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El exilio y el retorno: populismo a control remoto

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Tercera parte: 50° aniversario de la muerte de Perón.

|Análisis| En septiembre de 1955, el presidente argentino Juan Domingo Perón partía al exilio. Días después se instalaría la Revolución Libertadora, una dictadura destinada a des-peronizar la Argentina. Mientras el líder recorría Paraguay, Venezuela, República Dominicana y finalmente la España de Franco, el país naufragaba en medio de décadas convulsas. Pero Perón nunca se fue del todo. Desde el exilio se fue convirtiendo en un imprescindible hasta retornar en 1973, el año de los cuatro presidentes.

Este artículo es la tercera entrega de una serie a 50 años de la muerte de Juan Domingo Perón. Pueden leer la primera parte aquí y la segunda aquí

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Las facciones militares que derrocaron a Perón en ese septiembre de 1955 no eran una fuerza unánime. Aunque concordaban en los prejuicios del peronismo, en los nueve años de mandato la Argentina había dado un cambio radical. Sin lugar a duda, la gratuidad en la educación, las reformas sociales, el fortalecimiento de las fuerzas sindicales y los derechos de los trabajadores, además de una aceleración natural en el proceso de industrialización, habían ensanchado una clase media que reconocía las propuestas materializadas del justicialismo.

Por lo anterior, el debate se centraba en torno a una continuidad de las reformas sin Perón o a un proceso total que borrase el nombre del líder y de su fallecida esposa de la sociedad argentina. Aunque en los primeros días se impuso la primera facción, en noviembre —dos meses después del golpe— se alzó el antiperonismo más radical, encarnado en la figura de Pedro Eugenio Aramburu, director de la Escuela de Guerra.

Pedro Eugenio Aramburu. El antiperonismo más recalcitrante lo convirtió en líder de esa primera etapa de "desperonización" del país.
Pedro Eugenio Aramburu. El antiperonismo más recalcitrante lo convirtió en líder de esa primera etapa de «desperonización» del país.

Su gobierno lideraría un ejercicio que proscribió al peronismo, ejecutó y detuvo a líderes justicialistas y dedicó todo su esfuerzo a prohibir incluso la mención del nombre de Perón y Evita, cuyo caudillismo los había llevado incluso a los libros de texto de su generación. Probablemente, la medida más polémica de su gobierno fue la desaparición del cadáver embalsamado de la primera dama que permanecía aún en la CGT: bajo el gobierno de Aramburu, empezó un largo peregrinar que la llevaría a ser enterrada con otro nombre en el Cementerio Maggiore de Milan, en Italia.

La intención de la Revolución Libertadora (a diferencia de algunas de las dictaduras posteriores argentinas) no fue quedarse en el poder. En 1958 se convocaron elecciones. Con el peronismo proscrito y sin posibilidades de presentarse, el radical desarrollista Arturo Frondizi se hizo con la banda presidencial con un pacto secreto con el mismo Perón; que apoyaría a Frondizi en sus inicios, pero que denunciaría públicamente el pacto y se apartaría del mandatario originando el principio de su fin. El 29 de marzo de 1962 Frondizi fue derrocado por el Ejército y sucedido por el gobierno títere de José María Guido.

Para hacer corta la historia, la década de los sesenta estaría enmarcada por gobiernos civiles débiles y sometidos a grandes abstenciones peronistas o a pactos secretos con el mandatario exiliado, cuya masa votante se mantendría más o menos incólume. Estos mandatos civiles serían interrumpidos por golpes militares destinados en su mayor parte a avanzar en una des-peronización que cada día que pasaba se hacía más hipotética.

¿Y el líder, mientras tanto, a qué se dedicaba en el exilio? Desde ese 15 de septiembre de 1955, Perón daría comienzo a un largo periplo que sumaría diecisiete años. Primero en el Paraguay gobernado por Alfredo Stroessner; después en la Venezuela del dictador Marcos Pérez Jiménez; posteriormente en la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo —de hecho, Trujillo sería asesinado poco después de su partida del país caribeño—. También disfrutaría de breves lapsos en Panamá y Nicaragua.

