La industria del cine: un debate sobre los costos.
La industria del cine: un debate sobre los costos.

Hace un par de días se hizo polémica en X, una vez más, sobre los altos costos de la comida en los teatros de cine. La discusión empezó por el precio de un puñado de palomitas de maíz a comparación de lo que valdría cocinarlas en la comodidad del hogar de cada uno de los asistentes, derivando en comentarios sobre la prohibición de entrar comida a las salas o la variedad del menú en cada establecimiento. 

Sin duda alguna, la mayoría de los comentarios proviene de personas que disfrutan del Séptimo Arte, que lo valoran y lo comentan, algunos incluso se hacen llamar cinéfilos y, por ello mismo, cuestionan cómo funciona la industria y su cadena de valor. Misma que ha evolucionado desde la presentación de “La llegada del tren” de los hermanos Lumière en Francia, hasta los cinemas multiplex con experiencias sensoriales que se disfrutan en algunas salas de nuestro país. 

La cadena de valor de la industria del cine es, si se me permite decirlo, una de las más completas y organizadas en todo el mundo. No en vano, según medios especializados, mueven cerca de 92 mil millones de dólares a nivel mundial. Es una cadena que comienza en los creativos guionistas que escriben las historias y se las venden a productoras que las convierten en imágenes que luego son distribuidas por agentes de todo el mundo con condiciones, precios, fechas y estrategias diferentes con el fin de ser exhibidas en teatros y salas en cientos de miles de ciudades. Aquí es donde finalmente las películas son disfrutadas por los espectadores que compran su boleta por un valor promedio de entre 2 y 3 dólares. 

En esa transacción en la que el usuario paga por la entrada no solo le está pagando al teatro por proyectarle la película, sino que le está pagando al guionista que escribió la historia, al productor que logró vender el guion, al actor, al maquillista, al conductor del bus que transportó al equipo, a las personas que cocinaron la comida y demás miembros del equipo de producción y comercialización. Pero además, le pagan al distribuidor por haber logrado negociar y traer la película a la ciudad pequeña o intermedia (este es el verdadero cuello de botella y la razón por la que muchas películas no logran llegar a ciudades como Neiva), aunado al 19% del IVA. En nuestro país, una parte de esa boleta también va al Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, que por medio de la Ley 814 recauda miles de millones anuales para fomentar la industria audiovisual en todo el país y propiciarla investigación, la conservación, la realización en las regiones, la educación. Gracias a este incentivo, muchas de nuestras producciones financian sus proyectos; los mismos que luego adquieren relevancia mundial al encontrarse nominados a en diversos festivales. Lo que queda —solo una parte pequeña— es la utilidad del exhibidor que dispone de una plataforma, infraestructura, personal y servicios; que, si los cobrara en la boleta, tendríamos costos triplicados. 

Es así como desde hace muchos años se sabe y acepta en la industria del cine que las ganancias de los exhibidores no están en las entradas que se venden, sino en la confitería que tienen a disposición para los espectadores. Estas son ganancias aseguradas porque se derivan de un producto fácil de cocinar, económico (para ellos), bebidas que está preparadas con anterioridad ubicadas en el pasillo diseñado para estar justo antes de entrar a ver la película y antojar a las personas que pasan por allí disfrutando del ritual de ir al cine. 

La experiencia del cine es un ritual que permanece y lo hace precisamente por todo lo que implica: elegir la película, el horario, el encuentro, la elección entre palomitas de mantequilla o de caramelo, el sabor de las bebidas, cargar la bandeja con los alimentos de camino a la sala, disfrutar el filme y lo que ello representa. Es una compleja estructura de sensaciones que han logrado recuperar a muy buen ritmo desde la pandemia, que obligó al cierre total de la actividad cinematográfica en todo el mundo.

Claro que hay otras opciones, ver la película en casa a través de plataformas de streaming, cocinar usted mismo la comida, invitar a quien quiera sin pensar en un valor adicional por la entrada, o simplemente decidir comer antes o después de la película. Pero la cultura del cine, aunque 200 gramos de maíz pira valgan 70 mil pesos, se sostiene y emplea a miles y miles de personas alrededor del mundo para darte las historias que emocionan.

Un comentario sobre “La industria del cine y los combos de 70 mil pesos.”

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