Fuente: Agencia EFE.
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El pasado viernes una llamada telefónica transmitida en directo sacudió el panorama mundial. El secretario general del Comité Noruego del Nóbel Kristian Berg Harpviken notificó a la líder de la oposición venezolana María Corina Machado como ganadora del Premio Nobel de Paz por su lucha por la democracia en Venezuela. Dicha designación volvió a generar importantes críticas.

Machado es seguramente la líder más reconocida en oposición al régimen dictatorial de Nicolás Maduro en el vecino país. Aunque dicho lugar ha estado ocupado en las últimas décadas por personajes tan variopintos como Manuel Rosales, Leopoldo López, Henrique Capriles, Antonio Ledesma o el efímero Juan Guaidó, lo cierto es que progresivamente el rostro de Machado se convirtió en el ícono de un movimiento que busca representar el clamor de los millones de venezolanos que emigraron por las terribles condiciones humanitarias y la persecución, así como de quienes defienden haber ganado las elecciones presidenciales de julio pasado, abiertamente usurpadas por el régimen de Maduro.

Sin embargo, la historia de María Corina Machado no es de reciente aparición en la escena política latinoamericana. Su enfrentamiento con el fallecido presidente Hugo Chávez en 2012 es una pieza audiovisual histórica. María Corina Machado de 58 años saltó a la palestra pública a principios de siglo, cuando fundó la plataforma Súmate en 2002, liderando un referendo revocatorio al gobierno de Hugo Chávez Frías que para entonces desarrollaba su primer mandato y celebraba la promulgación de una nueva constitución. Como líder de dicha plataforma política Machado se encontró con el presidente estadounidense George W. Bush en 2005 y se convirtió en diputada a la Asamblea Nacional en 2010. Fue en el marco de ese primer periodo como congresista que se suscitó el enfrentamiento con Chávez, que ya se encontraba en el ocaso de su gobierno, víctima de un cáncer que finalmente le arrebataría la vida en marzo de 2013.

La persecución política en su contra se agudizó en 2014 tras ser separada de su cargo en el legislativo, primero por la Asamblea (aún entonces con mayorías oficialistas) y luego por el Tribunal Supremo de Venezuela, que ya se encontraba también cooptado por el poder ejecutivo. La persecución judicial ha incluido inhabilitaciones progresivas por parte de los órganos fiscales venezolanos, proscripciones políticas para participar en elecciones (pese a haber arrasado en las primarias de la oposición en octubre de 2023) y persecuciones a ella y a su círculo familiar y político.

Esto último ha conllevado que Machado viva hoy en la clandestinidad, mientras parte de su familia vive en el exilio. Repasar la historia de Machado en las últimas dos décadas parte de reconocer su activismo social y organizativo en diversos colectivos de oposición y su rol como locutora en Radio Caracas entre 2014 y 2021. Podríamos pensar que esto constituye un portafolio de credenciales propio que podrían hacerla merecedora del galardón que fundara el industrial sueco Alfred Nobel hace más de un siglo dedicado a aquellas personas y organizaciones destacadas por su lucha por la paz.

Pero claro, no es la pretensión de quien escribe estas líneas hacer una hagiografía de la recién galardonada. Sobre María Corina pesan críticas que se han exacerbado en los últimos días tras la llamada del Comité Noruego del Nobel anunciándole la premiación. Su defensa de la intervención armada tras el fraude electoral de julio pasado se ha incrementado, así como su alianza con bastiones de la derecha iberoamericana como los exmandatarios Mauricio Macri (Argentina), Álvaro Uribe e Iván Duque (Colombia), y sobre todo su clamor al gobierno de Donald Trump, que hace algunas semanas dio comienzo a una estrategia de hostigamiento en aguas venezolanas para aparentemente luchar contra el narcotráfico.

