Bandera de Venezuela. Fuente: Amnistía Internacional.
Bandera de Venezuela. Fuente: Amnistía Internacional.

Nicolás Maduro ya no es presidente de Venezuela.

El solo escribir estas palabras se siente casi extraño, puesto que hace menos de una semana la sola idea resultaba un delirio. Sí, hace más de un año que la situación política del chavismo, al menos para amplios sectores opositores al régimen gobernante desde hace casi tres décadas, estaba en un profundo entredicho. Quizá no se hablaba de una caída prematura o no se preveía una intervención estadounidense real, pero sí se sabía que, al menos en lo que respecta a su apoyo político y su situación internacional, la dictadura de Nicolás Maduro estaba enfrentando una agonía postergable, pero de eventual finiquito. Eso sí, nadie podía prever lo que sucedió en Caracas la madrugada del pasado 3 de enero.

Sorpresa absoluta, comentarios encendidos, cruces y discusiones han marcado el debate público en el mundo en general y en América Latina en particular luego de que el gobierno de Donald Trump, después de meses de amenazas y bombardeos a lanchas, ejecutara una sorpresiva acción militar que extrajo a Maduro y a su esposa Cilia Flores (una de las principales jerarcas del régimen) del país para ponerlos bajo custodia de los Estados Unidos.

Si existe un tema que puede dar tela para cortar, en América Latina, es Venezuela, la triste protagonista de la última década. Se está hablando mucho sobre la relación entre Estados Unidos y Venezuela, sobre el papel de Donald Trump, sobre los debates internos en su administración que condujeron al ataque y que influirán en la resolución de la situación. No obstante, se habla muy poco de lo ocurrido al interior del régimen, lo cual jugó un papel mucho más amplio de lo que se quiere pretender y, sin duda alguna, jugará uno mucho mayor en el devenir político de la nación caribeña.

Lo que pretendemos hacer en este artículo es explicar, en los más breves párrafos posibles, el accionar de ciertos actores, los posibles giros que esto pueda tener, la actitud de los principales interesados (empezando por los mismos venezolanos) y finalizamos con una reflexión profunda sobre un evento que marca, indiscutidamente, un antes y un después en la historia continental.

El preludio: ¿Cómo se gestó la caída de Maduro?

Maduro acompañado de los hermanos Rodríguez. Fuente: ABC (España).
Maduro acompañado de los hermanos Rodríguez. Fuente: ABC (España).

Prácticamente la totalidad de la demasiado larga presidencia de Maduro pasará a la historia por abarcar por todo el declive del chavismo como movimiento político hasta su conversión progresiva en una cáscara vacía. Sin legitimidad popular, sin narrativa coherente y sostenido únicamente por la coerción, el régimen combinó contradicción económica, sanciones internacionales, colapso institucional, denuncias sistemáticas de violaciones a los derechos humanos y acusaciones de implicación directa del Estado en el narcotráfico (el hoy polémico “Cartel de los Soles” cuya existencia tiene amplios cuestionamientos) con una dependencia cada vez más absoluta de su aparato represivo. Sin embargo, con todo, Maduro duró en el poder casi tanto tiempo como su predecesor, Hugo Chávez, y por un tiempo se llegó a considerar de indefinida permanencia. No obstante, aunque su salida fue abrupta y provocada desde afuera, es necesario aclarar que en ella influyeron muchísimos factores internos.

Si tenemos que situar en qué momento comenzó a desangrarse el control de Maduro para provocar lo acontecido el 3 de enero, podemos decir que el punto de inflexión fueron las elecciones del 28 de julio de 2024, con todo lo que llevó a ellas: las primarias opositoras, el respaldo de María Corina Machado a Edmundo González, la táctica de publicar las verdaderas actas electorales y el burdo intento de ejecutar un fraude electoral a último minuto.

