
Por: Juan David Cáceres Pinzón.
Roberto Bolaño decía que la literatura se parece a las peleas de los samuráis, solo que, a diferencia de lo pensado, los samuráis no pelean entre ellos, sino contra monstruos. Lo peor es que, aun sabiendo que van a salir derrotados, deciden hacerlo. Esa lucha es la literatura. Gilmer Mesa lo ha comprendido bien y creo que su pelea ha sido la de escribir una carta de amor, en la que expurga a los demonios de una sociedad y redime a los dolores errantes de los sin nombre, los que tienen apodos y solo existen en los suburbios y en las crónicas rojas.
En La Cuadra (2016), novela con la que irrumpe en el mundo literario nacional, existen una serie de personajes que, lejos de ser ficticios, representan la condición humana de una sociedad contradictoria. Quiero hablar aquí del yo narrativo que hay en este relato. La voz del narrador es una construcción individual y colectiva, pues en la medida en que decide escudriñar en los recovecos del dolor, va dándole un sentido a dicho sentimiento. Entonces, quizás, todo puede dejar de doler cuando se cuenta y se narra.
El lugar del barrio y la cuadra, lejos de ser simples sitios enunciados, se configuran como unos lugares que reclaman unas necesidades, pero ante las inclemencias sociales, económicas, educativas y culturales de una ciudad como Medellín, los jóvenes de Aranjuez se ven encaminados a entrar a los contextos que la violencia da como pan de cada día. De este modo, se ven expuestos a los juvenicidios.
Esta voz, que ha sido debidamente conservada en alcohol, como lo cuenta el narrador,es el alma de la cuadra. Ha crecido en medio de las violencias, sostenida por el dolor de las madres que perdieron sus hijos, de los niños que empezaron a tener responsabilidades menores antes de ser sicarios, de la comunidad que creció de punta a punta de la cuadra con los partidos de fútbol, las fiestas y las tradiciones. También, de los muchachos que un día que se fueron para la esquina no volvieron a ser los mismos, inclusive de las mujeres que fueron violadas y atacadas, que recibieron las violencias en la misma cuadra.
Decir que este libro es una carta de amor que se alza pese a todas esas violencias puede parecer inverosímil. Porque la violencia no tiene nada que ver con el amor, solo que la violencia no es la carta, ni tampoco los hechos que aquí suceden. La carta de amor yace intrínseca, escondida, tras los dolores de las personas que en la novela y la historia real han padecido los llamados “revoliones”. La carta de amor se encuentra en las decisiones que toman los personajes para cuidar a los otros, buscando que no conviertan su vida en la realización personal exitosa que se les vendía a los jóvenes de Medellín de los años 80. Es una carta indaga en cómo nos comportamos los humanos, cómo tejemos una maraña de sentidos a pesar de las circunstancias, el dolor, las penas y los dolores.
En cuanto se le da voz al Chicle y el Calvo, comprendí nuevamente que la vida está hecha de adioses, de renuncias y exilios. El narrador presta su voz para contar la historia de estos personajes, amigos íntimos que comparten un pedazo de la cuadra para escuchar salsa, cada uno con sus dolores, sus heridas y sus pasados.
Solo que cada uno tiene un camino distinto, el Calvo logra ascender más que el Chicle, porque este se deja llevar por la droga y entonces su lugar es la calle. Aun así, esa amistad compartida para escucharse los temas sigue sosteniéndose y es quizás el relato más íntimo, porque aquí la vulnerabilidad tiene su lugar y cobra un sentido global, porque el destino de los dos amigos son la muerte y el destierro.
Esto sin duda alguna genera estremecimiento, compasión, porque es lamentable que al final de los finales la tragedia de la vida tenga que cobrarla un amigo por otro. Ahí, la carta de amor que Gilmer Mesa decidió escribirnos cobra un sentido, porque lo trágico se transforma en iluminado, entonces no hay tragedia, pero sí hay destierro. Chicle termina en el recuerdo del Calvo que se va y nunca regresa.
Esa voz, que cuenta el relato de Chicle y El Calvo, pelea con la realidad; que es un monstruo hecho de olvidos, desesperanzas, tedio, pobreza, muertes. Hay redención porque la voz cuenta la carta de amor que al final nos revela el ahora, el presente, el después de todas esas historias de violencia que han configurado la historia nacional y que en suma son una denuncia, un señalamiento a las maneras en las que las formas de vida se ven vilipendiadas por el sistema social y democrático que no observa a las infancias, a las mujeres, a los jóvenes que buscan una oportunidad. Al final, la lectura la completa el lector, como dicen los críticos, y yo quiero pensar que al contar la historia de La Cuadra, Gilmer Mesa murió y volvió a nacer para seguir escribiendo.
Sobre el autor…

Juan David Cáceres Pinzón, estudió Licenciatura en Lengua Castellana en la Universidad Surcolombiana. Cursa estudios de Pedagogía de la Literatura en la Universidad del Tolima. Es librero, poeta, gestor cultural y docente. Ha sido ganador y finalista del Concurso Departamental de Poesía José Eustasio Rivera en el año 2020 y 2021. Fundador de la Librería la Madriguera en la ciudad de Neiva en el año 2016.
