Vargas Llosa recoge sus pasos por los escenarios de sus grandes novelas. Aquí en Las Cuatro Estaciones (Lima). Fuente: Álvaro Vargas Llosa en X.
Vargas Llosa recoge sus pasos por los escenarios de sus grandes novelas. Aquí en Las Cuatro Estaciones (Lima). Fuente: Álvaro Vargas Llosa en X.

Mario Vargas Llosa ha muerto. Y este hecho, como no podía ser de otra manera, ha propiciado que el planeta entero —o bueno, cuando menos una inmensa mayoría de sus paladines literarios— se pronuncie sobre la figura y obra del escritor peruano. Sobre lo primero considero irrelevante hablar. Tampoco creo que mi opinión sirva a algo distinto que delatar mis prejuicios o mostrar mis ligerezas, bajezas y mezquindades.

Me interesa lo segundo: su obra. La que conozco y la que aún me falta por conocer. Porque, si algo tiene Vargas Llosa, es una obra que lo respalda. No es de esos escritores que necesitan de escoltas o editores que los defiendan; con todo y que, a esta hora, ya hay muchos que se arrogan este rol.

La ciudad y los suyos

    La acción de sus libros transita por distintos escenarios. Por ejemplo, buena parte de sus páginas invocan la ciudad latinoamericana, de arquitectura colonial y republicana, que pronto experimenta cómo, en el afán del hierro, el acero y el cemento, quedan atrás el bahareque y otros materiales artesanales.

    Exponentes de esta transformación son La ciudad y los perros (1963); Los jefes (1957) y los Cachorros (1959), al igual que La tía Julia y el escribidor (1977), por citar los libros que ahora se me vienen con más fuerza a la cabeza. Aquí la ciudad, escenario cambiante e inverosímil, da pie a la ensoñación: la gente ama y muere en procura de este sentimiento, como ocurre en Día domingo; relato que, por su cercanía con el mar y la promesa de redención, me recuerda un tanto a Al pie del acantilado (1974), de Julio Ramón Ribeyro. Ahora bien, este último es concebido desde la perspectiva de los marginados y demuestra las asimetrías de clase al momento de invocar el aparato de justicia.

    En este aparte de su obra asoman especialmente los personajes de clase media-alta, miraflorinos y un tanto pitucos —gomelos, diríamos acá—, espectadores de lujo de la revolución técnica que modifica el espacio y propicia nuevas experiencias de vida. El cine, las radionovelas y la música de tocadiscos resuenan en la cabeza de los protagonistas de estas historias. La velocidad se siente en las avenidas y fuentes de soda, en las calles y ante el mar. El espacio natural es trastocado por la lógica del paisaje urbano.

    En ese sentido, sus personajes asumen una búsqueda de identidad en medio del barullo y la soledad de las ciudades, rodeados de otras personas. Las coordenadas del universo moral ya no se ciñen a la brújula estricta de la iglesia. Cada quien labra su propio oficio e ideario vital. De allí que, al menos desde el plano existencial, se presencie un atisbo de modernidad. Con todo, este y otros apartes de su obra no rehúyen a las tensiones; por el contrario, las afirman.

    Existe un abismo entre lo popular y la cultura letrada; entre el tipo que sabe francés e inglés, como es el caso del pichiruchi de Las travesuras de la niña mala (2006) —novela posterior, pero que se inscribe dentro de su narrativa urbana con pretensiones cosmopolitas— y el trabajador de a pie. Queda uno con la sospecha de que el escritor reconstruye mejor a los suyos, la socialité de clase media alta de Lima, a quienes dota de una mayor fuerza expresiva y profundidad vital.

    Por un lado, estos personajes ejecutan acciones previamente reflexionadas. Actúan, hacen cosas, transforman su vida y la de su entorno. Son reflexivos, pero a la vez salen de su consciencia y hacen cosas en el mundo. Avanzan desde Perú hacía Europa. Siente uno que son triunfadores a la sombra del espíritu de su época. Su aparato moral concuerda con el dominante. No hay tantos desbarajustes, y si los hay, son justificados en clave de la aventura, como ocurre con Marito en La tía Julia y el escribidor.  

    «En ese sentido, sus personajes asumen una búsqueda de identidad en medio del barullo y la soledad de las ciudades, rodeados de otras personas. Las coordenadas del universo moral ya no se ciñen a la brújula estricta de la iglesia. Cada quien labra su propio oficio e ideario vital. De allí que, al menos desde el plano existencial, se presencie un atisbo de modernidad. Con todo, este y otros apartes de su obra no rehúyen a las tensiones; por el contrario, las afirman…»

    Por el otro lado, encuentra uno al chambero; quien suele aparecer de forma un tanto hiperbólica y caricaturesca. Se muestran como personajes de comedia. Sus acciones y rasgos pretenden retratar aspectos comunes de su clase social, pero cuesta atisbar su profundidad. De hecho, se muestran casi siempre ridículos. Al respecto, vale decir que esto también fue vislumbrado por algunos de sus lectores, sobre todo aquellos pertenecientes a su propia clase social. Lo anterior puede verse en algunas discusiones de época, tal como esta que recuerda José Donoso en su Historia personal del boom (1972):

    “Recuerdo que en 1964, cuando leí La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, mostré públicamente mi entusiasmo inmediato por esa novela; el entonces agregado cultural de Perú en Chile me llamó la atención, previniéndome de que no me dejara engañar por una novela que pretendía ser retrato de la vida del Barrio de Miraflores, de Lima… él, que conocía bien el barrio, podía asegurarme que el retrato no era fiel y probar así que los méritos literarios de La ciudad y los perros no eran tan grandes como el público podía creer”.