Aunque para algunos tales eventos no tengan relación, y otros insisten en ver la gesta electoral de Machado y González como un fracaso total en tanto no se logró una salida democrática de Maduro, lo cierto es que la conciencia absoluta de su derrota —por un margen de casi cuarenta puntos— finiquitó el escaso rédito de legitimidad internacional que le quedaba al chavismo, al punto que incluso sus aliados regionales democráticamente electos, como la Colombia de Gustavo Petro o el Brasil de Lula da Silva, se vieron en la obligación de alzar una ceja con estupor, dejando al régimen solo con la incondicionalidad de Cuba y Nicaragua.

La ola represiva posterior, con miles de detenciones y denuncias a gran escala de torturas inenarrables, nuevos exilios, pases a clandestinidad y un renovado empuje migratorio (para solo ampliar la cifra de más de nueve millones de migrantes), continuaron desangrando la imagen internacional del chavismo y facilitando el ascenso de la narrativa que el movimiento de Donald Trump, tras su victoria en noviembre de 2024, necesitaba para justificar una intervención militar más directa. Maduro inició su autoproclamado tercer mandato en enero de 2025 con su posición cada vez más cuestionada. A pesar de la extensa movilización intimidatoria, su legitimidad continuó sufriendo golpes en las legislativas de mayo y las municipales de julio, marcadas ambas por una abstención masiva que dejó claro la negativa de los venezolanos a renunciar a la idea de un cambio político y resignarse a la continuidad de Maduro.

La renuencia de la oposición a renunciar al triunfo electoral también ayudó a mantener el tema vivo. Entre una ofensiva diplomática impulsada por elementos de la nutrida diáspora venezolana, el inacabable lobby dentro de los principales grupos de poder internacional y, finalmente, la obtención del Premio Nobel de la Paz por parte de Machado en octubre, fueron también eventos clave para preservar entre las bases antichavistas un aura de resistencia continua contra la consolidación autoritaria.

Paradójicamente, la llegada de Donald Trump alentó al chavismo a intentar un entendimiento con el nuevo mandatario estadounidense, lo que condujo al alza de la tesis “normalizadora” que sostenía la inviabilidad de una salida de Maduro a corto plazo y la necesidad de relajar las tensiones para garantizar la estabilidad regional. Ahora bien, a mitad del año 2025, Trump terminaría pateando el tablero al imponer un bloqueo económico directo y realizar un masivo despliegue militar en el Caribe que incluyó las tan referenciadas “voladuras de lanchas” y el decomiso de buques petroleros, amparándose en todo momento en la idea de la lucha contra un cartel de drogas.

Para comprender por qué la caída de Maduro terminó desembocando en la asunción interina de Delcy Rodríguez, es indispensable entender la arquitectura interna del poder chavista. Lejos de ser un bloque monolítico, el régimen funcionaba como una coalición inestable de cinco grandes facciones, todas surgidas del chavismo originario. El brazo civil, institucional, diplomático y económico estaba en manos de los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez. Del aparato represivo (inteligencia, contrainteligencia, los famosos “colectivos” y las redes del narcotráfico anexas al Estado) respondía a Diosdado Cabello, histórico hombre fuerte del régimen. El control del ejército recaía en el general Vladimir Padrino López, figura clave de la continuidad militar. Finalmente, el poder judicial y buena parte de la ingeniería legal del sistema estaban bajo la influencia de Cilia Flores, esposa de Maduro.

Estas cinco facciones, a menudo enfrentadas entre sí, tenían a Maduro no como su líder, sino como una suerte de tapón que impedía una guerra fratricida que destruyera al régimen. Es por eso por lo que la caída de Maduro (y de Flores) representaría un descabezamiento casi fatal para la dictadura, al menos en su conformación actual. Asimismo, la intervención estadounidense terminó dejando al descubierto una nueva tesis: ¿Y si alguno de los cuatro vendió a Maduro y su esposa a Trump para hacerse con el control?

