
“Esta sangre no es tu cuerpo
Tienes que entenderlo
Es imposible
Las manos de tu madre no lograrán sostenerte
porque es imposible arrullar la sangre”Fadir Delgado
Encontrar las palabras precisas para acompañar es un arte que se cultiva, e indiscutiblemente hay situaciones para las cuales nos entrenamos más. ¿Acompañar una maternidad? Claro, vamos a apoyarla, vamos a cuidarla, vamos a generar políticas públicas que la protejan. ¿Acompañar un aborto? Por supuesto, vamos a sostenerla, vamos a ayudarla a reafirmar su autonomía, a tomar su mano en el camino de defender su derecho a decidir.
Pero ¿cómo acompañamos a aquellas que, aun cuando desean maternar, no pueden hacerlo? Mejor aún, ¿cómo acompañamos a parejas que atraviesan abortos involuntarios?
En este sentido, quiero traer aquí el concepto de duelo y resignificarlo. Deseo ir más allá de su asociación con el fallecimiento, y me referiré a la idea de pérdida como tal de algo o alguien significativo. Pérdida de un proyecto importante, pérdida de un amor o una amistad o, en este caso, pérdida del plan de maternar o paternar. Son pérdidas que generan dolores con los cuales no solo no es fácil lidiar, sino que pareciera que no se deben sentir: “duelos desautorizados”, esos que no son reconocidos socialmente ni expresados públicamente .
Aunque existe consenso en que ser mamá o papá son planes válidos, casi “necesarios” para el desarrollo de una persona o de una pareja, cuando este plan no se materializa los sentimientos de culpa o de tristeza pueden alterar tanto la dinámica de la pareja como la propia configuración personal. Se pueden experimentar desde revitalizaciones de creencias religiosas, acompañadas de una sensación de cumplimiento de un “plan divino” o de castigo por decisiones pasadas, hasta cambios en los valores o creencias sobre el deber de ser madre o padre. Incluso, pueden surgir problemas de salud mental y social que persisten en el tiempo, como la depresión, ansiedad, alteraciones del sueño o aislamiento social.
Muchas personas prefieren no hablar del tema, y como sociedad cómoda y condescendientemente lo aceptamos: “pobrecita, es un tema sensible, dejemos que ella lo maneje”. Pero quienes valientemente lo exponen muchas veces se encuentran con juicios, desinformación y falta de empatía. Hay quienes ofrecen un trivial optimismo: “bueno, ya lo seguirás intentando, seguro no era el momento”. Otras personas, en su afán de no ahondar el dolor, lo minimizan: “menos mal ni se te notaba y no alcanzaste a encariñarte”. Y, en el peor de los casos, culpan a la mujer: “deja de estresarte, por eso es que no has podido embarazarte”. Casi nadie parece tener claro cómo actuar, cómo acompañar y apañar estas situaciones, y no parece haber una fórmula perfecta.
En una sociedad donde la maternidad se impone como mandato a las mujeres, bajo estándares morales que no solo opinan sino que incluso toman decisiones sobre sus cuerpos, donde todas y todos parecen tener una opinión sobre cómo ser buenas mujeres, buenas esposas, buenas madres, resulta paradójico que exista un consenso silencioso para ignorar este tema: un vacío de información y ausencia de herramientas para apoyar.
Son dolores con los cuáles nos cuesta sincronizarnos. Dolores abandonados por el Estado e instrumentalizados por grupos antiderechos. Por un lado, a pesar de que en el 2019 se estableció la ley 1953, que buscaba definir los lineamientos para una política pública de prevención de la infertilidad y su tratamiento, aún no se evidencias avances al respecto. Asimismo, iniciativas que podrían sugerir avances terminan siendo instrumentalizadas con el fin de provocar retrocesos en los derechos reproductivos, aumentando el estigma y la persecución hacia quienes no desean ser madres, como si su decisión fuera menos válida que la de aquellas que sí quieren maternar o como si debieran algún tipo de compensación a la sociedad por quienes no pueden hacerlo.
La atención debería enfocarse en aspectos clave para construir una sociedad más empática, como garantizar el acceso a procedimientos de fertilidad sin que sea un privilegio solo para quienes lo pueden pagar, o mejorar la formación de los equipos de salud, quienes son las primeras personas (y a veces las únicas) que conocen la situación de pérdida y que actualmente ofrecen un acompañamiento atravesado por estereotipos sobre la pa/maternidad, sin reconocer el grado de vulnerabilidad de sus consultantes.
Pero, más allá de la norma y de las posturas políticas, me interesa poner sobre la mesa algunas preguntas clave: ¿cómo sacamos de la oscuridad un tema tan doloroso y, al mismo tiempo, tan necesario, para fortalecernos como redes de apoyo y colectividad? Y a nivel personal, ¿cómo responder cuando alguien nos comparte su experiencia de pérdida (por infertilidad o aborto), no desde el juicio ni el silencio, sino desde la empatía y el cuidado?
Años de trabajo en derechos sexuales y reproductivos me han enseñado mucho, pero cada encuentro con estas historias sigue descolocándome y recordándome que siempre puedo hacerlo mejor. He conocido de primera mano ese dolor, a través de personas que amo, de pacientes o de conocidas, que llegaron con sus dudas y miedos buscando consejo o simplemente un lugar seguro para hablar. Aunque siento que he podido ofrecerles apoyo, la reflexión continúa: ¿qué más podemos hacer? Más que ofrecer respuestas definitivas, prefiero dejar la inquietud abierta, con la esperanza de que cada lector y lectora descubra la urgencia de acompañar con presencia y sensibilidad.
Nota: Escribir este artículo surge de dos recomendaciones literarias. Por un lado, fueron clave las conversaciones e ideas que surgieron al leer el libro La Perra, de Pilar Quintana, quien aborda este tema de forma sensible pero directa, dando luces de lo que se puede sentir y las implicaciones que tiene. Muy recomendado. Por otro lado, el poema Amenaza de aborto, de la poeta colombiana Fadir Delgado, con la cual abrí este artículo y a quien recomiendo leer, ya que aborda en su poesía distintos temas relacionados con la salud en general. La puedes leer dando clic aquí
