El viernes, mientras conversaba con un compañero del trabajo, surgió una pregunta difícil e intempestiva: “¿Eres de premios?” Las palabras brotaron bienintencionadas de su boca, y yo, que dentro de mis precarias virtudes no cuento con la de la prudencia, contesté con lo que creí en ese momento era el más apremiante sentido de sinceridad: no, no lo soy. Trabajo en esto porque amo escribir, no porque ame la publicidad; es más, una inmensa parte de ella la aborrezco, cuando no desprecio el mero propósito de irrumpir con ruido la soledad de los demás.
Para los publicistas, los premios significan demasiado: son la carta de presentación de las agencias ante los clientes; mientras que, para quienes lo ganan —se suele participar en dupla o tripleta, compuesta de un redactor, un diseñador gráfico y un editor de video—, es una garantía de éxito y creatividad puesta al servicio de la industria. También es un salvoconducto para acceder a mejores empleos en el futuro y proyectarse como director creativo o, incluso, llegar más allá.
Soy redactor publicitario. Antes fui profesor universitario. En el interín, siempre he sido un soñador de la escritura; alguien que, ligado a la palabra, aspira a encontrarse en medio de lo que es capaz de imaginar y plasmar en un texto. Nunca he sentido pasión por mi trabajo. Incluso, digo sin ambages que no me gusta trabajar. Ahora bien, soy alguien que aspira a ser honesto y responsable: no empeño mi palabra en vano, ni me comprometo a cumplir con algo que me es imposible.
En otras palabras, si digo que trabajaré con oficio y entrega, lo haré sin dudar.
Pero hasta aquí no he brindado un contexto más amplio de las cosas. También he empleado fórmulas complejas para definir los oficios a los que me he dedicado. He dicho “soy”, “antes fui”, como si el trabajo definiera mi vida e ideas. Si bien el tiempo empleado en estas labores, repletas de aprendizajes y retos, ha calado en mí y mi manera de ver el mundo; no define lo que soy. De hecho, me atrevo a decir que los atributos que mejor atesoro de mi singularidad vienen del ocio, del tiempo libre y de las lecturas, películas y experiencias que allí he habitado.
Atesoro el ocio porque en él me he encontrado de forma libre y espontánea, ajeno a los afanes utilitarios de cada presente que me ha tocado. Allí hice los amigos que ahora me acompañan, también conocí a la mujer con la que decidí compartir el resto de mi vida.
Dicho todo esto, vuelvo a la temida pregunta y lo que esta, a los ojos de nuestra actualidad, acarrea: quien no ama a su trabajo, dicen los gurús del éxito y el triunfo, está condenado al fracaso. Esta mentira, que no solo reduce las infinitas posibilidades humanas al hecho de soportar con buen rumbo el trabajo, es enunciada bajo una garantía poderosa: que quien no ama a su trabajo no debería dedicarse a dicha labor. Como quien dice, debería renunciar —o ser despedido, para los jueces de la vida ajena— y dedicarse a “su verdadera pasión”. Es más, y aquí las razones dejan de evocar los principios de la ideología dominante para revestirse de altruismo, debería dedicarse a eso que ama porque seguro allí “encontrará el éxito” y “será feliz”. Porque, claro, uno no puede ser feliz si no es trabajando.
Otros tal vez más sinceros dicen una verdad a medias, o mentirosa, mejor dicho: que quien trabaja sin pasión “contagia a sus compañeros” y “subvierte la normalidad de la operación”. De entrada, diré que entre adultos esto no debería ser así. Estamos lo suficientemente grandes como para valernos de nuestras propias ideas y entendimiento. Ahora bien, ya Kant supo demostrar que no todo el que cumple 18 o 21, según el país, tiene la capacidad de guiar su vida de forma adulta. Lo anterior, me lleva a pensar que este tipo de razones se esgrimen con mayor facilidad en empresas presididas por niños, o infantes grandes, que aterrados buscan aferrarse a lo que el presente les vende para continuar remando.
Es fácil decir que alguien debería dedicarse a otra cosa. Mucho más fácil es caer en la fórmula rápida, tan afín a los discursos de superación y emprendimiento, primos bobos del capital, de que quien tiene dinero es porque ama lo que hace. Esto sin duda desconoce un hecho primordial, y es que trabajar es una necesidad. O, como dirían las mamás, “un mal necesario”. Trabajamos porque así disponemos de un salario para invertir en nosotros mismos. Diré lo obvio porque por su misma naturaleza a veces nos es elusivo: con la plata que recibimos trabajando compramos comida, pagamos una casa, alimentamos familias y proyectamos esperanzas. Con esta plata, también, decidimos qué dones cultivar o qué pasiones vivir.
Por ello es idiota pensar que quien no “ama su trabajo”, ni lo ve como el cénit de su experiencia vital, es un mal trabajador. La vida no se ciñe a los blancos y los negros, los buenos y los malos. La realidad es compleja y de una profundidad asombrosa. Retomando la pregunta, trabajo en publicidad porque amo escribir, y así no escriba mis propios textos en el tiempo laboral, el ejercicio del oficio me hace mejor por fuera de él. Dicho de otra manera, darle voz a una marca me ayuda luego a buscarme a mí mismo en mi propia escritura con mejores herramientas. Este oficio, sobra decirlo, también me permite comer y dormir con relativa tranquilidad.