En octubre pasado, tan solo una semana después de que Machado ganara el Nobel, se hizo público en varios foros la idea de que Delcy Rodríguez había negociado con Estados Unidos un gobierno de transición sin Maduro, una postura que fue rápidamente rechazada por los implicados. Asimismo, varios medios de peso como el New York Times comenzaron a publicar artículos sobre Rodríguez, describiéndola como una “figura moderada”; pese a haberse hecho reconocida en el ámbito diplomático por sus respuestas agresivas y en ocasiones violentas a críticos del régimen.

Visto y considerando lo que terminó ocurriendo, es muy difícil presuponer que no hubiera sectores interesados en blanquear la figura de Rodríguez antes de que “algo” sucediera. Por lo demás, se sabe que la captura de Maduro fue planeada por meses, que el plan del operativo ya estaba listo para diciembre, y que la orden fue finalmente dada el 2 de enero, solo seis horas antes de que el dictador fuese aprehendido.

En resumen, la caída de Maduro, aunque ejecutada militarmente por Estados Unidos, habría sido imposible sin la derrota electoral de 2024, la presión internacional sostenida por la oposición y,  los movimientos internos de traición o supervivencia que terminaron de abrir las puertas a la intervención.

El ataque: ¿qué ocurrió?

Mucho de lo sucedido ya ha sido reconstruido largamente por las diversas coberturas de prensa. La operación militar estadounidense, ejecutada durante la madrugada del 3 de enero, combinó bombardeos sobre infraestructura militar estratégica, neutralización de sistemas de defensa aérea y el despliegue de unidades especiales (las Delta Force) en Caracas. El objetivo central fue la captura de Maduro y de Flores, quienes fueron extraídos del país y trasladados bajo custodia estadounidense. La acción se desarrolló con una rapidez que dejó al aparato estatal venezolano sin capacidad de respuesta coordinada.

El impacto militar fue limitado en duración, pero profundo en consecuencias: buena parte de la cadena de mando quedó desarticulada, se destruyeron nodos clave del sistema defensivo y se evitó deliberadamente una confrontación prolongada con la Fuerza Armada. Buena parte de la resistencia militar directa provino de la guardia pretoriana de Maduro, la cual estaba en su mayoría compuesta por militares cubanos. Recién al día siguiente, el régimen de La Habana admitiría su participación al confirmar 32 bajas propias, cifra que constituye, hasta el momento, el único número oficialmente reconocido de muertos. El resto del saldo humano del operativo permanece envuelto en versiones contradictorias y una marcada opacidad informativa.

Los bombardeos recibieron una amplia cobertura a través de las redes sociales, medio por el cual muchos venezolanos se enteraron de los eventos mientras tenían lugar. Sin embargo, esto también dejó el evento vulnerable a la irrupción de fake news y difusión periodística poco profesional. Aun así, la reacción de los caraqueños fue relativamente contenida, registrándose apenas algunas compras de pánico ante el temor de una conmoción social o un bloqueo policial. El aparato represivo del régimen, por su parte, no interrumpió en ningún momento su accionar, reportándose detenciones de personas que se encontraban en la vía pública sin que hasta ahora exista un recuento verificable de esos episodios.

Cuba: ¿Un tercer actor del que nadie habla?

Cubanos muertos en el operativo militar. Fuente: CNN en español.
Cubanos muertos en el operativo militar. Fuente: CNN en español.

Sin duda, uno de los misterios más interesantes de los sucesos del 3 de enero tiene relación con los 32 militares cubanos que perecieron luchando contra la Delta Force, algunos de los cuales tenían rangos tan altos como el de coronel o mayor. Como si se tratara de algo normal, el mandatario cubano Miguel Díaz-Canel anunció sus muertes al día siguiente del operativo, llegando tan lejos como para declarar duelo nacional por ellos.

