La mercantilización de la educación es un desafío. Fuente: Creada con IA - Bing.
La mercantilización de la educación es un desafío. Fuente: Creada con IA - Bing.

Por: Ángela Pinzón Silva.

Cuando estaba en el colegio el repertorio de respuestas a la pregunta: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Era bastante amplio. Mi imaginación recorría un camino que iba desde abogada, pasando por diseñadora de modas, periodista, para finalmente anclarse en escritora. Sin embargo, en ese entonces pensarme como docente estaba completamente por fuera de la órbita de mis intereses. Fue sólo hasta que me decidí por la Sociología, y posteriormente por la Antropología, que comencé a sentir fascinación por la educación y su capacidad de moldear pensamientos críticos que llevasen a cambios estructurales. 

Han pasado casi diez años desde que me recibí como socióloga. En ese tiempo, además de completar mi formación como investigadora social, también me he estado moviendo en el mundo de la docencia, no sólo universitaria, sino también escolar. En este caminar de piedras he tenido que enfrentarme con mis propias idealizaciones de lo que sería la formación crítica, en contraposición con lo que ha hecho el mercado de bienes y servicios con ella. 

Con un pregrado en Sociología, una mención en Antropología y un máster en Investigación Social, el lugar natural para realizarme como profesora era las Ciencias Sociales. El primer golpe de realidad lo recibí con mi primer empleo como profesora de Sociales en un colegio. Son muchas las cosas que se esperan de la academia, especialmente en un país que, pese a la infinidad de retrocesos, ha logrado algunas victorias en lo que a derechos de minorías y mujeres respecta. Entre ellas está la libertad para ejercer desde la reflexión crítica. Este transitar implica que la pedagogía debe ser vista como un ejercicio crítico que lleva al estudiante a dimensionarse a sí mismo dentro de un trascender histórico. Para lograrlo, creo yo, es importante que la persona aprenda —y aprehenda— la honestidad desde lo más básico, esto es: aceptar que cuando el esfuerzo es el mínimo, la nota es la mínima. 

Sin embargo, el capital y el mercado, desde su acepción más inmediata, han impregnado diversos campos de la sociedad. Dentro de este escenario, cliente no es únicamente el que va a un almacén y compra un electrodoméstico, o el que pide un plato en un restaurante; ahora también es el estudiante que accede al mercado de bienes y servicios a través del sector educativo, el cual es entendido desde esta mirada comercial que tanto ha empobrecido al pensamiento crítico a lo largo de su existencia. 

Recordemos que una de las premisas más comentadas en lo teniente al cliente es decir que siempre tiene la razón. Actualmente, cuando se alude a la relación cliente/vendedor, cliente/trabajador o cliente/prestador del servicio, se construye una jerarquía con respecto a la manera como se tramitan las posibles quejas. Dentro de ésta, lo que se busca es que el resultado final sea, ineludiblemente, que el cliente quede feliz con el servicio prestado. En lo que refiere a otro tipo de servicios comerciales, como una cena en un restaurante o la compra de un reloj, la ecuación no es tan compleja y la discusión, aunque con sus matices, puede resultar más o menos sencilla. No sucede igual con la educación. 

Me parece innegable que la figura del docente está atravesada por diversas cuestiones, una de ellas tiene que ver con su rol como figura de autoridad. Si bien los modelos educativos han cambiado y se han repensado a sí mismos —lo que es absolutamente necesario porque las sociedades son plásticas y demandan procesos de acomodación—, aún hoy es necesario que el profesor como mínimo se mantenga como un guía, lo que en alguna medida le debe dar protestad para que —siempre con argumentos sólidos— pueda decir cuándo algo está bien, cuándo algo está mal y cuándo y hasta dónde se pueden dar segundas oportunidades. 

Así, la lógica mercantil que jerarquiza la posición cliente/prestador del servicio, donde es el cliente el que tiene la última palabra, presenta una incoherencia con el rol mismo que debe cumplir el educador. La explicación sobre esto es sencilla: No es posible educar a quién siempre tiene la razón, hay una contradicción ahí. Tampoco es posible que la persona que esté pasando por un proceso educativo siempre se sienta pleno y conforme. Aprender implica equivocarse y, dentro de un sistema de notas, equivocarse implica perder. En la vida, perder también es un aprendizaje importante, no sólo porque forja carácter, sino también porque lleva a un proceso reflexivo donde se buscan razones, soluciones y mejoras a eso que, en principio, no cumplió con los requerimientos solicitados. 

Encajar la educación dentro de las lógicas mercantiles no es un problema menor. Implica, de entrada, que la institución educativa se vea a sí misma como una empresa. Al ser una empresa que busca mantener a sus clientes, lleva a que la voz del docente se pierda dentro de la voz de la oferta y la demanda. En últimas, al que hay que mantener feliz es al cliente, es éste el que tiene la última palabra, el que puede escoger entre esa y otra institución, es al que vale la pena conservar. Desde esta mirada, el rol del docente se desdibuja y pierde su norte. Lo importante ya no es transmitir el conocimiento de la mejor manera, sino mantener feliz al estudiante, lo que se traduce en ser laxo y permisivo. Si al final algo no sucede de la manera esperada, el que se va al paredón no es el estudiante, es el profesor. 

Ahora bien, si el problema se quedara en el aula; es decir, si los procesos formativos no tuvieran injerencia directa en la constitución social, sería fácil aceptar la premisa de que la educación es un servicio más que se presta y que, al ser así, resulta natural que el cliente siempre tenga la razón. Sin embargo, mandar personas que se formaron bajo la idea de que siempre tienen la razón a un espacio social y laboral es problemático. Los procesos educativos no se limitan a las dinámicas medibles de aprendizaje, esto es, los currículos y mallas de las asignaturas; también llevan implícito un sello de honestidad y mérito que acarrea hacer bien o mal un trabajo. Si cuestiones como el plagio ya no son penalizadas por miedo a perder al cliente, en el fondo lo que se está enseñando es que es válido hacer trampa porque no existe sanción para ella. Finalmente, esta cadena a lo que lleva es a regresar nuevamente sobre esa maldición que persigue a Colombia: la trampa y la mediocridad.

Ángela Pinzón Silva.
Ángela Pinzón Silva es Socióloga y Antropóloga, investigadora social y docente. Escritora cuando el tiempo lo permite. Con este artículo ganó el segundo lugar del concurso para mujeres columnistas de 2024 de nuestro medio.

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