
“Hay una relación con la música que siempre es nueva. Un poco como el amor.”
Martha Argerich – Pianista
Desde que recuerdo, me he preguntado si debajo de nuestros pies yacen enterradas historias profundas de este nacedero de serpientes de agua, de esta montaña luminosa, de la que a veces pienso que no sabemos mucho u olvidamos todo.
Así que ir a la raíz, de forma inevitable me hace imaginar mucho. Por ejemplo, el vientre como lugar para el silencio y el sonido, como un símbolo y una metáfora de un mundo interior en el interior, y también como un espacio vacío, pero vital para encontrar algo nuevo o para que algo nazca. Entonces, cuando quiero referirme a la música como un lenguaje que facilita cualquier posibilidad de apertura a la conversación, a la discusión, a la creación, a la aproximación y anidación de lo que es cierto, elijo imaginarlo así para acercarme a lo que habito y lo que me habita.
Esa aproximación trae consigo una llave que abre una puerta al pasado remoto, por lo general útil para redescubrir aquello que siempre ha estado presente, pero que desconocemos por elección, imposición o torpeza. Viajemos.
La pluridisciplinariedad que caracteriza a la arqueología musical y a la arqueoacústica le han permitido a la humanidad comprender cómo la música y el sonido impulsaron la evolución de las primeras culturas y sociedades de la tierra.
También, el descubrimiento de restos físicos de instrumentos musicales hechos de hueso, cuerda, madera, metal, piedras preciosas, barro y piel animal, como liras, arpas, tambores, sonajas, laúdes, entre otros, en la antigua ciudad sumeria de Ur, hoy Irak, datadas del año 2400 a.C., nos permite ampliar el entendimiento sobre las posibilidades sonoras desarrolladas por nuestros antepasados.
De hecho, gracias al trabajo de la historiadora y asirióloga Anna Draffkorn Kilmer, tenemos conocimiento más detallado sobre la música más antigua encontrada. Su extenso y minucioso trabajo permitió determinar que varias de las tablillas de arcilla recuperadas en la antigua ciudad de Ugarit, ubicada en la costa mediterránea del norte de Siria, contenían símbolos cuneiformes que sustentan el método de representación musical con el que se compusieron las canciones hurritas, entre las que se destaca el «Himno hurrita a Nikkal» por su mayor estado de completitud y por tratarse de una canción escrita datada del año 1.400 a.C.
Un poco más al noreste y en un periodo distinto, el hallazgo del monumento vertical de piedra que contiene el Epitafio de Seikilos —inscrito en notación musical de la antigua Grecia, el sistema teleion—, la composición más completa y antigua que se conserva con letra y melodía, datada hacia el año 200 d.C., ha ayudado a enriquecer la comprensión histórica sobre la importancia que la música ha desempeñado en la vida humana.
Y aquí en nuestro sur, las asombrosas esculturas megalíticas en San Agustín, entre la mística, la magia, los seres sagrados y las figuras antropomórficas, revelan la presencia de la música en una sociedad que se remonta aproximadamente al año 3.300 a. C.
Varios monumentos representan lo que parecen figuras humanas que sostienen instrumentos musicales, y entre ellas destaca mi favorita, a la que desde el Huila Festival Internacional de Música se le rinde consciente homenaje permanente: la figura N°205, ubicada en el Bosque de las Estatuas, que parece representar a una mujer —o a un ser femenino— sosteniendo un instrumento de viento.
Podrían mencionarse diversos hallazgos históricos que evidencian el significativo vínculo entre las sociedades y la música. Ahora bien, en este momento me es importante destacar bajo unas pocas proposiciones y de forma breve, aunque eso no sea posible, el lugar que en mi consideración debe ocupar esta disciplina en el Huila, tierra de promisión. No solo en un sentido práctico, sino como un lenguaje que enriquece toda posibilidad creativa, estética, ética y existencial.
Para iniciar, debo decir que me resulta fenomenal que el pueblo escultor ya extinto haya puesto a este territorio en un lugar privilegiado ante el mundo, gracias al reconocimiento de su obra megalítica como patrimonio cultural de la humanidad.
A la vez, me resulta devastador que la sociedad actual heredera de aquella cultura de la que se enorgullece —pero que es en muchos sentidos, tan pétrea—, ubique al Huila en un lugar vergonzoso al permitir que, como ya lo expresé antes, no tenga Facultades de Artes o de Creación, y mucho menos, programas superiores en músicas, plásticas, visuales, escénicas, literarias y otras disciplinas artísticas y creativas que tienen aquí lugar. Lo peor, es una sociedad que aún no muestra el menor interés en corregir esto, aun cuando hay grandes nombres huilenses en el mundo de las artes.
Para seguir, manifiesto sin asomo de duda que la música es un lenguaje matriz, no solo para el mundo, sino también en el Huila. Las esculturas milenarias lo confirman y la notable práctica expresiva de quienes habitamos el territorio lo ratifican. Todo este lugar está embebido por un espíritu musical que debe ser visto, escuchado, sentido, y que se manifiesta con claridad en las intenciones formativas, en las propuestas escénicas, en las apuestas artísticas consolidadas hoy. Así, por imposición, elección o torpeza, no lo reconozcamos.
Indiscutiblemente la música se revela en casi todas nuestras experiencias cotidianas, incluso mientras nos desplegamos al ritmo de las 110 o 130 PPM (pulsaciones por minuto) de una madre. Es una disciplina que atraviesa todas las demás posibilidades del arte. Nuestra manera de hablar es cantada, las tradiciones festivas existen bajo su presencia y en medio del ruido habitual cada ciudad opita tiene su propio sonido. Además, hacer música es un sueño común, más de lo que parece, y por eso tantas personas se las han ingeniado para que esto tenga lugar, aún sin las condiciones idóneas, lo que es admirable y bello.