Este reporte abre las puertas, para los no versados en la cuestión venezolana, a un sinnúmero de preguntas que, sin embargo, han quedado eclipsadas por la centralidad del debate en torno a Estados Unidos: ¿qué hacía el dictador venezolano rodeado por una guardia pretoriana compuesta por militares de otro país? Y sobre todo, ¿por qué le importaba la supervivencia de Maduro al régimen de La Habana lo suficiente como para confrontar abiertamente al ejército de la primera potencia mundial?

Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, la relación entre Cuba y Venezuela se consolidó como un matrimonio casi fanáticamente irrompible. Caracas garantizó durante años la entrega preferencial de su petróleo y recursos financieros al régimen cubano. Esto le permitió a este último soportar por décadas su crónica crisis económica. Ahora bien,  del lado de La Habana se exportaron cuadros políticos, asesoramiento en inteligencia, control social y penetración directa en las fuerzas armadas y de seguridad venezolanas; todo ello disfrazado como “misiones médicas”.

Mientras la izquierda regional ha esgrimido la carta del antiimperialismo como el eje troncal de su discurso para denostar la política estadounidense hacia Venezuela, no son pocos los académicos que describen la relación entre el castrismo y el chavismo como un vínculo semicolonial en el que Cuba, (pese a sus dimensiones económicas y territoriales significativamente menores, ha subyugado a Venezuela al punto de obtener un suministro casi gratuito de petróleo y llenar el Estado venezolano con agentes de inteligencia que operan con más libertad que los funcionarios locales. Una buena fuente de información al respecto es “La invasión consentida”, libro de 2019 de autor desconocido que firma como Diego G. Maldonado, en el que se documentan los principales pormenores del vínculo entre ambos regímenes.

Existen sospechas firmes de que, cuando Chávez murió, el castrismo jugó un papel trascendental en la imposición de Nicolás Maduro (formado como cuadro militante en Cuba) como un sucesor de consenso para retener su influencia frente a actores más autónomos, como Diosdado Cabello, o internacionalmente pragmáticos como los Rodríguez. Con el agravamiento de la situación en Cuba tras el final del deshielo con Estados Unidos y el colapso político del chavismo en Venezuela, la continuidad de Maduro pasó a ser un interés estratégico vital para el castrismo, al punto de involucrarse cada vez más activamente en su protección personal y en la defensa del dictador.

Finalmente, en el contexto de la crisis actual, la administración de Díaz-Canel se convirtió en la única parte interesada genuinamente en la continuidad indefinida de Maduro en el poder, ante la inminencia de que un cambio de cara implicaría necesariamente un acercamiento a Trump y un inevitable enfriamiento de las relaciones con Cuba. Entre los colapsos energéticos, la crisis migratoria, el desplome humanitario y la escasez generalizada de petróleo, la caída de Maduro deja al castrismo en una posición extremadamente precaria. No es de extrañar la alarma con la que este régimen, igualmente sumido en una mucho más hermética y compleja interna), encara la pérdida de su más valioso aliado.

María Corina Machado y Edmundo González: ¿dónde queda la oposición?

María Corina Machado & Edmundo González recientemente en Oslo. Fuente: La Gaceta (España).
María Corina Machado & Edmundo González recientemente en Oslo. Fuente: La Gaceta (España).

En lo que se puede considerar una gran paradoja, y a pesar de haber jugado un papel clave en los eventos que condujeron a que tuviera lugar, el hecho político más trascendente de los últimos veintisiete años en Venezuela tuvo a los dos principales dirigentes de la oposición, María Corina Machado, líder indiscutida del movimiento desde su triunfo en las primarias de 2023, y Edmundo González, ganador de las elecciones presidenciales de 2024 con su apoyo, en un papel secundario. La operación del 3 de enero fue concebida, ejecutada y resuelta al margen de sus estructuras, dejando en evidencia una brecha persistente entre la indiscutida legitimidad electoral de la oposición venezolana y su capacidad efectiva de imponer un cambio de poder.

