En la reciente experiencia docente en la Universidad Surcolombiana -Sede Pitalito- tuve la oportunidad de ver como una amplia mayoría de sus estudiantes hizo uso de la Inteligencia Artificial —IA en adelante— para desarrollar una exposición de casos sobre formas subjetivas de dar por terminado un contrato de trabajo.
Ningún estudiante advirtió previamente a la audiencia sobre el uso de dicha tecnología. Solamente fue posible detectarlo por los complejos conceptos jurídicos citados —algunos equivocados tal vez por la mala parametrización— y los muy estructurados razonamientos en Derecho para ser estudiantes de Contaduría y Administración de Empresas de primer y cuarto semestre respectivamente.
No estoy diciendo con esto que mis estudiantes no tuviesen la capacidad de desarrollar tales habilidades, sino que su formación del pensamiento no estaba tan ligada a la interpretación de normas y resolución jurídica de casos, naturalmente porque no eran estudiantes de derecho, con la particularidad de encontrarse en el inicio de sus carreras.
A priori, tenía solo dos alternativas para responder de forma inmediata como docente a una realidad que había llegado sin preguntar: evaluar la magistrales repuestas y exposiciones realizadas sin darle importancia a los aportes de la IA, o rediseñar el modelo evaluativo para cerrar la posibilidad del uso de tales herramientas. Ambas alternativas me parecían radicales porque en la primera estaba renunciando a medir el conocimiento del tema a unos futuros profesionales y en la segunda alternativa renunciaba a permitir el desarrollo de la que es considerada la cuarta revolución industrial (algunos autores afirman que estamos en la quinta).
Por lo anterior, decidí crear una nueva alternativa alejada de los extremos fijados: la de medir mediante preguntas orales y en sitio (sin el uso de celulares claro está) la capacidad de comprensión del tema objeto de exposición. Tengo que reconocer que me mostraba algo decepcionado y un poco escéptico a sus respuestas.
Los resultados fueron sorprendentes: los estudiantes respondían mis preguntas con naturalidad, entendían el tema y daban cuenta de lo expuesto, aunque con algunas impresiones jurídicas como es natural en el proceso educativo. En ese momento había nacido para mí el reto de enseñar en los tiempos de la inteligencia artificial y el interrogante de los límites de su uso.
No es menos importante preguntarse acerca de la posibilidad de que el cerebro pierda capacidad de razonar, de entregar una idea crítica de algo o de dar una solución creativa a un problema. De igual forma, reconocer si la respuesta entregada por el estudiante es propia o es una artificial, surgida del cerebro humano o de los algoritmos tecnológicos.
El uso de la IA en los contextos educativos no admite discusión; pues de manera natural o forzosa llegó para quedarse. Considero que la academia debe organizarse para permitir su uso controlado en dichos contextos y cumplir así su objetivo, reconceptualizando las estrategias educativas y evaluativas sin descuidar -insisto- la promoción del pensamiento crítico y la creatividad.
Las universidades deben tener directrices y protocolos de uso de IA tanto para estudiantes como para el cuerpo docente, tener herramientas para medir la intervención de esta tecnología en la producción intelectual, pero sobre todo saber medir las competencias profesionales adquiridas luego de su uso. Aun con todas las bondades ofrecidas por la IA, considero que no está en negociación el hecho de que la tecnología esté al servicio del hombre y no al contrario, de que ésta ayude al ser a conocer de algo y no sea la que nos haga renunciar al amor por el conocimiento. Ya bien lo decía la doctora en educación Lina Rosa Parra: “no importa tanto que el estudiante obtenga el conocimiento de la IA sino lo que hace con él”.

