para mí una capacidad extraordinaria: podía llevarme de Pereira a Neiva en apenas unos segundos. El olor del pan recién horneado me devolvía a mi infancia, a mi ciudad, a aquellos años en que la vida era distinta y también había carencias. Caminaba entonces por una calle pereirana, pero durante unos instantes volvía a ser el niño que había caminado muchos años antes por las calles calientes de Neiva.
Algo parecido me ocurría con los almacenes de tenis. Hay un olor particular en los zapatos nuevos, una mezcla de caucho, tela, pegamento y cajas recién abiertas que, probablemente, para muchos no significa nada, pero para mí significa infancia. Hubo una época en la que comprar unos tenis nuevos, y mucho más aquellos de la marca que uno deseaba, podía ser un lujo. Uno aprendía temprano que querer algo no significaba poder tenerlo; pues las vitrinas eran también una forma de conocer la distancia entre el deseo y las posibilidades.
Décadas después, convertido en cirujano y caminando por el centro de otra ciudad, aquel olor podía hacer reaparecer al niño; las ciudades tienen esas extrañas conexiones; uno cree que está construyendo recuerdos nuevos y descubre que algunos lugares sirven, en realidad, para regresar a recuerdos muy antiguos. Pereira comenzó así a conversar con Neiva dentro de mí.
Mis caminatas solían llevarme hasta la plaza Victoria. Allí me gustaba detenerme frente al Centro Cultural Lucy Tejada, con su biblioteca y sus espacios dedicados a la cultura; me gustaba permanecer un rato allí antes de continuar. Luego atravesaba el puente peatonal y llegaba a uno de mis lugares favoritos de Pereira, la Calle del Encuentro.
Su nombre siempre me pareció hermoso. Las sombrillas multicolores suspendidas sobre la calle anunciaban, de alguna manera, lo que sucedía debajo de ellas. Allí podían convivir una librería, cafés, cerveza artesanal, arte, conversaciones y personas muy diversas. Era una calle pequeña, pero contenía una idea enorme, allí cabíamos todos, con nuestras diferencias, nuestras historias, nuestros acentos, nuestras edades, nuestras maneras de pensar y de vivir.
A veces he pensado que Colombia debería parecerse un poco más a la Calle del Encuentro; un lugar donde no necesitamos parecernos para poder compartir el mismo espacio y la diferencia no es una amenaza; donde podamos sentarnos bajo las mismas sombrillas sin preguntarnos primero de qué lado está el otro.
Después seguía caminando hacia la iglesia de San José, el Pereira Plaza y la Circunvalar, donde la ciudad cambiaba nuevamente de ritmo. Restaurantes, bares, hoteles, luces, conversaciones y vida nocturna. Todo aquello me hacía feliz.
Sin embargo, durante esos cinco años nunca llegué a considerarme realmente pereirano; era un hombre acogido por Pereira, y hay una diferencia.
Me sentía agradecido con una ciudad que me había abierto sus puertas, donde había encontrado trabajo, pacientes, colegas, amigos y lugares queridos. Pero todavía conservaba la identidad de quien viene de otra parte. Era un extranjero al que habían tratado bien.
Hasta que tembló la tierra, y algo hizo clic; no sé si ocurrió en mi cabeza, en mi corazón o en algún lugar más difícil de nombrar, solo sé que, al contemplar la destrucción, descubrí que me dolía. Me dolía de un modo que no correspondía al de un visitante.
Detrás de una fachada destruida no veía solo concreto, ladrillos o vigas; veía una caminata, un atardecer, un café, una conversación, un libro, el olor del pan y una tarde cualquiera después de operar.
Entonces comprendí algo que cinco años de vida cotidiana no habían logrado enseñarme: Pereira había echado raíces en mí. Tuvo que temblar la tierra para que descubriera cuánto pertenecía ya a esta ciudad.
Y si perder los escenarios de apenas cinco años de mi vida podía producirme semejante tristeza, inevitablemente pensé en quienes nacieron aquí. ¿Qué significa una tragedia así para quien lleva cuarenta, cincuenta, sesenta o setenta años depositando recuerdos en estas calles? ¿Qué ocurre cuando desaparece la casa frente a la que alguien jugó de niño? ¿Cuándo se pierde el negocio que una familia construyó durante décadas? ¿Cuándo ya no existe el café donde unos amigos se encontraron durante años? ¿Qué pasa cuando desaparece una esquina asociada a un primer amor, una iglesia a un matrimonio, una ventana a una madre, una calle a la mano de un padre?Los terremotos tienen una contabilidad brutal: contamos muertos, heridos, damnificados, viviendas destruidas, negocios cerrados, empleos perdidos y debacle económica. Necesitamos hacerlo porque las cifras nos permiten dimensionar la tragedia, organizar la respuesta y comenzar la reconstrucción.