Las reacciones posteriores reforzaron esa marginalidad. Tanto Machado como González celebraron la caída y la captura de Maduro bajo el auspicio de que esto constituyese un punto de inflexión que desemboque en una transición a la democracia. No obstante, Trump fue deliberadamente vago a la hora de discutir la participación de Machado en un gobierno de transición, llegando a esgrimir que ella “no reunía el respeto” suficiente para ello.

Esto abre la puerta a divisiones en la administración Trump sobre el futuro de Venezuela entre sus sectores pragmáticos —que prefieren la continuidad a corto plazo del chavismo sin Maduro, pero respondiendo a Estados Unidos— y los sectores más duros vinculados al lobby cubanoamericano, liderados por el Secretario de Estado Marco Rubio, que buscan la salida del régimen a cualquier costo.

Existen numerosas teorías respecto a la actitud de Trump hacia Machado, dirigente de origen liberal y prontuario político mucho más vinculable al Partido Republicano clásico que al trumpismo moderno, pero que ha sostenido una actitud firmemente alineada con la potencia del norte. Se ha barajado desde la burda y simplista noción de que Trump le guarda rencor a Machado por haber ganado el Premio Nobel de la Paz (galardón al que él también aspiraba), hasta implicaciones técnicas con algo más de asidero. La oposición venezolana tiene sólidas redes de apoyo en todo el país, pero carece en este momento del control territorial y mucho menos militar necesario no solo para tomar el poder, sino para preservarlo en el tiempo con la estabilización del país. Machado y González pueden garantizar un futuro gobierno afín, pero no pueden garantizar instalarlo.

Este desplazamiento no implica la anulación de Machado y González, aunque sí redefine su posición. Así lo podemos deducir a partir de las declaraciones del mandatario norteamericano, que anunció que tenía previsto reunirse con la líder de la oposición la próxima semana en Washington. Probablemente de dicha visita podremos concluir escenarios futuros más precisos.

Por ahora podemos concluir que lejos de encabezar la transición, la oposición está relegada a disputar el sentido político del proceso y a presionar desde el plano internacional y social. No cabe duda de que la normalización de Venezuela (puesto que se trata de una fuerza política que reúne un apoyo electoral de casi 70%) requerirá de un modo u otro su participación sin que ni Trump ni los remanentes del régimen la puedan ignorar, pero su poder de fuego no es absoluto. Aún sin el dictador en el poder, deberán pelear para reclamar su victoria.

Delcy Rodríguez: ¿Acuerdo con Trump o interna chavista?

Juramento de Delcy Rodríguez como presidenta interina.
Juramento de Delcy Rodríguez como presidenta interina.

De una forma u otra, hemos llegado a la realidad actual. Delcy Rodríguez ocupa, en forma provisoria, la jefatura del Estado venezolano. Sin embargo, luego de ordenarle asumir la titularidad del ejecutivo, el Tribunal Supremo de Justicia, controlado herméticamente por el régimen, se ocupó de aclarar que Maduro continúa siendo (a su interpretación) el presidente legítimo de Venezuela. Lo anterior se debe, más que nada, a una estratagema para impedir la aplicación del artículo 234 de la constitución, que exige la realización de elecciones presidenciales si se produce una “falta absoluta” del presidente titular.

El principal problema que enfrenta Rodríguez, en ese sentido, es su casi nula falta de poder propio. Ninguno de los tres frentes está a su favor. En el plano de la legitimidad popular, se asocia a Rodríguez con algunas de las peores atrocidades del régimen chavista, y puede que sea incluso más detestada por la población venezolana que el propio Maduro. En el plano interno, depende casi enteramente de la venia de Padrino y Cabello (con quiénes se sabe históricamente enfrentada) para que el aparato represivo del régimen siga operativo. En el plano exterior, no podrá seguir adelante sin el visto bueno de Donald Trump.