Cuando el Premio Nobel de Paz parece demasiado político…

La polémica levantada tras el triunfo de la líder venezolana no es nueva. Por mencionar algunas fechas ligadas a figuras polémicas, se dio en 1906 a Theodore Roosevelt, ícono del gran expansionismo estadounidense de principios de siglo; y ni qué decir de cuando, en 1973 —en el mismo año del golpe militar a Salvador Allende— la organización tuvo a bien entregárselo al secretario de Estado Henry Kissinger, bastión de la realpolitik de la Guerra Fría y artífice de múltiples regímenes militares bendecidos por Washington si hacían gala de un anticomunismo furibundo. Tres menciones polémicas más: Mijaíl Gorbachov en 1990, Barack Obama en 2009 y Juan Manuel Santos en 2016.

Que el premio Nobel es una manifestación política es imposible de negar. Aunque esporádicamente se ha reconocido científicos, organizaciones sociales que luchan por problemas concretos de la agenda mundial o anónimos cuyo liderazgo social ha trascendido, como la lideresa indígena guatemalteca Rigoberta Menchú (1992) o la activista pakistaní por los derechos de las mujeres Malala Yousafzai (2014), el patrón generalizado es que el galardón se otorga a figuras políticas que tarde o temprano han de ostentar cargos de poder político.

De hecho, es innegable el valor que el premio representa en aras de alcanzar nuevos reconocimientos. En este sentido, casos como el de la líder birmana Aung San Suu Kyi (1991), el expresidente sudafricano Nelson Mandela (1993) o, incluso, el economista Muhammad Yunus, actual jefe interino de Bangladesh, dan cuenta de cómo el capital simbólico puede devenir en capital político.

Considero que el principal error del análisis sobre las figuras reconocidas recae en entender el galardón noruego como una especie de canonización o cédula de ciudadanía moral que los convierte en íconos dignos de imitar para la ciudadanía global (si es que ese arbitrario concepto existe o existió alguna vez). Al final de todo, el Comité del Nobel nunca ha mentido: es un reconocimiento público a la lucha emblemática de una persona, un grupo de personas o una institución por la búsqueda de la paz en un campo concreto. Probablemente dicho homenaje se combina con los blancos, grises y negros de cada una de las personas que a lo largo de estos 124 años han podido recibir el premio. También están quienes desde un pódium ideológico disfrazado de pedestal moral imparcial critican el premio otorgado a María Corina Machado este año.

Los silencios complacientes con el caso venezolano

Es innegable que el premio pone en aprietos al régimen dictatorial del heredero de Chávez. Especialmente porque la pregunta que pesa en la opinión pública es si el gobierno de Maduro le permitirá asistir a recibir el premio en diciembre próximo y luego regresar a Venezuela. En la historia reciente, el premio otorgado a figuras de oposición a un régimen se ha convertido en una incomodidad permanente para el gobierno ante el cual estas se oponen, en especial por la relevancia pública que adquiere la figura, lo cual se agrava cuando el sistema busca dar una apariencia de libertad. Lo anterior es algo que en Venezuela resulta especialmente delicado.

Lo realmente paradójico es que buena parte de las críticas a María Corina Machado no son falsas, pero sí se sientan sobre premisas que ignoran la parte más importante del debate. Vamos a analizarlas una a una.

El relacionamiento de Machado con gobiernos de derechas con críticas en sus políticas de derechos humanos (nuevamente con matices, porque no resulta idéntico analizar a Mauricio Macri, Álvaro Uribe o Sebastián Piñera en la misma categoría) parte de un silencio generalizado de parte de la mayoría de regímenes autodenominados de izquierda.

Alinear a Machado con las derechas actuales es erróneo, no solo porque la líder defiende posturas en favor de los derechos de las minorías sexuales o de los derechos de las mujeres, sino porque paradójicamente la restricción de buena parte de esos derechos parte de un régimen que se proclama socialista y de izquierdas. Venezuela resulta ser uno de los Estados más atrasados en materia de derechos sexuales y reproductivos, de respeto a minorías sexuales diversas y menos garantistas en términos de derechos de expresión. Ahora bien, el problema de buena parte de las críticas es que Machado se relaciona con gobiernos de derechas. Valdría la pena preguntarnos si la alianza de Machado con este aparato ideológico no radica en el silencio cómplice de los partidos y gobiernos de izquierda, quizá con la excepción de Gabriel Boric en Chile, que ha arrojado a la oposición venezolana a los brazos de los únicos que abren sus puertas a escuchar las súplicas de un sistema que hace años naufragó en sus incoherencias.

