
Por: Miguel Solano Jiménez.
Karoline es una viuda de la Primera Guerra Mundial que a duras penas sobrevive, pero su suerte está a punto de cambiar cuando queda embarazada de su jefe.
Sin embargo, recibe una sorpresa que, semanas atrás, habría sido motivo de júbilo: su marido está vivo…
…y ha vuelto de la guerra con el rostro desfigurado.
Es una película que se propone renovar el debate ético sobre el aborto, pero que lo hace de una manera tan manipuladora que carece de peso argumental. Por lo que no se la puede considerar una representación rigurosa de un problema real y concreto, sino más bien una fábula:
Había una vez un lugar tan horrible, pero tan horrible, que traer a alguien a vivir en él constituiría un acto imperdonable de crueldad.
Ahora bien, esto no queda así. Luego le dan vuelta y presentan un escenario en el que la única alternativa a este problema consiste en cometer una crueldad aún mayor, de acuerdo con los cánones de la sociedad.
Eso sí, tiene la inteligencia de abstenerse de emitir un dictamen unívoco al respecto, pues entiende que el asunto es mucho más complejo que declararse simplemente “proaborto” o “provida”.
Por lo tanto, en lugar de establecer posturas categóricas, nos plantea una serie de preguntas. La primera acerca de dónde poner el límite:
¿En qué momento exacto el feto se convierte en un ser viviente sujeto a derechos (y digno de empatía)?
¿Una semana después de la concepción?
¿Diez semanas, treinta? ¿Después de nacer, incluso?
Si entonces lo tratamos como un acto criminal, ¿es correcta esa asimetría ante la ley? ¿Es justo que las mujeres deban cargar, de manera exclusiva, no solo con una gestación forzosa o con un riesgo fatal para su vida, sino además con el castigo y el oprobio?
Por último, la película nos incita a la autocrítica como un todo social: ¿tiene sentido penalizar el aborto en nombre de la “preservación de la vida” si, una vez nacido, no se le garantiza al niño una existencia digna?
¿A quién le importa realmente la vida de ese niño?
La manera de confrontarnos con este problema ético es provocadora y audaz por parte del autor.
El otro problema ético es haber creído que debía llevarlo más allá del límite de lo aberrante, dejando la impresión de regodearse un poco demasiado en la miseria humana.
Al final, me voy con la sensación de que la obra podría haber sido grandiosa de haber desarrollado su argumento inicial, pues rebosa de cualidades narrativas y estéticas. Faltó ahondar en la relación de Karoline con su esposo mutilado y explorar cómo la desfiguración de su rostro ponía a prueba la pureza de su amor.
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Sobre el autor…

Miguel Solano Jiménez es realizador audiovisual y fotógrafo/ Cine para cuando la vida no alcance, y para cuando la vida sea mucha. Me encanta descubrir películas con algún atisbo de verdad acerca del alma humana y los sistemas que le dan su forma. Diario cinéfilo de un batracio belicoso.
