Imagen creada con IA - Grok.
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Por:             José Miguel Sanabria Arévalo.

Una dictadura no puede solucionarse imponiéndose otra. La caída de Nicolás Maduro (pero, al momento de escribir esta columna, todavía no del régimen chavista) por la intervención estadounidense deja una única perdedora: la democracia.

La definición de esta última es tribulada, conflictiva, y no es menos cierto que se ha prestado para todo tipo de justificaciones e interpretaciones. La democracia no es sólo una elección periódica, aunque eso es ciertamente un componente. Tampoco se reduce al ejercicio de ciertos derechos civiles, como la libertad de expresión, de reunión, o la igualdad ante las instituciones, aunque esto es también otro componente. Ni es sencillamente la división del poder, o una economía liberal, que suelen ser también componentes asociados a este sistema. 

Hacer una lista, incluso un panel de condiciones de la democracia es una tarea inoficiosa y hasta aséptica para un concepto tan rico. Me limitaré a señalar los dos aspectos por los que yo me declaro como demócrata. El primero es su promesa, y el segundo es lo que nos permite esta promesa. Y acá hago una aclaración: yo veo lo político como nada distinto a la institucionalización, el ejercicio y el arte de saber prometer.

La promesa en este caso, al menos si hablamos de la democracia de las actuales repúblicas, es la de la emancipación humanista. Desde el punto de vista idealista (¿acaso lo político no es el escenario de lo ideal, de la utopía y de lo imposible? Ahora bien, ¿no es la promesa, justamente, promesa de lo imposible?) los demócratas creemos que solo en democracia tenemos la responsabilidad, que es también una forma de poder, de hacernos a nosotros mismos.

Por fuera de un sistema demócrata, los dados están echados: alea jacta est, el futuro es anterior. No es un pronóstico, es un hecho. Esta es la dimensión que comparten todas las formas de autocracia: las monárquicas y dinásticas, donde el futuro está diseñado desde los milenarios planes de un dios en la tierra, pero también de las autocracias revolucionarias, donde la violencia está justificada porque el producto de la revolución, insisten los revolucionarios, existía desde antes de la revolución misma. El fascismo no es la excepción: para ellos el proyecto identitario de una única humanidad superior ya ha sido diseñado. Sólo queda imponerlo por cualquier medio, priorizando la fuerza.

La democracia en cambio no existe: está por venir. Y lo mejor que podemos hacer para defenderla es sólo prometerla, porque corresponderá a nosotros, y a nadie más que nosotros, por angustioso, errático y difícil que sea, alcanzar esa promesa. Por eso siempre he defendido un concepto de democracia «negativo», en el sentido de que no nos es dado, sería de hecho antidemocrático afirmar completamente sus componentes.

Esta incertidumbre es preciosa porque es la condición de la libertad. La indeterminación que nos permite la democracia, la de no saber, no poder saberlo, si nuestras decisiones son definitivamente las correctas, al igual que la imposibilidad de que nos sustituyan en ese acto de decidir, aún si nos equivocamos en él, es para mí el mayor signo de ser libre. La libertad, debemos aceptarlo, es fundamentalmente angustiosa.   

Esta no es una noción exhaustiva ni de libertad ni pretende ser tampoco la de este sistema (he dicho que no puedo definirla, acá tampoco lo hago). Sólo, en el mejor de los casos, presento dos horizontes a propósito de la libertad, pero que me son invaluables: la de elección argumentada en un panel de opciones y la de participación en los asuntos públicos. ¿Para qué elegir y participar en un escenario donde, me pregunto, todo está determinado? En la democracia la pregunta se convierte en una oración con sentido inverso: elijo y participo precisamente porque nada está determinado. Todo está por decir.  

Esto me conduce al segundo punto por el que soy un demócrata. Como lo dije: consiste en lo que nos permite esta promesa. La decisión de mantenernos, por fortuna, en el escenario de la indeterminación, bajo este humanismo, toma forma de ciertos mecanismos, procedimientos y controles.

Hacernos artífices de nuestro propio destino es una tarea, ya lo he dejado entender, difícil y angustiante. Pero, hemos descifrado algunos elementos institucionales que podría facilitarla; y me referiré a solo a algunos aspectos formales. Desde luego, son ciertas las críticas «materiales» que reclaman la debilidad de estas premisas por cuenta de las precariedades económicas. Nadie puede elegir ni participar sin haber resuelto su lecho, techo y mesa. Me atrevería sin embargo a decir que muchas democracias la han absorbido, al menos parcialmente; pero, este será tema de otras entradas.

Para volver a estos aspectos formales, con todos sus defectos, es una virtud de la democracia que una decisión institucional tenga que pasar por un procedimiento de representación transparente, en principio igualitario y pre-organizado, para que la decisión sea adoptada. Esto la hace no sólo más legítima, sino que la fortalece también en asuntos técnicos y de fondo.