Continuando, sostengo que esta expresión realmente nos permite desasir del olvido esas historias profundas de nuestro territorio que aún no hemos empezado a explorar porque se le ha negado a la música el lugar que merece. Y eso lo digo como una postura personal sobre la que fundamento el origen de nuestros graves problemas de autorreconocimiento, pues no es desproporcionado que las festividades costumbristas posean las características y narrativas que casi todas conocemos, y que se reducen mayoritariamente a personas embriagadas en la calle, basuras en la vía pública y caballos muertos en el Guaca-hayo. Y antes de que discutan, fíjense bien en lo que expresé en el párrafo anterior.
Declaro que la música sirve como alimento un amplio espacio fértil: se convierte en un vientre simbólico en el que nacen otras formas de entendernos como individuos y como colectividad.
Es un camino para conectar el mundo interior y exterior, una forma de exploración a la belleza de aquello no dicho con palabras —sin que esto limite la conjunción de la música con la palabra— que puede despertar sensibilidades que conducen a inevitables reinterpretaciones de la sociedad que somos. Lo anterior, resulta urgente en una comunidad huilense que se muestra desprendida de la ética del cuidado y del otro.
Entonces, la música también se revela como una forma de resistencia que bebe de la sabiduría, del conocimiento, de la práctica, de la repetición, de la memoria y por lo tanto merece que no exista imposición, descuido o torpeza para negarla o impedirla en la vida común; en el aprendizaje, en la intimidad, en el espacio colectivo, en las políticas públicas, en la asignación de recursos económicos.
Por último, diré que la música en su polivalencia, que también es como el amor, enseña sobre el silencio y el sonido de los mundos posibles. Esta es una manera de enfrentarnos al decir y al escuchar, al movimiento y la pausa, al contener y al soltar. Por eso necesitamos que ocupe su lugar en los hogares, en las aulas, en las personas, en las etapas vitales y en las sociedades que emprendan cualquier búsqueda de transformación y sentido.
Manifiesto con convicción absoluta que la música en todos sus campos es una necesidad expresiva que, en el Huila, exige atención inmediata desde todos los sectores. Sobre todo, necesita inversión material e inmaterial real para su desarrollo.
Es innegable su presencia en la vida emotiva del Wila, es inevitable su efecto en el ámbito educativo y formativo, que no se reduce al aula de clases, pues sustenta una experiencia humana hacía la libertad. Y es impostergable discutir su reconocimiento y rol en el ámbito público, pues el impacto socioeconómico, cultural y político que propicia en los territorios ya está documentado en el país y otras latitudes.
No en vano, en el año 1950, mediante la Ordenanza 227 del 7 de junio, se materializó una intención que le apostó a la existencia de un conservatorio de música para el Huila, que si bien hoy es un establecimiento comercial que se dedica a las actividades de espectáculos musicales en vivo, las actividades teatrales y la creación musical, con determinación y criterio podría, ojalá en un tiempo no muy lejano, convertirse en una escuela altamente especializada para la educación musical.
Como buena soñadora, confío en que podamos reconocer amorosamente la magnitud de la música como saber, como conocimiento, como práctica, como manifestación de la existencia. Merecemos vivir la oportunidad de aprenderla-enseñarla-sentirla de otras maneras, así como también debe suceder con otras artes y por supuesto otras disciplinas; merecemos reafirmar que la música es esencial para nuestro territorio y que darle un merecido lugar puede transformar nuestras perspectivas, y si bien esto no nos conduce a ser mejores o peores personas, sí puede conducirnos a transformaciones equivalentes al aleteo de una mariposa al otro lado del mundo.
Para mí también, al final de cuentas, la música es como el amor, la adoro, y por lo tanto merece espacio, estructura y un lugar especial de atención y cuidado para levantar lo improbable y conducir lo imposible. Así pues, si bien no debe ser la medida de todas las cosas conocidas, aunque para mí sí lo sea, la música sí debe ser una forma posible para quien quiera ser y hacer a través de ella.
Me conviene traer aquí un fragmento de la novela«De sobremesa» de José Asunción Silva:«Lo adoro todo: las artes, la música, los libros, la sociedad, los vestidos, el lujo, el ruido, el silencio, la tristeza, la melancolía, la risa, el amor, el frío, el calor; todas las estaciones, todos los estados atmosféricos (…)»
La herencia viva del pueblo escultor nos guía para escribir un nuevo capítulo; uno en el que la música haga presencia en esta montaña luminosa, en este tiempo que es el oportuno para enmendar el pasado, el presente y el futuro, que quizá, como afirma la teoría cuántica de la retrocausalidad, existe a la vez.

Leer este texto es recorrer un territorio vivo: piedra, vientre, memoria y sonido dialogando con una claridad y una sensibilidad poco comunes. Lograste entrelazar historia, pensamiento y afecto sin perder fuerza ni honestidad. Gracias por recordarnos —con belleza y rigor— que la música no es un adorno, sino una raíz, una forma de cuidado y una posibilidad real de transformación para este territorio.
Gracias por la lectura.
Amo lo que escribes, te admiro
Felicitaciones, Mercy. Es muy noble de su parte recordarnos a los huilenses la necesidad de valorar consciente y amorosamente la música, y, ojalá fuera así, todas las artes. Aplaudo sus metáforas y agradezco la breve ubicación histórica y espacial de la música. Abrazos. Y continúa…