Pero existe otra contabilidad que ningún censo logra medir: la de los recuerdos amputados. Porque una tragedia también puede amputarnos parte de nuestra geografía afectiva. Los recuerdos no desaparecen cuando cae un edificio, por supuesto. Pero perdemos el lugar que nos permitía volver a ellos. Desaparecen aquella puerta, aquella ventana, aquel árbol, aquella fachada, aquel café que funcionaban como coordenadas de nuestra memoria y nos decían silenciosamente que aquí ocurrió una parte de la vida.He vuelto a caminar por el centro después del terremoto.No lo he hecho por esa curiosidad morbosa que a veces acompaña a las tragedias. Mis obligaciones laborales me han llevado a transitar cerca de algunas de las zonas más golpeadas.
Y caminar ahora es distinto, la tristeza atraviesa, se mete en el cuerpo y lacera el alma.
Hay que caminar despacio frente a ciertos lugares porque resulta imposible mirar los daños y pensar solo en las estructuras. Allí murieron personas; otras perdieron sus hogares y algunas su trabajo. Familias enteras vieron desaparecer en minutos patrimonios construidos durante años. Detrás de cada pared caída pueden haber décadas de esfuerzo y detrás de una puerta que ya no existe puede haber un proyecto de vida.
Hay sueños bajo algunos escombros. Esto nos obliga a preguntarnos qué haremos ahora. ¿Será posible volver a caminar por el centro? Creo que sí. Pero no podremos reconstruir Pereira fingiendo que nada ocurrió. Una ciudad herida necesita memoria. Habrá cicatrices que permanecerán cuando las máquinas se hayan marchado y los escombros hayan desaparecido. Habrá ausencias que ningún edificio nuevo podrá suplir. Habrá personas que nunca regresarán.
Reconstruir no puede significar borrar. Pero tampoco recordar puede significar quedar atrapados entre los escombros.
Quiero imaginar que algún día volveremos a caminar por estas calles de otra manera: donde hoy existe un vacío, volverá a existir un lugar de encuentro; y entonces regresarán las librerías, los cafés, las panaderías, la música, el arte y las conversaciones, y alguien volverá a salir de trabajar al final de la tarde y decidirá regresar caminando a casa, simplemente porque le gusta recorrer su ciudad.
Quizá las nuevas generaciones no tendrán nuestros recuerdos. Construirán los suyos. Tal vez un niño que todavía no ha nacido caminará algún día por el centro reconstruido de Pereira y el olor de una panadería quedará guardado en algún rincón de su memoria. Décadas después, en otra ciudad, el olor del pan podría devolverlo durante unos segundos a estas calles, como Pereira me devuelve a Neiva. Y entonces el círculo comenzará nuevamente.
Quizá de eso se trata reconstruir una ciudad. No solamente de levantar paredes, reparar calles y recuperar edificios, sino también de crear nuevamente lugares donde pueda suceder la vida, lugares para encontrarnos, lugares para amar, lugares donde discutir, leer, tomar café, comprar un libro, escuchar música, caminar sin prisa, contemplar un atardecer; lugares donde podamos fabricar recuerdos.
Llegué a Pereira hace más de cinco años creyéndome extranjero. Durante todo este tiempo fui llenando sus calles de fragmentos de mi vida sin darme cuenta de que, mientras lo hacía, la ciudad también iba encontrando un lugar dentro de mí. La tragedia terminó revelándomelo.
Hoy camino por una Pereira herida y siento tristeza. Pero también quiero caminarla con esperanza. No quiero una ciudad que esconda sus cicatrices. Quiero una ciudad capaz de mirarlas para recordar a quienes perdió, acompañar a quienes deben comenzar de nuevo y, alrededor de esas heridas, reconstruir la vida.
Tal vez dentro de algunos años volvamos a caminar por el centro y encontremos una Pereira diferente. Nosotros sabremos lo que había antes, recordaremos, contaremos las historias y seguiremos caminando. Porque quizá reconstruir una ciudad sea finalmente eso: conseguir que volvamos a caminarla sin dejar de recordar.

