
¿Qué harías si vieras un genocidio televisado?
Hegel escribió en el prólogo de la Ciencia de la Lógica que el formalismo había estancado a la lógica y la había convertido en una repetición inane de operaciones mecánicas, y la única justificación del estudio de la lógica era darles trabajo a los profesores de las universidades alemanas. Lo mismo podría decirse hoy de la ética: ha pasado de ser una preocupación fundamental del ser humano a una asignatura más de los programas universitarios: un “relleno” al que hay que dedicarle el mínimo esfuerzo posible.
Los menos culpables de este estado ruinoso de la ética son los docentes, que ya ni siquiera son vistos como maestros, sino como prestadores de un servicio. Los profesores, más que enseñar, acuden a las aulas a confrontar las certezas morales de sus estudiantes; por su parte, los jóvenes que toman cursos de ética han pasado previamente por la escuela implacable de la vida en sociedad, que en las últimas décadas se ha dedicado a cultivar sobre un suelo de resentimiento y dogmatismo el carácter de las nuevas generaciones.
En estas condiciones, clases de ética se transforman en hipotética: los docentes, en vez de formular preguntas reales sobre la vida inmediata de los estudiantes, plantean situaciones imaginarias –eufemísticamente llamadas «experimentos mentales»– en las se toman decisiones en abstracto.
Uno de los casos más comunes es el del dilema del tróley o tranvía, en el que los estudiantes deben imaginar un escenario en el que deben decidir si mueven una palanca para desviar un tranvía en cuyos rieles hay personas amarradas.
En el frío del aula, con las pulsaciones bajas, un estudiante debe hacer el cálculo racional que decidirá quién debe morir. Después de imaginar cómo sacrificaron la vida de un solo hombre en favor de las de cinco bajo las premisas del utilitarismo, se sientan a escribir sus reflexiones y entregan una página de argumentos que justifican su decisión. Esta es la rutina durante un semestre académico, tras el cual ya no tendrán que decidir nunca más sobre la vida de unos desconocidos que fueron amarrados a unos rieles por algún psicópata anónimo. Volverán a los dilemas morales del día a día: ser fieles a sus parejas o tener una aventura, comer carne o no hacerlo, decir una mentira para quedar bien o ser sinceros, etc.
Nada se les puede reprochar a unos u otros. El docente recibe un pago que a duras penas le permite llegar a fin de mes mientras tiene que lidiar con grupos de varias decenas de alumnos; estos, por su parte, salen de su clase de escenarios ficticios directamente a otro salón, a otra clase y otra calificación por obtener. No hay tanto tiempo para invertir en salvar vidas imaginarias cuando hay asignaturas reales por salvar. Así, la clase de ética se convierte en un lejano observatorio de los grandes sustantivos: virtud, justicia, el Bien… En el salón se pueden contemplar desde una distancia segura.
La metodología de plantear situaciones extravagantes para desafiar las intuiciones morales no se limita a los salones de clases: la filosofía académica ha hecho de esta técnica un estándar. Los investigadores de las universidades de élite dedican meses enteros a fabricar argumentos cada vez más retorcidos e inverosímiles para escribir un artículo —uno más, uno de tantos iguales— en el que exponen sus abigarradas mezclas de ética, lógica y mundos alternativos. De semejantes maniobras argumentativas no esperan mejorar este mundo, ni producir algún efecto en una comunidad o siquiera en un lector; todo lo que esperan es publicar su texto en una revista con un buen índice de citación y alguna que otra conferencia.
En su insoportable elitismo, los filósofos académicos relegan la ética a una discusión de unos pocos capaces de entender las sutilezas de la racionalidad y la moral; el mundo real puede quemarse mientras tanto.
Muchas de esas situaciones imaginarias que se usan para las clases o los artículos académicos involucran muertes: ¿matarías a un amigo cercano si eso salvara mil vidas inocentes? ¿Matarías a un dictador si pudieras viajar en el tiempo pero únicamente al día en que nació y tuvieras que asesinarlo siendo un bebé? ¿Se podría justificar el exterminio de una población entera si eso hiciera feliz a todo el resto del mundo? La suerte con la que corremos la mayoría de mortales es que nunca habremos de enfrentarnos a estas decisiones hipotéticas. Debemos enfrentarnos a dilemas mucho más simples dentro de nuestra limitada esfera de acción; tendría más sentido preguntar si seríamos capaces de ayudar a un indigente o de mentir en una entrevista de trabajo.
También tendría sentido preguntarle a un estudiante qué haría si en alguna parte del mundo se estuviera cometiendo un genocidio y la televisión estatal decidiera transmitirlo. Y quizá ese estudiante presentaría un texto con la sólida convicción de que haría todo lo posible por detener la barbarie, porque es la acción que se desprendería de las premisas de la teoría moral de alguno de los autores leídos en clase.
Esta pregunta debería pertenecer al reino de las preguntas hipotéticas y exageradas que aburren a los estudiantes y los obligan a elaborar párrafos insoportablemente reiterativos, pero ocurre todo lo contrario. Es una de las preguntas que un docente podría plantear mañana en un salón de clases como algo inmediato. Un pueblo está siendo exterminado y las masacres se convierten en piezas digitales. Los cuerpos mutilados y las montañas de escombro son el contenido multimedia por el que el mundo paga por ver. La pregunta hipotética se actualiza: ¿qué haces mientras ocurre el genocidio? ¿Lo ignoras y actúas como si no estuviera ahí? ¿Te ofrecerás como voluntario? ¿Denunciarás la barbarie? ¿Pelearás contra la injusticia? ¿Elevarás una plegaria?
La realización de una de aquellas catástrofes imaginarias solo constata la futilidad de nuestros deseos, la impotencia de nuestros esfuerzos y el irrisorio alcance de las acciones individuales. Ante el genocidio real, tanto el estudiante como el docente no encuentran más que desconsuelo: no vale la pena preguntarnos qué haríamos ante la barbarie porque la tenemos ante nosotros y no estamos haciendo nada. No podemos. La cuestión no se trata de caracteres individuales, sino de imperios militares, de un orden mundial en decadencia, de una economía de muerte. Pero al mismo tiempo es la única pregunta que aparece como relevante dentro del horizonte real de nuestras vidas: más vale pensar en la barbarie actual, en las vidas perdidas, en el sufrimiento en carne y hueso que en historias de ficción donde se busca el brillo de la coherencia argumentativa y la capacidad de regurgitar lo aprendido antes que la reflexión auténtica.
Invito a los docentes a hacer de esta barbarie el objeto de su reflexión y de su enseñanza. Dudo que alguno me lea, en todo caso. Y si lo hace, dudo que se pueda dar semejante licencia. Para las instituciones educativas es mucho más provechoso que las clases de ética sean un relleno con el que pueden justificar su falso compromiso con sus valores misionales. Pero confío en que al menos un lector se cruce con este ensayo y se detenga a pensar en el pueblo cuya agonía se convirtió en espectáculo.
