Creada por IA Chat GPT – Octubre 7 de 2025.
Creada por IA Chat GPT – Octubre 7 de 2025.

Por:                        Andrés Felipe Muñoz Muñoz.

El pasado 28 de septiembre corrí mi primera media maratón. Quince semanas de preparación quedaron atrás, llenas de entrenamientos que oscilaron entre la euforia de sentir el cuerpo ligero y la fatiga de esos días en que cada kilómetro parecía un muro. Aprendí que el acto de correr, antes que una competencia contra otros es un viaje hacia el cuerpo mismo. Afronté esta carrera no como una batalla, sino como un encuentro: un diálogo con mi cuerpo, que en cada zancada me habla, me corrige y me impulsa.

En la narrativa contemporánea, el deporte suele vestirse con metáforas bélicas: “superar el dolor”, “romper marcas”. Sin embargo, esa visión de guerra oculta algo esencial: el deporte es también un lenguaje para escuchar al cuerpo, no para dominarlo. El movimiento revela que el cuerpo no es un enemigo por conquistar, sino un territorio de experiencia.

Hannah Arendt, en La condición humana (2009), distingue entre labor, trabajo y acción. La labor está ligada a las necesidades vitales del cuerpo; el trabajo, a la construcción de un mundo duradero; y la acción, al encuentro con otros en la esfera pública. En el deporte, esas tres dimensiones se entrelazan: la labor en la respiración y el pulso que sostienen la vida; el trabajo en la disciplina diaria que modela resistencia; y la acción en el compartir la carrera con miles de cuerpos que, durante unas horas, convierten las calles en ágora.

Arendt (2009) recuerda que la labor, a diferencia del trabajo, no crea un mundo duradero, sino que está ligada al proceso biológico del cuerpo. Correr, entonces, no es solo una práctica de superación, sino de habitar el cuerpo en su proceso vital: reconocerlo como condición de existencia y no como máquina de guerra.

Durante la preparación descubrí que la biomecánica no es teoría abstracta, sino experiencia encarnada. Según Balthazard, la biomecánica estudia la relación entre la estructura del cuerpo y las fuerzas que actúan sobre él durante el movimiento. Sentir cómo el pie impacta unas 1600 veces por kilómetro al correr —según datos de la American College of Sports Medicine (2021)— es una forma de comprender la resistencia de huesos y articulaciones. En estos meses aprendí que el cuerpo humano alberga más de 650 músculos que trabajan en cadenas complejas para sostener el movimiento. En plena carrera, el diafragma se contrae hasta permitir inhalar más de 100 litros de aire por minuto, una cifra difícil de imaginar, pero evidente cuando la respiración se acompasa y se siente expandir el pecho (McArdle et al., 2015).

Esos datos fríos, que seguimos en nuestros “relojes inteligentes” se transforman en vivencias: el ardor de las piernas al final de una tirada larga, el alivio de la inhalación profunda al llegar una cuesta abajo, el golpeteo rítmico que marca el diálogo entre el cuerpo y el suelo. La biomecánica, en la práctica, se convierte en un saber corporal que se aprende corriendo, no leyendo.

El riesgo de ver el deporte como guerra está en el sobre entrenamiento y la autoexigencia. Estudios advierten que entre un 60% y 70% de las lesiones en corredores se deben a errores en la planificación y ejecución del entrenamiento (Universidad Católica de Chile, 2022). El descanso, lejos de ser un lujo, es parte fundamental del progreso.

Un análisis sobre corredores veteranos señala que la práctica de resistencia puede ser muy beneficiosa, pero mal planificada incrementa los riesgos fisiológicos y musculoesqueléticos (Retos, Universidad de Jaén, 2022). En otras palabras, forzar no siempre significa avanzar; a veces, escuchar y detenerse es la verdadera forma de moverse.

Arendt criticaba las visiones de la acción humana centradas en la dominación. Aplicado al deporte, esto significa comprender que el cuerpo no es algo que se doblega, sino alguien con quien se dialoga. Cada señal —el dolor, el placer del movimiento— es un mensaje. No se trata de callar esas voces, sino de interpretarlas.

El deporte, vivido desde la escucha, es una reconciliación con nuestra condición humana. La acción, dice Arendt, es lo que nos sitúa en un espacio común con los demás. Correr una media maratón no es un acto individual: es un concierto colectivo de respiraciones, zancadas y sudores que transforman lo privado en público.

Pero más allá de la multitud, está la intimidad del cuerpo. El sudor deja de ser símbolo de sufrimiento para convertirse en escritura líquida de la experiencia; la fatiga no es enemiga, sino aviso; la emoción en la línea de meta no es triunfo sobre otros, sino encuentro con uno mismo.

El deporte no debería concebirse como un campo de batalla, sino como un terreno donde el cuerpo habla y nosotros aprendemos a escucharlo. Correr mi primera media maratón fue, más que un logro deportivo, una conversación de una hora y cincuenta y dos minutos con mis músculos, mis pulmones y mis emociones.

Nuestra condición humana no se mide solo por lo que producimos, sino por la capacidad de estar presentes, de actuar con otros y de habitar el cuerpo que nos sostiene. Escuchar al cuerpo —en el deporte y en la vida— es una forma de reconocer la humanidad que nos habita. En cada respiración consciente, el cuerpo nos recuerda algo esencial: que moverse no es luchar, sino habitarse.

Sobre la imagen: Creada por IA Chat GPT – Octubre 7 de 2025.

Sobre el autor…

Andrés Felipe Muñoz Muñoz es amante del lenguaje y lector inquieto. Creo en el poder de las palabras como reflejo de la vida real, con sus dudas, tropiezos y pasiones, más allá de los algoritmos.

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