Hay palabras que parecen inofensivas hasta que se observan con más atención. Palabras que se repiten durante años con tanta naturalidad que terminan instalándose en la conversación cotidiana sin que nadie se detenga a pensar demasiado en lo que implican. Una de ellas, especialmente en espacios académicos y laborales, es “niña”.
Muchas mujeres han escuchado ese término en algún momento de sus vidas profesionales. A veces aparece con una intención aparentemente amable. Otras veces surge en medio de reuniones, debates o escenarios donde se supone que todas las personas presentes son reconocidas por su formación, experiencia o cargo. Lo llamativo es que rara vez ocurre en sentido inverso: A los hombres jóvenes casi nunca se les llama niños cuando ocupan puestos de responsabilidad o participan en discusiones especializadas.
El problema no está únicamente en la palabra, sino en lo que históricamente ha representado. Durante siglos, las mujeres tuvieron que luchar para acceder a espacios educativos, profesionales y políticos. Por eso, cuando a una mujer adulta se le llama niña en un contexto donde su capacidad y conocimiento deberían ser suficientes para definirla, el efecto suele ser una sutil reducción de su autoridad. Es una forma de recordarle, consciente o inconscientemente, que su presencia todavía parece necesitar validación.
Muchas profesionales conocen bien esa sensación. La de tener que demostrar una y otra vez que saben de lo que hablan. La de percibir que su edad, su apariencia o incluso su tono de voz son sometidos a un escrutinio que rara vez enfrentan sus colegas hombres. No porque las mujeres carezcan de liderazgo o seguridad, sino porque durante demasiado tiempo el talento femenino fue observado a través de un lente que tendía a minimizarlo.
Por eso las palabras importan. Porque nombrar también es una forma de reconocer o de disminuir. Y, sin embargo, mientras reflexionaba sobre este tema, apareció una paradoja que merece atención.
Durante años muchas mujeres han reclamado, con razón, que dejen de llamarlas niñas en escenarios donde ejercen plenamente su autonomía y sus capacidades. Pero hoy asistimos a una discusión diferente. Una discusión sobre las niñas reales. Las niñas como sujeto específico de derechos.
Resulta curioso que, mientras seguimos cuestionando la costumbre de llamar niñas a las mujeres adultas, ahora estemos debatiendo si las niñas deben ser nombradas de manera explícita o si basta con incluirlas dentro de categorías generales. Es una pregunta que va más allá de la semántica. Nos obliga a pensar quiénes se vuelven visibles y quiénes corren el riesgo de desaparecer detrás de expresiones aparentemente neutras.
Y es que el problema nunca ha sido simplemente una palabra. Lo importante es el significado que adquiere en cada contexto. Cuando una mujer adulta es llamada niña, el término puede funcionar como una forma de restarle autoridad. Pero cuando hablamos de las niñas, nombrarlas ha sido precisamente una manera de reconocer que enfrentan realidades específicas, riesgos particulares y formas de violencia que no siempre afectan de la misma manera a los niños.
La paradoja es evidente. Durante décadas las mujeres han luchado para dejar de ser tratadas como niñas. Y ahora algunas voces alertan sobre el riesgo de que las niñas dejen de ser nombradas cuando todavía existen enormes desafíos para garantizar plenamente sus derechos.
No hay contradicción en sostener ambas cosas al mismo tiempo. Las mujeres adultas no son niñas. Son profesionales, académicas, juezas, médicas, docentes o lideresas que merecen ser reconocidas como tales. Pero las niñas sí son niñas, y visibilizarlas sigue siendo necesario cuando aún persisten desigualdades que las afectan de manera particular.
Al final, la conversación sigue siendo la misma: el lenguaje nunca es neutral. Revela quién ocupa el centro de la discusión, quién es reconocido y quién puede quedar invisible. Por eso vale la pena preguntarnos si hemos aprendido realmente a nombrar a las personas desde el lugar que les corresponde. Porque las mujeres no son niñas. Pero las niñas tampoco deberían desaparecer de nuestras palabras.