    Diferente es el caso de José María Arguedas, quien también fuera amigo personal de Vargas Llosa, al narrar el sincretismo y la diferencia desde una realidad encarnada. El indígena, el trabajador y el letrado coexisten. Incluso, hay quien habita esos 3 ropajes a diario, como podría ser el caso del propio padre del escritor de Los ríos profundos. En cambio, Vargas Llosa concibe un precipicio insondable entre lo urbano y el indígena, tal como queda expuesto en El hablador (1987).

    En medio de este aparente abismo entre doctos y obreros, Vargas Llosa concibe hombres como Pedro Camacho, el escritor boliviano de radionovelas, que vive como romántico inmerso en el paradigma de la técnica. Su prosa, vetusta y rimbombante, contrasta con la de Marito, paradigma de la modernidad. Ambos miran a Francia, pero la habitan de formas distintas.

    La apertura al mundo: domesticación de la naturaleza

      Pero esto no es todo, pues en la obra del nobel peruano también hubo espacio para la sospecha y la pregunta por el poder y sus distintas relaciones. En Pantaleón y las visitadoras, el aparato burocrático es hiperbolizado hasta que, entre misivas y ordenanzas, el lenguaje es burlado. Su función de comunicar se ve trastocada por el afán de cumplir con el membrete, el sello y el protocolo. El eufemismo, figura retórica fundamental para quienes emplean las armas y transgreden límites en aras de “salvaguardar intereses superiores”, llega a umbrales insospechados.

      En otras palabras, lo que hablan los militares entre cartas y memorandos oficiales termina por ser una verdadera estupidez (una estupidez divertida de leer, valga decir). La estrategia de subir la moral de la tropa gracias a un prostíbulo agenciado por el aparato militar desencadena una fiesta del lenguaje que, aunque suene contradictorio, toma impulso en su mismo empobrecimiento.

      Se habla mal porque la realidad, al menos para los mandamases de aquel cuartel ficticio de Iquitos, se ve desbordada. Al pie de la selva, paraje tradicional de obras cumbre de la narrativa latinoamericana como La vorágine o Los pasos perdidos, la ciudad vuelve bajo el ropaje del poder burocrático: el lenguaje letrado, o sus sucedáneos en papel membretado, aparecen para provocar la risa y la carcajada. Porque incluso en circunstancias extremas, el sello asoma para agenciar deseos —así sea de forma estúpida e inverosímil— y delimitar pulsiones.

      Aunque si en Pantaleón y las visitadoras la ciudad se siente a orillas de la selva, en La guerra del fin del mundo (1981) está el sertao, una zona semiárida hasta la que llegan las palabras del narrador arequipeño. Este relato, inspirado en el conflicto de Canudos, sorprende por su registro ambicioso y experimentación. Es, al menos entre lo que conozco, su obra más completa y exhaustiva. Por ella nomás Vargas Llosa merece los elogios que conquistó en vida.

      Ahora bien, aquí tampoco se deja de lado la eterna tensión entre ilustrados y místicos, eruditos e ignorantes. De nuevo, están los que se valen de su propio entendimiento y “los otros” que atienden a embelecos. Como un mantra, el escritor afirma algo que en su obra es recurrente: que el aparato estatal y el discurso letrado, que no necesariamente burocrático, funge de garante de la libertad, pues cuando la gente se deja a su suerte atenta contra sí misma. Hay que llevar la razón al monte, diría Varguitas. Al respecto, señala Ángel Rama en La novela latinoamericana 1920-1980 (1982):

      “Ocupa un lugar curioso Mario Vargas Llosa, sobre todo en sus primeras obras. En ellas convive el mayor esfuerzo de recuperación interna de la experiencia latinoamericana con el mayor esfuerzo de adaptación cosmopolita, vinculándoselos con una extremada tensión que detecta su voluntad de escritor. Parecería un propósito engarzar los dos polos, a pesar de sus chirriantes colisiones, para no perder nada de ninguno de ellos”.

      Esta primera parte de su trabajo es la que más interés me despierta. Los 90 marcan, a mi juicio, otro momento para el narrador peruano. Sin embargo, por prudencia prefiero no ahondar demasiado en él.

      Un comentario sobre “Conversaciones en la hora 25: Mario Vargas Llosa”

      1. Me encanta que La Gaitana tenga en cuenta momentos importantes para latinoamérica y nuestras letras
        Buena por esa Andrés Mauricio Cabrera

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