Por: Erika Saldarriaga

Acoso callejero: Cambiar el foco punitivo.

En Latinoamérica, 8 de cada 10 mujeres se han sentido acosadas en la calle. Desde comentarios obscenos hasta exhibicionismo y tocamientos, este tipo de violencia de género de naturaleza sexual no recíproca, pasa desapercibida de los registros oficiales, generando repercusiones variables para cada una de las personas que la viven. Pero esta problemática, más allá de situaciones aisladas, involucra un ambiente cultural que lo valida y hasta lo justifica.

En el caso de Neiva, ante la necesidad de tener datos contextualizados que aporten a la visibilización de este fenómeno en la ciudad, las integrantes de la colectiva Las Juanas[1] han venido desarrollando el proyecto de investigación denominado “Pa’ la calle sin acoso”[2], una apuesta encaminada a identificar los lugares donde las mujeres han sido y son víctimas de estas violencias.

Los datos recolectados hasta el momento son alarmantes. De las niñas y mujeres participantes, con edades entre los 11 y los 50 años, el 89,2% afirma haberse sentido acosada en las calles del municipio. De estas, el 74,19% refiere haber sido víctima de acoso verbal, incluyendo comentarios sexuales, ofensivos o malintencionados, silbidos y pitidos de vehículos, y el 31,8% manifestó ser víctima de acoso físico, como tocamientos sin consentimiento, roces en partes íntimas y agresiones físicas.

Un entorno permisivo

Un punto de polémica recurrente al momento de hablar sobre este tema es el reconocimiento del acoso callejero como una forma de violencia. Como indica Andrea Gaspar de Las Juanas, culturalmente se ha justificado el ‘piropo’ y otras formas de acoso como un halago o una manera de comunicar la atracción dentro del ‘coqueteo’, pero en muchas ocasiones “se convierten en escenarios violentos e incómodos para las mujeres, que no están interesadas en vincularse de ninguna manera con quién las acosa”.

Así mismo, como refiere Ximena Chamorro, integrante también de esta colectiva, estas situaciones refuerzan dinámicas de poder, en las que se reproducen roles de género, que ya se han naturalizado en las prácticas de ‘conquista’ y que sitúan a la mujer en un papel pasivo. En el caso del acoso callejero, dichas dinámicas se trasladan “de espacios privados o exclusivos, a espacios públicos donde, los hombres en mayor medida, se sienten con el derecho (otorgado socialmente) de opinar o emitir un juicio sobre el cuerpo de las mujeres.”

Pero ¿cómo podemos contrarrestar esta situación? Este tipo de violencias pasa desapercibido para el sistema. No en vano las denuncias públicas o escraches cada vez van tomando mayor relevancia y protección (recordemos las sentencias T-275 del 2021 y T-061 del 2022 de la Corte Constitucional). Ante la inoperatividad de la justicia, como menciona Andrea, exponer públicamente a quien violenta y acosa es muchas veces la primera medida e incluso la más poderosa.

Además, con la ausencia de una tipificación específica del delito de acoso sexual callejero en nuestro país y la interpretación restrictiva y amañada que se hace de la normativa actual, donde el enfoque de género en la justicia queda en el papel, una perspectiva netamente punitiva es insuficiente.

Un proceso centrado en la víctima y la necesidad de una nueva mirada

La perspectiva actual en nuestro país es una mezcla, entre otros factores, de esfuerzos institucionales centrados en la generación de denuncias (muchas veces finalizando allí) y un populismo punitivo que utiliza la amenaza de cárcel con fines políticos y electorales. Dando como resultado estrategias poco efectivas, con resultados ineficaces y que sigue poniendo en el centro al violentador y no a la víctima.

En este sentido, Karen Fernanda Florez de las Juanas, refiere que es importante además un proceso de restauración, donde el acompañamiento y seguimiento del caso permita que la víctima no se sienta invalidada y desprotegida, “enfatizando en que no somos culpables de la situación y entendiendo la dinámica compleja que hay detrás”. Como enfatiza Andrea, se hace necesario que en dichos procesos “prime la consideración de justicia y reparación que la víctima conciba para sí misma”, de la mano de la optimización del uso del derecho penal.

Ante una sociedad, donde el juicio social recae sobre las víctimas y la justicia, patriarcal y discriminatoria, es insuficiente con la reparación y la no repetición, es necesario replantear las herramientas con las cuales desafiamos estas violencias, como quiera que está ampliamente demostrado que el espacio jurídico no es la única respuesta, ni necesariamente la vía más efectiva en estos casos.

Reconocer a las víctimas a partir de su autonomía, de forma independiente a la presentación de la denuncia “formal” y más allá de las etiquetas que se generan en estos procesos, debe permitir la generación de condiciones que contribuyan al cuidado individual y colectivo, la sanación y la restauración del tejido social. Y esto es imposible sin rutas (en justicia, salud y educación, entre otros), que permitan una reparación auténtica, a partir de la experiencia individual de violencia que se atravesó, pero reconociéndose dentro de un contexto hostil que demanda esfuerzos más amplios de pedagogía y sensibilización, entre los diferentes sectores involucrados.


[1] Las Juanas Colectiva Feminista es una organización que busca fomentar la garantía plena de los derechos de las mujeres y diversidades sexuales del municipio de Neiva, a partir del desarrollo de procesos investigativos y acciones, en contra de las Violencias Basadas en Género que se perpetúan en los distintos espacios públicos y semipúblicos de la ciudad. Pueden encontrarlas en Instagram como @lasjuanasur

[2] La socialización de los resultados finales del proyecto se llevará a cabo mediante una exposición interactiva durante el mes de diciembre. Más información a través de sus redes sociales.

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