Aunque los gurús y sus esbirros consideren que es “inconcebible un buen trabajador desapasionado”, se equivocan. Algunos trabajamos por instinto de supervivencia o por una búsqueda vital que no siempre se cumple en el espacio laboral. La lisura y la falta de aristas, de rugosidad y adversidad con la que pretendemos subsumir la naturaleza y el presente, nos llevan a creer que quienes no sonríen todo el tiempo ante el estado de las cosas son problemáticos. Como si el que habita este mundo bajo el signo de la aspereza fuese menos que los otros.
Me rehúso a esto. Prefiero contestar con coraje a las preguntas peligrosas; así luego el fin de semana mi lado cobarde y paranoico me diga que no debí haberlo hecho porque así pongo en riesgo la precaria estabilidad económica de la que dispongo. Todavía cuento con el privilegio de decirlo y, mientras pueda, lanzaré ese dado al tablero cada vez que pueda.
Incertidumbre, falta de tiempo y carácter
Hace ya varios años, Richard Sennett propuso el concepto de “corrosión del carácter” para definir lo que, a su juicio, y según el estudio que llevó a cabo, era un hecho recurrente: la moral del mundo laboral dista, cuando no es abiertamente contraria, de aquella en la que somos educados. Dicho de otra manera, la gente predica ciertas cosas que luego, bajo condiciones de presión y necesidad como las del entorno laboral, son desmentidas e incluso denostadas.
Ejemplos hay muchos: se nos dice que seamos altruistas y nobles, que compartamos lo poco que tenemos; pero después, ya entrados en años, en la escuela y el trabajo se nos enseña a “velar por lo propio” y no “confiar demasiado”, pues la gente “va y viene”, “un día está y al otro se va”. Incluso, se nos dice que el compañero es el principal competidor, cuando no alguien que puede llegar a poner en riesgo nuestra permanencia en la empresa (con todo lo que esto implica). La lógica del amigo y el enemigo se reproduce en formas risibles y patéticas. Se mira de soslayo a quien tenemos al lado. No nos relacionamos “más allá de lo laboral”, pues en el “trabajo no hay amigos”.
Nos endurecemos. Sonreímos poco. Sopesamos cada palabra para no comprometernos. Aprendemos a ser estratégicos e instrumentales. Complacemos al de arriba, pero reconocemos menos dignidad al compañero asalariado que ocupa un escalón igual o inferior dentro del organigrama empresarial. Nos volvemos miserables sin saberlo.
Por supuesto que cada uno resiste a su manera a este envilecimiento progresivo. Con todo, habrá quienes abracen estas dinámicas con alegría, como bien resalta Luigi Zoja respecto de buena parte de los líderes mundiales y la construcción de sus comportamientos patológicos. Aunque este fenómeno obedece a diversas causas, hay al menos una que vale explorar: dentro del reparto de los bienes y recursos, pareciera que cada vez nos toca menos. La precariedad es el signo de la época.
En este sentido, paradigmas como el de la riqueza acumulativa y la capacidad proyectiva dentro de las empresas resultan un mito o una broma de mal gusto, sobre todo porque la lucha sindical y cualquier forma colectiva de construcción de sentido parecen rezagos de otro tiempo ya distante. El individualismo es moneda fuerte en el mundo actual; los otros no existen sino como competidores. El valor individual, pesado en dinero, es malentendido como fortaleza.
Dentro de las paradojas del triunfo de esta moral del capitalismo tardío está el hecho de que la lealtad solo se debe a uno mismo. Ahora bien, ¿qué garantiza que las personas sean leales con el empleador? Ni el salario, don de dones, lo logra.
Por ello, cada vez cuesta más responder con sinceridad en entornos profesionales cuando la pregunta atañe a la médula de nuestro espíritu: no queremos desenmascararnos. Ni qué decir de esas inquietudes que cuestionan el statu quo y las verdades escritas en piedra dentro de las empresas, como cuando alguien indaga en el salario de un compañero en busca de asimetrías; o aquellas que versan en las creencias políticas y morales de un empleado, como si de estas dependiera el buen rumbo de la operación; u otras mucho más básicas, pero verdaderamente peligrosas: “¿eres feliz haciendo lo que haces? ¿Qué opinas de esta empresa? ¿Qué quisieras hacer de tus días si la necesidad no te obligara a buscarte un salario?” y un largo etcétera.
Es mejor sonreír y mostrarnos dóciles, no sea que alguien conciba nuestra resistencia, primer rasgo que manifiesta nuestra singularidad humana.
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Nota del autor: Algunas de estas reflexiones surgieron del encuentro y discusión con los miembros de la Escuela del Descaro, taller de filosofía. Agradecimientos especiales para ellos.

