
Recientemente, escarbando entre los libros viejos de mi biblioteca, me encontré con algunas publicaciones de Julio Cortázar que me llevaron a recordar aquella frase que alguna vez dijo Pablo Neruda: “cualquiera que no lea a Cortázar está condenado”. Y cómo no, si su constante libertad narrativa y su compromiso político, encarnados a través de su literatura, no solo lo llevaron a ser una pieza clave del boom latinoamericano, sino que lo mantienen como un pensador vigente al que podemos remitirnos para tratar de comprender nuestra actual coyuntura política, preguntándonos, entre otras cosas, por el lenguaje, su uso y todo lo que se desprende de allí.
Cortázar siempre nos advirtió sobre la importancia de ser conscientes del lenguaje que empleamos, de reconocer que está cargado de significados —muchas veces inconscientes— y de valores culturales que provienen de historias sociales. Pero, sobre todo, hace falta entender algo fundamental: que el lenguaje puede engañarnos y terminar pensando por nosotros. Es decir, que, al creer que estamos pensando por nuestra propia cuenta y asumiendo posturas “críticas” frente a todo, en realidad podemos estar reproduciendo, desde el lenguaje, relaciones de poder asimétricas que legitiman estereotipos y formas de exclusión funcionales para quienes se disputan el poder.
Tener esto en cuenta es fundamental porque, ad portas del fin del gobierno del presidente Gustavo Petro, y tras las consultas presidenciales del 8 de marzo, ha tomado más fuerza una campaña electoral que definirá, el 31 de mayo, quién será el próximo presidente o presidenta de Colombia, ya sea en primera vuelta o, en un escenario posterior, quiénes pasarán a una segunda vuelta y se disputarán el triunfo presidencial. En este contexto, resulta clave poner la lupa sobre la instrumentalización discursiva a la que hoy asistimos de ciertas agendas, como las de mujeres y diversidades sexuales, por parte de algunos sectores políticos abiertamente de derecha, como es el caso de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, fórmula presidencial del partido Centro Democrático. Incluso, de la candidata ganadora de la consulta de “Las Soluciones”, Claudia López, quien ha usado su orientación sexual como capital político, pero cuyo análisis dejaremos para después.
La candidatura del Centro Democrático se presenta como una “renovación” de la derecha, un tanto disruptiva, ya que promete avances simbólicos al llevar, por primera vez, a una mujer a la Presidencia de la República y a un hombre abiertamente gay a la vicepresidencia. Esto resulta casi distópico si se tienen en cuenta las posturas contradictorias de un partido que se ha opuesto, tanto desde el activismo como desde el Congreso, a las agendas feministas y LGBTIQ+, rechazando el derecho al aborto, los derechos sexuales y reproductivos, así como el matrimonio igualitario y la adopción por parte de familias diversas. Esta contradicción se acentúa frente a la figura de un hombre como Oviedo, cuyo espectro político se ubica en el centro y que pareciera tener posturas más moderadas, incluso en temas como el proceso de paz con las FARC y su implementación, que ha defendido en varias oportunidades. Hoy, muchos se preguntan qué tanto divide y qué tanto suma realmente esta alianza. A mi juicio, se trata de una jugada política sofisticada, también en respuesta a lo simbólica que resulta la fórmula presidencial de la izquierda. Iván Cepeda, quien eligió como fórmula vicepresidencial a la lideresa y senadora indígena Aída Quilcué, envió un mensaje potente en contra de las formas neocoloniales y racistas que han sentado las bases para hacer política en Colombia. En ese sentido, la derecha también necesitaba dar un golpe de opinión a través de su fórmula vicepresidencial.
Esto, a su vez, evidencia que la derecha no es tan homogénea como parece; depende, en gran medida, del tipo de votante al que esperan llegar. Hoy, Oviedo puede representar una amenaza para los sectores más doctrinarios y religiosos, donde sí puede haber una fricción real con quienes se oponen al matrimonio igualitario. Para este grupo, la dimensión simbólica de por quién votar sí importa, y es allí donde puede darse una fuga de votos hacia figuras más “coherentes” ideológicamente como Abelardo de la Espriella. Sin embargo, para una derecha más pragmática —menos preocupada por lo moral y más enfocada en la seguridad, el mercado y el orden— esto puede no representar un problema, siempre y cuando su orientación sexual sea “neutralizable”, se comporte como el economista que es y no impulse agendas LGBTIQ+. En estos sectores, incluso, podría encontrar mayor acogida, especialmente entre una derecha joven que puede leer su figura como un aire de renovación, manteniendo su dupla estadísticamente por encima de otras campañas.
Sin embargo, aquí también se ha hablado de empoderamiento, y esto me lleva a preguntarme por la agencia como categoría analítica y a reconocer que no siempre parte de una deliberación razonada o de una responsabilidad, sino que esta también puede estar al servicio del poder.