Finalmente, en 1960, Perón se radicaría en Madrid, en el prestigioso barrio de Puerta de Hierro, donde construiría una mansión solariega que llamaría “Quinta 17 de Octubre” en rememoración del día en que comenzó su apogeo glorioso en 1945. Para entonces, ya estaba acompañado de una bailarina riojana treinta y seis años más joven que fungía como su secretaria personal, pero que en 1961 se convertiría en su tercera esposa: María Estela Martínez, más conocida por su nombre artístico, Isabelita.

Perón e Isabelita, su tercera esposa es la época de Puerta de Hierro. Fuente: Vanity Fair.

Hay quienes aseguran que en la primera fase del exilio Perón jamás consideró retornar al poder. Vencido y entristecido, se había refugiado en el exilio culpando a la iglesia católica del final de su mandato, aunque lo cierto es que la década de 1960 le dio nuevos bríos. Las razones, entre muchas otras, eran principalmente dos. En primer lugar, los militares habían subestimado políticamente al peronismo: la sociedad de su mandato reconocía la transformación del país a partir de las reformas sociales y el ensanchamiento del Estado de Bienestar. Las bases peronistas obedientes políticamente pudieron resistir la proscripción del partido y con disciplina férrea abrazaron la abstención cuando el líder no pactaba o votaban a quien el exmandatario en el exilio indicase. Además las organizaciones continuaron movilizándose, aún en la clandestinidad, como ocurrió en el caso de la entrega del cadáver de “la compañera Evita”, para ese entonces enterrado en Milán.

El segundo motivo fue el contexto de Guerra Fría. Paradójicamente, los gobiernos de Perón habían cauterizado cualquier posibilidad del ascenso de las izquierdas procomunistas al poder. Las conquistas sociales encarnadas por el líder populista habían movilizado a los movimientos sociales a los brazos del peronismo: sindicatos y juventudes se identificaron con las causas de Perón y Eva, lo cual había imposibilitado la movilización guerrillera o clandestina de izquierda.

Sin embargo, a finales de la década de los 60’s, mientras crecían guerrillas apoyadas por Cuba, China o la Unión Soviética en el resto del continente, en Argentina se puso en marcha una estrategia clandestina que se denominó entrismo: organizaciones guerrilleras aparentemente pro-peronistas que reclamaba el retorno del líder. Como un caballo de Troya, los movimientos de izquierda entraban al peronismo para tomarlo desde dentro. El viejo líder lo sabía y lo usó en su favor. Así surgieron guerrillas como Montoneros o ERP que, con matices y diferencias, se alineaban del lado del peronismo en medio de la bomba social que estaba por estallar a finales de los 60’s en el país austral.

En junio de 1970 Montoneros se estrenaba como guerrilla en una operación sin precedentes: el secuestró en su propia casa del expresidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, quien fue sometido a un juicio exprés y fusilado, responsable, entre otros cargos, de la desaparición del cadáver de Evita. Desde Puerta de Hierro en Madrid, Perón alentaba el caos al que eran sometidos los gobiernos en la Argentina. Según expertos e historiadores, la misma CIA desde Washington empezó a considerar que el único capacitado para poner fin al caos era el propio Juan Domingo Perón. Y desde Buenos Aires empezó a planearse su retorno.

En 1971, Argentina era gobernada por Alejandro Lanusse, un militar moderado que creía en una transición a la democracia que pusiera fin al caos de la década precedente. Lanusse tendió la mano al viejo en el exilio y le ofreció retornar, además de levantar las proscripciones al peronismo. Aunque reticente, Perón aceptó. Sin embargo, la propuesta tenía “una manzana envenenada”. El peronismo podría presentarse a elecciones, pero el Estatuto General preveía que cualquier candidato a las presidenciales debía haber vivido en el país los dos años anteriores a la postulación. Lo anterior dejaba una conclusión obvia: el peronismo podría presentarse a elecciones pero el líder no.