También lo es que las decisiones del ejecutivo se puedan controlar no sólo desde una oposición legislativa, sino por el diseño mismo institucional, como entidades de control y el aparato judicial. Las decisiones no son solo adoptadas e implementadas, sino que su desarrollo es regulado y evaluado. El Estado de Derecho, es decir, que cualquiera que sea el líder en ejercicio se someta a unas reglas que le preceden, tiene una función práctica: además de la previsibilidad, nos hace vigilantes y responsables del cuidado de valores y principios que juzgamos superiores a los de un político de turno. Ya lo decía John Adams, el segundo presidente de los Estados Unidos: «the very definition of a Republic, is “an Empire of Laws, and not of Men”»[1].

Muchas de esas intenciones se intentaron elaborar no sólo en el plano doméstico, sino también internacional. Y desde hace más de un siglo el control, vigilancia, evaluación y procedimientos frente a la intervención estatal intentaron monopolizarse en entidades internacionales; alrededor de estas intenciones, el derecho internacional elaboró parámetros, entre otros, que llevaron a que la intervención de Estados Unidos en Irak se denunciara y se objetara por otras naciones. Valga agregar que todo este engranaje fue pensado para no repetir y superar de una vez y para siempre el fardo de la Segunda Guerra Mundial. Para entonces se soñaba incluso con el proyecto kantiano de la paz perpetua.

Estos temas abstractos, irrelevantes e ingenuos para algunos, dada la coyuntura, me llevan a insistir en mi premisa del principio: hoy que ha caído Maduro, que de alguna manera Estados Unidos ha «vencido», nadie en democracia ha ganado. Que no quepa ninguna duda que Venezuela estaba (aún lo está) liderada por una dictadura de la que harto se ha denunciado: asesinato y tortura, persecución, censura, precariedad extrema, exilio, pasividad ante el narcotráfico, explotación de minería ilegal, bandas criminales que impactan al resto de la región, etc., son solo algunos de los infinitos agravios de más de 20 años de abusos, estragos, y crímenes de su régimen.

Pero, la grandeza de la democracia, y de los demócratas, está en saber imponer sin beligerancia su promesa, al igual que en ejercer la fuerza desde su propia regulación. Aunque suene absurdo para algunos, sobre todo aquellos que ya olvidaron la democracia, los demócratas estamos convencidos que la fuerza es definitivamente la última alternativa. Y de usarse, la misma también será controlada antes, durante y después de su ejecución, buscando la protección de los civiles y la proporción de las acciones.

Que no se nos olvide: otro signo distintivo de un demócrata es saber que la mejor arma a su disposición es el arma noble de los argumentos. No tanto por una suerte de pacifismo ciego, aunque seamos pacifistas, sino porque la fuerza bruta siempre podrá vencerse, mientras que un argumento que ha ganado en legitimidad es imbatible. Son actuales las palabras de Miguel de Unamuno frente al uso arbitrario de la fuerza: «venceréis, pero no convenceréis».

Y todo lo contrario a esto es precisamente lo que el autócrata Donald Trump, bajo su doctrina Donroe, ha hecho. ¿Hasta dónde podemos justificar, si nos hacemos llamar demócratas, que un autócrata sea sustituido por otro? ¿Un autócrata será moralmente más admisible que otro? Que no nos confundan: no tenemos la obligación de elegir entre Maduro y Trump. Siempre elegiremos la democracia.

El prontuario de Trump, en menos tiempo, es francamente casi tan extenso como el de Maduro. La lista exhaustiva sería la de este escrito, pero que sea la oportunidad para recordar que el presidente de los Estados Unidos tenía cuentas pendientes con la justicia de su país. Es un machista negacionista de la ciencia, revisionista de la historia, empresario sin escrúpulos, ignorante de la política nacional e internacional (sus decisiones son basadas casi que dogmáticamente en las de sus asesores, los verdaderos líderes de su país), y es un persecutor de sus contrincantes políticos, tanto en Estados Unidos como fuera de él.

Recuerdo cuando el país de la libertad de expresión tuvo que censurar sus discursos tras la elección de Joe Biden. El día de la derrota de su reelección, Trump denunció sin ningún fundamento un fraude electoral, asunto que desencadenó la toma del Capitolio por grupos radicales de extrema derecha.

El presidente actual de los Estados ha intervenido en conflictos militares, sus propias bombas han caído al menos en 7 Estados, y su participación «mediadora» de guerras, como en Ucrania y Rusia, imponiendo condiciones humillantes a los ucranianos, no han tenido ningún éxito. No sólo porque el conflicto continúa, sino porque su intensidad ambivalente va y reviene, con la sangre en el medio de miles de inocentes. Ni qué decir de su rol en Medio Oriente, entre Irán e Israel, cuyo recorrido daría para otra columna.