La agencia no se reduce a quién eres, sino a qué puedes hacer y, en este caso, para qué proyecto político. No parte de un capricho, mucho menos de un impulso: debe responder a un propósito. La agencia adquiere sentido cuando busca expandir las libertades y cuando se alcanza una toma de conciencia —individual o colectiva— responsable sobre las acciones empleadas para lograr una meta (en este caso, la presidencia).
Por eso, pensar que una mujer debe llegar a la presidencia simplemente por ser mujer —o lo mismo en el caso de un hombre gay— no se traduce necesariamente en un propósito consciente de transformar a Colombia. Este tipo de lecturas se vale discursivamente de la exclusión histórica que han sufrido las mujeres y las diversidades en la política, aun cuando quienes encarnan esas candidaturas no representen sus agendas, lo que termina siendo un análisis profundamente limitado y peligroso con los derechos de estos sectores.
Bastó con ver la reciente entrevista realizada por la revista Cambio a Valencia y Oviedo, donde quedaron expuestas las tensiones en torno a la adopción igualitaria: Paloma Valencia afirmó reconocer la existencia de familias diversas, siempre y cuando no adopten. Una postura abiertamente contradictoria frente a la que sostenía hace nueve años, cuando, como senadora, en un debate en la Comisión Primera, afirmaba: “No hay razones para que una familia homosexual o uniparental esté impedida para adoptar”. La reacción corporal de Oviedo evidenció la sorpresa ante dicha afirmación y dejó ver, además, la forma en que ha tenido que adaptarse a posturas conservadoras como esta, desconociendo incluso el marco constitucional establecido por la Sentencia C-683 de 2015 de la Corte Constitucional que reconoce la adopción igualitaria como un derecho. ¡Su derecho! En ese sentido, Oviedo ha demostrado que, cuando la agencia se limita o se bloquea, las personas dejan de actuar desde su propia voluntad y terminan ajustándose a un orden social impuesto, asumiendo roles de sumisión o complacencia frente al poder, hasta convertirse en participantes pasivos de su propio proyecto político e, incluso, víctimas de manipulación político-electoral.
Esto revela que el poder no se limita a imponer decisiones, sino que también define qué se puede pensar, decir o incluso imaginar. No se trata únicamente de la existencia de candidaturas conservadoras, sino de que estamos asistiendo a una redefinición de lo que significan el progreso, el feminismo, la diversidad y, por supuesto, los derechos. Este tipo de candidaturas no encarnan una agencia liberadora, ni mucho menos un verdadero empoderamiento de los sectores más vulnerables.
No es empoderamiento que una mujer llegue al poder si su proyecto político limita los derechos de otras mujeres, aun cuando haya sido el feminismo sufragista el que le haya abierto ese camino y hoy la tenga en la baraja presidencial. Se trata de una representación sin transformación, o peor aún, de una representación que legitima la regresión de derechos. Cabe recordar que, en el pasado, la candidata propuso la creación de un apartheid en el Cauca, al tiempo que enarbola discursos de solidaridad internacional con Israel.
Ya lo decía Judith Butler en su texto Discurso valiente y resistencia: “no podemos hacernos una idea romántica de la solidaridad en una coyuntura en la que las solidaridades de derechas se unen a favor del racismo, el antisemitismo y en contra de los migrantes, para resucitar fantasías tóxicas de supremacía blanca”. Por esa misma vía, se termina definiendo quiénes son legítimos de ser vidas legibles en la sociedad, de participar en un proceso político, dejando de lado que estas disputas dependen, en última instancia, de cuerpos vivos cuyas condiciones de existencia deben sostenerse en los niveles sociales, políticos y económicos.
Estas candidaturas funcionan como dispositivos mediante los cuales la agencia de sujetos históricamente excluidos es reabsorbida por el poder tradicional, que comienza a moldear deseos e intereses de forma subrepticia. De este modo, se cooptan incluso movimientos sociales como el feminista, que, al sumarse a este tipo de proyectos políticos bajo la idea de que defenderán sus agendas, terminan universalizando una única forma de ser mujer, funcional a la blanquitud hoy representada en las instituciones del Estado, y dejan por fuera a mujeres lesbianas, transgénero, bisexuales, negras, indígenas, campesinas, entre otras.
Por eso es importante tener en cuenta que no todas las representaciones son equivalentes: algunas amplían la democracia, mientras que otras simplemente la maquillan. Ya no se trata únicamente de preguntarnos quién ocupa el poder, sino para qué lo ocupa. No toda inclusión es progresista: a veces es simplemente una estrategia para que el poder se parezca a aquello que históricamente ha excluido, sin dejar de ser lo mismo. Incorporar a un hombre gay a la carrera presidencial sin transformar el proyecto político no es más que una inclusión que decora el poder, pero no lo redistribuye; por el contrario, desactiva las críticas e intenta encubrir las posturas homofóbicas y clasistas que, durante mucho tiempo, han definido la forma de hacer política en Colombia. Este panorama nos deja como reto seguir avanzando hasta aceptar que despatriarcalizar la política se trata de una lucha continuada, en la que los principios y el respeto por los derechos humanos deben estar de nuestro lado.