Como buen ajedrecista, Perón aceptó la partida: lejos de enfrentarse a Lanusse, el peronismo lanzó una candidatura títere.  Héctor Cámpora, delegado de Perón y cercano a las facciones de la Juventud Peronista, que en ocasiones se amalgamaba al accionar guerrillero de fuerzas como Montoneros. El eslogan de la candidatura era diciente: “Cámpora al Gobierno: Perón al poder”.

En mayo de 1973 el Tío Héctor, como era cariñosamente tratado Cámpora, sucedió a Lanusse en el poder y designó a un gabinete tan heterogéneo como el coctel ideológico que el peronismo había forjado en sus años de exilio: liberales de derecha asumieron en carteras claves como Economía (José Ver Gelbard), representantes de la izquierda que se habían movilizado retratando a Perón como “el martillo del imperialismo capitalista” fueron puestos en Trabajo (Ricardo Otero), Educación (Jorge Taina) o Relaciones Exteriores (Juan Carlos Puig, que fundaría el primer programa de Relaciones Internacionales de la Argentina). Ahora bien, una nueva facción peronista se alzaba con especial poder: anticomunistas recalcitrantes, oscuros personajes con vínculos non sanctos y relaciones con poderes económicos diversos estarían encarnados en el enigmático mayordomo de Perón, el ex cabo de policía José López Rega que llegaría en ese mayo al Ministerio de Bienestar Social. El nuevo gobierno era una falsa concertación entre enemigos y adversarios ideológicos cuya única identificación común era el viejo líder que regresaba.

Las profundas divisiones quedarían representadas en la denominada Masacre de Ezeiza el 20 de junio de 1973, cuando las facciones de ultraderecha se enfrentaron con las facciones de izquierda en el mismo evento de retorno de Perón al país. El saldo fue de 13 muertos y más de 300 heridos. El líder aseveró después de la masacre que había regresado para poner fin al caos y que no defendería ninguna ideología diferente al denominado Estatuto Justicialista, base de su movimiento fundado 20 años antes. Perón utilizó en una entrevista una frase emblemática sobre su retorno: “el que ha regresado es un león herbívoro”. De este modo, señalaba cómo quería unificar a un país que probablemente estaba más dividido que sus propias huestes.

El regreso de Perón a la Argentina. A la derecha del líder, el líder sindical José Ignacio Rucci que sería asesinado por las mismas guerrillas peronistas unas semanas después. Fuente: Infobae.

En julio de ese mismo año, sin llegar a cumplir siquiera dos meses, Cámpora fue obligado a renunciar y la primera magistratura fue ocupada temporalmente por el presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, un político cercano a la tendencia de derecha —era yerno de José López Rega— con una especial debilidad por las corbatas y cuya principal tarea sería convocar a unas elecciones bajo nuevas disposiciones constitucionales que permitiesen a Perón aspirar a la contienda.

El 23 de septiembre de 1973, con una participación del 84% del padrón electoral, Juan Domingo Perón se convirtió en el único argentino en la historia en ganar la presidencia de la nación en tres ocasiones. Derrotó al histórico líder radical Ricardo Balbín. Otros hitos serían históricos: por primera vez una mujer se alzaba con la vicepresidencia de una república democrática en el mundo, pues María Estela Martínez de Perón fue designada por el líder como su fórmula electoral. El 12 de octubre siguiente, con una holgada legitimidad, el viejo líder retornaba a la Casa Rosada que había ocupado hasta ese lejano septiembre de 1955 cuando había partido a un exilio impuesto.

Lo que no sabía era que el reloj corría en sentido contrario y la pacificación prometida se escaparía de sus manos. El tercer gobierno peronista distaba mucho de la primavera de sus dos primeros gobiernos. Pero eso lo veremos en nuestra cuarta y última entrega el siguiente lunes.

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