El caso colombiano merece mención aparte por su ceguera frente al problema venezolano. Colombia constituye desde 2016 el principal receptor de migrantes del vecino país. Ello ocurre no solo por la inmediatez territorial, sino por la cercanía cultural, las políticas implementadas en su momento por el gobierno Santos y por un efecto boomerang de familias de migrantes que en las épocas de bonanza petrolera y cruda violencia en Colombia huyeron a Venezuela a construir un mejor futuro.

La mayoría de esta población venezolana que decidió construir una nueva vida en Colombia regularizará su estatus jurídico en la próxima década y buena parte de esta población probablemente se nacionalizará en los términos de la legislación colombiana. ¿A qué tipo de partidos y candidatos creen ustedes que votarán teniendo en cuenta el silencio atronador del gobierno actual frente a la ilegitimidad del régimen vecino? La actitud del Pacto Histórico, sus críticas sesgadas acompañadas de un “pero” murmurado en voz baja de manera tal que no incomode el falso mito de la unidad de la izquierda latinoamericana, será un factor que se cobrará en las urnas. Me temo que Machado y la dirigencia opositora venezolana ha sido arrojada a los brazos de las derechas más recalcitrantes por el silencio cómplice de los gobiernos que erróneamente se proclaman herederos de la denominada Marea Rosa que gobernó buena parte del continente empezando esta década.

Segundo, la defensa de una intervención estadounidense es un error garrafal en la apuesta de la oposición venezolana. Las intervenciones norteamericanas se han caracterizado históricamente por una brutalidad desmedida tanto en pérdidas humanas como en destrucción del hábitat sin garantizar ningún valor democrático o mejora institucional a los territorios (si tienen dudas, basta ver la situación de las mujeres y niñas afganas).

Sin embargo, en la opinión pública ocurre una suerte de “Vennezuelasplainning”, fenómenoque parte de una serie de comunistas de sillón, que en su vida han pisado o tienen planes de visitar el vecino país y han guardado cómodo silencio con la dictadura. Estos han pretendido decirle a las víctimas cómo deben afrontar la crisis: agotar las vías de negociación, llegar acuerdos con el régimen, buscar apoyo internacional por vía de la mediación. Parecen ignorar con una inocencia perversa que la mayoría de dichas vías ya se agotaron y el régimen dictatorial las burló abiertamente en el proceso electoral de julio de 2024.

Estoy y estaré convencido que la intervención internacional solo agravará la situación de la población venezolana, además de infringir el derecho internacional humanitario, pero no me atrevo a sugerir a las víctimas cómo deben afrontar sus procesos de estancamiento democrático o su respuesta ante la innegable crisis humanitaria del vecino país.

Finalmente, no pretendo convertir a María Corina Machado en una figura heroica sin tacha (basta ver cómo se desarrolló en Myanmar la figura política de Aung San Suu Kyi), pero si el galardón noruego llega a aportar a la visibilización de la grave crisis democrática venezolana y llama la atención de quienes han preferido mirar a otra parte, entonces nuevamente el premio habrá valido la pena. Lo merecen tantas personas venezolanas que han visto naufragar su visión de futuro por un régimen corrupto y déspota.

Lo que realmente debemos lamentar es que la paz no constituye aún un acuerdo bilateral. Así como para diversos sectores hay premios que agradan en función de las ideologías también parece que hay conflictos que los conmueven más que otros. Irónicamente, el venezolano parece ignorado pese a que lo vivimos día a día en nuestra cotidianidad.

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