Ahora este hombre se ufana de exponer a su homólogo autócrata como un trofeo que trae a su hogar. Lo hace tras un ataque contrario a cualquier principio de libre autodeterminación de los pueblos, en afrenta a los límites, exigencias y excepciones para activar una intervención militar. Y sin recibir mayor consecuencia, por ahora política, pero que tampoco será jurídica.

En primera medida porque su propio Estado parece no estar en capacidad de juzgarle. Pero, además, porque Estados Unidos nunca ratificó su membresía a la Corte Penal Internacional. De hecho, sus jueces son boicoteados por órdenes de la administración trumpista, censurando el acceso a sus cuentas financieras, por ejemplo.

Como dije anteriormente, lo doloroso de esta situación es que la retaliación política viene siendo mucho más frágil que su administración del 2016-2020. Como si por inercia la opinión internacional se hubiese habituado a convivir con un tirano. O porque le temen y creen no poder controlarle del todo. Y el mundo entero permanece en un relativo silencio, cuida lo que dice, y se cuestiona mucho antes de pronunciarse.

Digámoslo de una vez por todas: esta no es una crisis dentro de la democracia, es una crisis contra la democracia. Si bien viene rastreándose de tiempo atrás, encontró un nuevo punto de ebullición, este landmark o punto de referencia en el que América Latina sale muy mal librada. Nuestro frágil sistema, del que yo me declaro un partisano, ante todo soy demócrata, se disuelve en nuestras manos como una masa de arena que alguna vez confundimos con una piedra sólida. Y ya el mundo vuelve a partirse en dos: entre los que somos demócratas y los que no lo son.

No, al menos en democracia, esta solución contra Maduro no era aceptable. Tampoco era la «menos peor», o la única alternativa disponible. Un demócrata jamás la hubiese aceptado, pero sólo uno que no lo es la ha ejercido. Y nuestro deber ciudadano no es decirle con plenos detalles a un tirano cómo debe ser un demócrata, debe ser reclamarle la democracia que nos ha quitado. Sin dejar de denunciar la dictadura venezolana, como cualquier otra, en esta humilde columna comunico también el mensaje que debemos recordar a Donald Trump:

When in the Course of human events, it becomes necessary for one people to dissolve the political bands which have connected them with another, and to assume among the powers of the earth, the separate and equal station to which the Laws of Nature and of Nature’s God entitle them, a decent respect to the opinions of mankind requires that they should declare the causes which impel them to the separation.

We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness[2].

Los defensores del «pragmatismo», con el que apoyan la extracción de Maduro, deberían también asumir las consecuencias «pragmáticas» de su postura: ¿quién les va a garantizar que, ahora que un tirano tiene la sartén por el mango, la transición hacia una democracia se producirá y, además, con tanta facilidad? ¿No han caído en la cuenta de que, de haber transición, solo será la que le convenga a un autócrata, y que ni siquiera sabemos bien qué impondrá? ¿Y no creen que esta imposición podría derivar en conflictos, incluso armados, en nuestra región, o al menos en Venezuela? Ustedes, que viven tan preocupados por la inversión, la economía y la salud de la moneda colombiana, ¿qué creen que comenzaría a suceder con nuestra economía y con nuestro orden público si se produjera una escalada del conflicto en el país vecino? ¿Vendrán corriendo a invertir en nuestro territorio las empresas estadounidenses, saudíes y europeas?

Sí hay algo que todavía podemos hacer: retirarnos nuestros velos partidistas, nuestras prescripciones más íntimas, y aterrizar en defender la democracia misma. Es lo único que muchos de nosotros compartimos, y hoy es lo único que nos queda por atesorar.

En este momento les grito:

¡Demócratas de todas las naciones, uníos!

Sobre el autor…

José Miguel Sanabria Arévalo es abogado y profesional en Filosofía de la Universidad del Rosario. Cuenta con una Maîtrise y un Máster en derecho fiscal de la universidad París-Panthéon-Sorbonne. Actualmente cursa su doctorado en filosofía y derecho en la Universidad del Rosario y en la universidad París-Panthéon-Assas. Ha sido abogado, conferencista y profesor, y en las áreas de su interés ha publicado libros, artículos y participaciones. Sus anteriores textos se publicaron como Jean-Baptiste Clemence.


[1] En español: «La definición misma de República es la de un “imperio de leyes, no de hombres”». Traducción editorial.

[2] Este es el inicio de la célebre Declaración de Independencia de Estados Unidos. En español, el texto rezaría su traducción oficial: “Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. En caso de querer leerla completa, sugerimos esta versión.

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