Para Washington, Rodríguez ha pasado a ser la única interlocutora viable dentro del régimen con capacidad para garantizar una transición controlada que evite el colapso del Estado venezolano. Trump ha dejado entrever que espera varias concesiones concretas: cooperación contra el narcotráfico, entrega de recursos petroleros y, eventualmente, una hoja de ruta electoral. Pero cada paso en esa dirección puede profundizar las tensiones internas, alimentar la paranoia militar y acercar el riesgo de una ruptura abierta con Cabello y Padrino, quienes entienden cualquier negociación seria como una amenaza existencial.

Los dos focos de poder que sostienen a Rodríguez, el visto bueno represivo de las otras facciones chavistas y el visto bueno de Trump en el exterior, se contraponen. Los reclamos de Trump casi con seguridad pasarán por una limpieza del Estado venezolano que implique deshacerse de, por ejemplo, Cabello (sobre quién pesa una orden de captura con el mismo precio y los mismos cargos que Maduro).

Ni Cabello ni Padrino confían en los hermanos Rodríguez, pues temen (con razón) que estos no duden en venderlos a Estados Unidos para enfrentar un destino igual al del dictador depuesto. No es de extrañar que el aparato represivo del régimen, controlado por éste, se muestre cada vez más paranoico y tienda a cometer errores gruesos. Eso explica el confuso incidente acontecido la noche del 5 de enero, con lo que pareció ser un tiroteo a las afueras de Miraflores protagonizado por fuerzas del orden enfrentadas entre sí.

En todo caso, la sola permanencia de Rodríguez se ve supeditada a su capacidad para demostrar que puede garantizar una Venezuela estable, algo que hoy no puede lograr sin Cabello. El ejército venezolano salió diezmado del operativo estadounidense, con un Padrino López apenas con vida y al que se lo ve casi completamente aislado por su inacción para plantar resistencia a la Delta Force (si bien era algo imposible). Aunque el tándem con su hermano Jorge (hoy presidente de la Asamblea Nacional) en el plano institucional y su papel en el aparato diplomático del régimen le permiten tener controlada la cuestión petrolera e imponerse por poco sobre las demás facciones del régimen, una nueva desestabilización la dejará prácticamente sin nada que ofrecerle a Trump, con la salvedad de que cualquier nuevo enfrentamiento con el presidente estadounidense implicará un nuevo ataque y su inmediata remoción del poder.

¿Y el final?

La coyuntura interna de Venezuela se perfila muchísimo más complicada que antes, ya sin Maduro en el cargo, pero con la estructura de la dictadura chavista todavía enroscada en el poder. Entretanto, muchos venezolanos miran con sentimientos encontrados, cierta preocupación y una mezcla de alivio y alegría (manifestada por los festejos en el exterior y algunas, más tibias, expresiones internas pese a la censura brutal) cómo el devenir de su continuidad nacional vuelve a verse sometido a los vaivenes de la geopolítica.

El anuncio de la liberación de múltiples presos políticos, que el régimen y sus aliados ideológicos negaron durante años, ha despertado expectativas en materia de derechos humanos. Sin embargo, las acciones por parte del régimen se han dilatado y todavía no se han hecho efectivas.

Muchos analistas que, confundiendo fatalismo con objetividad, se pasaron el último año asegurando, como si su vida dependiera de ello, que Nicolás Maduro continuaría rigiendo Venezuela hasta su muerte, hoy están insistiendo en que Delcy Rodríguez retendrá el poder a toda costa y se preservará como una reinvención del chavismo. Sin embargo, la realidad para la nueva gobernante del régimen venezolano parece muchísimo más compleja.

Demasiado asociada a los excesos del régimen para pacificar al país, demasiado débil para imponerse al núcleo duro chavista y demasiado dependiente de Washington para preservar una autonomía real, todo apunta a que el interinato de Rodríguez no será sino una breve calma antes de una nueva tormenta. La única duda será de qué lado se detonará la próxima vez.

Celebraciones de venezolanos en el emblemático Obelisco de Buenos Aires. Fuente: Del archivo privado del autor.
Celebraciones de venezolanos en el emblemático Obelisco de Buenos Aires. Fuente: Del archivo privado del autor.

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