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Cangrejo herradura

Imagen tomada de Pixabay.

A diferencia de las especies que surgieron en los últimos períodos de la tierra, los limúlidos, más conocidos como cangrejos herradura, que habitan el planeta hace doscientos millones de años, tienen un aspecto artificial: el cuerpo de uno de estos artrópodos, irrigado por sangre azul, se ve como una coraza metálica terminada en una larga cola puntiaguda que bien podría ser un arma. En un paisaje marino poblado en gran parte por animales de contornos suaves y cuerpos estilizados, el cangrejo herradura se ve como un dispositivo militar fabricado por el hombre.

Al modo de los cuadros medievales de la jerarquía celestial, en las que un coro de todos los ángeles cabía en una misma escena que componía una totalidad, las representaciones pedagógicas de las eras de la tierra muestran un concierto que reúne a decenas de especies en un mismo espacio y tiempo. El cangrejo herradura es un vestigio de una de esas épocas pasadas, una en la que los mares de la Tierra estaban poblados por animales toscos y feroces que vivían en una verdadera bellum omnium contra omnes.

Tales representaciones contrastan con las imágenes actuales de esas especies que sobreviven como vestigios de los tiempos remotos, las cuales se ven como una suerte de extranjeros de la naturaleza. No en vano dichas especies son llamadas «fósiles vivientes»: son prácticamente un milagro de la evolución, la cual les ha concedido el permiso de perdurar más allá de sus eras en la historia natural al precio de existir como invitadas en un mundo que no les pertenece. Las playas en las que aún caminan los cangrejos herradura no remiten al caos primordial de las imágenes pedagógicas; en cambio, nos recuerdan a los cangrejos del fin del mundo en La máquina del tiempo de Wells: las últimas criaturas vivas que el viajero en el tiempo encontró en los atardeceres rojos de un planeta moribundo.

La filosofía académica se asemeja a los fósiles vivientes: estos existen por el azar de la naturaleza y aquella existe, según la comprensión de moda de la historia del espíritu, por un capricho de la cultura. Casi como si la humanidad replicara lo que en la naturaleza es apenas un accidente, la cultura ha dado lugar a sus propios fósiles vivientes. Debido a nuestra disposición de creer que nuestro modo de vida es especialmente reciente, que rompe con toda tradición y que es el único con validez probada, nosotros, los contemporáneos —una expresión sofisticada para decir “los que estamos vivos”— tendemos a separar de forma arbitraria y tajante nuestro tiempo de tiempos pasados. Producto de esta escisión es nuestra creencia de que la cultura se divide en una etapa antigua (superada) y otra actual (vigente).

Nosotros, que somos modernos, condenamos a todo lo antiguo a no ser más que un objeto museístico de contemplación distante. Aquí entra la filosofía: cuando no queda reducida a una psicoterapia desconectada de su dimensión clínica, es una ventana a un pasado remoto, en el que el estado relativamente primitivo del desarrollo técnico y científico daba lugar a especulaciones carentes de método. Son especialmente los hiperoptimistas de la tecnología, quienes actualmente viven el éxtasis de su ideología, quienes promueven esta imagen; a la vez que, en medio de su embriaguez, declaran obsoleto todo lo que no claudique ante la su ideología tecnoautoritaria.

De este modo, la filosofía queda reducida a vestigio. Su relevancia actual queda en entredicho y solamente se le permite alguna aparición esporádica siempre que intervenga como un consuelo para el alma (como también ha ocurrido parcialmente con el arte, convertido en un apéndice del turismo). Al modo del cangrejo herradura, la filosofía parece un animal prehistórico que deambula lentamente por las playas de la especulación, de espaldas al mundo al que no le interesan las antigüedades, sino la constante novedad. En su aspecto exterior guarda algo de la magnificencia de otro tiempo; por eso la filosofía sigue asociándose a frontones griegos y esculturas de mármol, aunque no haya un interés por el pensamiento de Platón o las escuelas helenísticas (salvo el soso estoicismo de supermercado que circula ampliamente en la actualidad). Puede ser vista a lo lejos, a una distancia segura; quizá en otro tiempo libró feroces combates y por eso es digna de una taimada admiración, pero no es más que un fósil que tuvo suerte y evitó su plena extinción en medio del curso natural de las cosas.

Sin embargo, por más que esa sea la imagen dominante, podemos recordar a los cangrejos de Wells, que perduraron hasta el final de los tiempos. Cabe pensar que detrás de la apariencia brillante y multicolor de nuestros tiempos se oculta el rojo permanente que baña las playas de los últimos atardeceres: allí están los cangrejos, por más que el sol se haya detenido en el horizonte.

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