
Por: Mercy Julieth Olaya.
Antes que un ser humano pisara el planeta, un árbol ya había echado raíces, es más, lo hizo antes que muchas otras especies.
Como ser vivo ha tenido un rol crucial para el surgimiento y desarrollo de muchas formas de vida, su sostenimiento y proliferación. Ha sido estampa identitaria de tradiciones religiosas y filosóficas, de mitos universales; elemento analógico que representa figurativamente las relaciones evolutivas entre especies o que cataloga las lenguas provenientes de una misma cuna. Incluso ha sido bocetado y dibujado en el arte rupestre desde la península ibérica hasta Piraí do Sul, o por aquí cerquita en la Serranía de La Lindosa, en donde junto a otros seres vivos protege estas expresiones antiquísimas declaradas Patrimonio Ecológico y Cultural de la Humanidad al ser escudo selvático de un lugar en donde pictográficamente también hacen parte de la historia los primates que los treparon.
A favor de la humanidad, la historia del planeta y de los mundos también se puede contar a partir de la interacción con el árbol. Esta relación tiene la cualidad de definir y cambiar el rumbo de las especies y la vida en todos sus ámbitos, como lo referenció Rivera al exponer detrás de la belleza y prolijidad literaria cómo la ambición humana abrió lugar en el tronco, quizá de un Hevea, gestando el régimen esclavista denunciado en La Vorágine, publicada 24 años antes que la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esta última fue un intento de cese a la violencia y los “actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad”, como aquellos que produjeron el sometimiento de pueblos indígenas y la explotación absurda de la naturaleza; violencia narrada hace ya cien años y que se muestra vigente, también para la historia climática latinoamericana, colombiana y huilense que en lo que lleva de enero reporta cientos de incendios forestales y el empeoramiento de dicha crisis.
En todo caso, la historia como disciplina social ha ayudado a esclarecer nuestros antecedentes y ha brindado la posibilidad de mirar hacía el pasado, ese que también cuenta cómo las primeras civilizaciones reconocieron en los árboles seres vivos dadores de posibilidades para sobrevivir, alimentarse, protegerse, inventarse y reinventarse, crear, desarrollarse y avanzar, o como pretexto para causar daño.
El presente enseña la vida desprotegida de un ecosistema de árboles que se quema, de un árbol talado innecesariamente, de un árbol podado drásticamente, sin que las mayorías ciudadanas se inmuten y comprendan que no solo se destruye el patrimonio ecológico del planeta ahí afuera de su casa, de su lugar de trabajo o incluso de fiesta en esas prácticas minúsculas que parecen inofensivas y esporádicas mientras se disfrazan de única alternativa viable para mejorar, pero que acaban la vida y vulneran derechos universales. Ahora mismo pienso y me educo en el privilegio de sentirme abrazada por las plantas y los árboles frutales de guanábana y naranja que me rodean al escribir —mientras es inevitable imaginar la macabra escena del presente—, en la que lo opuesto a un árbol arde en llamas en el Páramo de Santurbán, en la que un cerro se consume en el fuego, en la que un árbol estable, de buenas condiciones fitosanitarias y que no representa riesgos ha sido terriblemente mutilado bajo el nombre de “poda” por la decisión, sin observancia de la ley y sin aprobación de una asamblea de copropiedad que ha tomado la administradora del Condominio Peñaflor en Palermo, a quien parece que la vida le incomoda. También me pregunto si de carbón terminará vestido el árbol.
Y bueno, en este punto, ¿qué? ¿cuáles son los modos de vida que hemos adoptado y las costumbres que hemos naturalizado como sociedad para que el daño ambiental, además de injustificado, tenga lugar? Concluyo otra obviedad: el grado de desarrollo de la civilización moderna es deficiente y parece que de poco ha servido todo lo que la historia y otras disciplinas nos han mostrado acerca de quienes nos antecedieron y su conexión con los árboles y la naturaleza.
Es una exigencia inexcusable volver a la raíz —en la que se me ocurre que todo empieza—para conectar con la vida, con la dignidad y que ésta tenga lugar material. Defender la vida y cuidar al ser vivo que está al lado, hacer la denuncia social al estilo de Rivera, o como se quiera por la rivera, por las plantas, por los animales, por las que ya no están, por el árbol, por la raíz que, en su forma simbólica, literaria o botánica, representa la acción que antecede al tronco, a las ramas y al follaje, y también a la acción que es continuación de la semilla que sembramos en el planeta para la historia y el presente.
A propósito, un día 28, pero de julio del 2022, la Asamblea General de la ONU hizo una declaración sobre un derecho humano que, aunque no es vinculante para los Estados integrantes, al menos suena bonito —aunque eso sea fútil y no sirva como garantía de la obviedad—, como un Sarda Sarda que a lo mejor se queda pronto sin donde nadar: “todas las personas del mundo tienen derecho a un medio ambiente saludable”. ¿Cuándo una obviedad dejará de tener que escribirse en el papel y será un hecho?
28/02/2024
Fe de erratas del Editor: Esta columna debió ser publicada el pasado 28 de febrero pero el destino juega a veces malas pasadas y preferimos no corregirla, sino dejar su error atemporal como testigo firme de la futilidad de quienes defendemos el periodismo y las letras en medio de las tempestades de lo imprevisible.

Abogada, defensora de los derechos culturales, representante y gestora artística. Se ha formado en derechos humanos de las mujeres, paz, derechos de autoría y conexos, gestión de la cultura, investigación y Legaltech. La articulación entre el derecho, el arte y la cultura fundamentan el estudio y ejercicio profesional que desarrolla con perspectiva de género en La Búho. Ha ejercido como defensora de los derechos de las mujeres en organizaciones feministas y públicas; ha sido coorganizadora del movimiento global Legal Hackers en Colombia. En el ámbito musical es estudiante de canto e integra el Coro Filarmónico Surcolombiano. Actualmente es la directora del Huila Festival Internacional de Música.

Que buen artículo. Alienta y reafirma pensamientos. La naturaleza como bien natural común tiene derechos y más allá de eso tiene una conexión con todo ser vivo , es sagrada. Se percibe a través de las líneas una cosmovision más afín a las tradiciones de los pueblos originarios. Gracias por compartirlo y a la autora por sus letras