Tomada de Pexels por Nshcvks Hxjsg.

Por: Llucià Pou Sabaté.

Creemos que vemos la realidad tal como es. Sin embargo, muchas veces vemos aquello que hemos aprendido a mirar. Antes de encontrarnos con una persona ya tenemos palabras para definirla y expectativas para situarla: inteligente o torpe, fuerte o débil, triunfadora o fracasada. Y también hacemos eso con nosotros mismos. Vamos construyendo un personaje y, poco a poco, terminamos creyendo que somos él.

También ocurre con nuestro propio cuerpo. Durante años podemos pensar, sin decirlo, que somos lo que el cuerpo puede hacer: caminar, trabajar, viajar, abrazar, escribir. Mientras funciona, apenas reparamos en ello. Pero basta una circunstancia inesperada para descubrir hasta qué punto habíamos confundido lo que somos con lo que podemos hacer.

Lo he experimentado personalmente. Cuando el cuerpo cambia de manera radical, uno descubre que muchas cosas que consideraba parte esencial de sí mismo eran, en realidad, capacidades. Y las capacidades pueden aumentar, disminuir o desaparecer. Entonces aparece la pregunta: si ya no puedo hacer lo que hacía, ¿he dejado por eso de ser quién era?

No es una pregunta pequeña, y nos afecta a todos. No hace falta una lesión medular para descubrirlo: el tiempo irá modificando nuestro cuerpo, nuestra memoria, nuestra fuerza. Y entonces tendremos que aprender lo que la cultura del rendimiento suele ocultar: el valor de una persona no puede depender de sus prestaciones.

Una persona no vale porque camine, ni porque produzca, ni porque tenga éxito. Vale porque es.

Aquí aparece la importancia de la mirada del otro. Hay personas ante las cuales sentimos que podemos descansar. No nos miran desde lo que fuimos ni desde lo que esperan que seamos; no calculan nuestro rendimiento. Simplemente están con nosotros. Y eso produce un extraño alivio: ya no tenemos que defender nuestro personaje. Quizá por eso tantas personas encuentran algo parecido en los animales: un perro no conoce nuestro currículum, nos recibe. Sea cual sea la discusión filosófica, hay miradas que no nos reducen a una función.

Pero hay algo más difícil: aprender a mirarnos así a nosotros mismos. Podemos pasar años buscando la aprobación de los demás y, una vez obtenida, seguir sin aceptarnos, porque hemos sustituido la mirada ajena por un juez interior. Si el personaje nos gusta, nos aferramos a él con miedo a perderlo; si no, nos despreciamos o nos refugiamos en el papel de víctima. En ambos casos creemos que somos aquello que pensamos de nosotros. Pero un pensamiento no es la realidad.

Por eso madurar supone aprender a revisar la mirada. No se trata de vivir sin conceptos: los necesitamos. El problema aparece cuando olvidamos que son instrumentos y los convertimos en la realidad misma. Confundimos el mapa con el territorio y dejamos de ver a la persona que tenemos delante: «el enfermo», «el anciano», «el jefe», «el inmigrante», «el fracasado». La etiqueta puede contener una parte de verdad, pero nunca agota a una persona.

Esto tiene también una dimensión espiritual. La tradición cristiana habla de la persona como imagen de Dios; si es así, nuestra dignidad no depende de circunstancias cambiantes. El cuerpo cambia, las capacidades cambian, los papeles sociales cambian. Pero el amor de Dios no empieza cuando somos capaces de hacer algo. Él nos ama desde antes.

Quizá esta sea una de las grandes paradojas: a veces necesitamos perder alguna seguridad, e incluso una determinada imagen de nosotros mismos, para descubrir que nunca fue el fundamento de nuestro valor. En mi experiencia, la fragilidad del cuerpo me ha llevado a preguntas que habría tardado mucho más en formular. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque ciertas experiencias abren una profundidad que la vida cómoda mantiene escondida.

La mirada limpia comienza ahí. Esta no ignora la fragilidad, pero no la convierte en identidad. No niega el dolor, pero no deja que tenga la última palabra. No idealiza al otro, pero se niega a reducirlo. Y no pretende «ver la esencia» como si poseyéramos un conocimiento perfecto: es más humilde. Consiste en dejar de interponer entre nosotros y el otro todo lo que creemos saber sobre él.

Entonces dejamos de encontrarnos personaje contra personaje y empezamos a encontrarnos persona frente a persona. Y ahí aparece el silencio, en el que ya no necesitamos impresionar ni demostrar nada. Tal vez eso sea una de las formas más profundas del amor: mirar a alguien y poder decir, sin palabras, «no necesito que seas otra cosa para reconocer tu dignidad».

Y quizá también podamos decírnoslo a nosotros. No soy solamente mi cuerpo. No soy mis pensamientos ni mis capacidades. No soy el papel que desempeño ni la imagen que los demás tienen de mí. Soy alguien llamado a crecer, a amar y a darse.

Al final, no se trata de conseguir una mirada perfecta, sino de ir limpiándola. Porque la vida cambia continuamente lo que tenemos delante de los ojos; la cuestión decisiva es qué hacemos con nuestra mirada.

Sobre el autor…

Llucià Pou Sabaté. Es ante todo un buscador de la verdad. Enamorado de la vida. Con pasión por ayudar a los demás. Con ganas de construir un mundo mejor por el amor. Colaborador en revistas científicas, periódicos y portales de internet, además de desarrollar una actividad de difusión en las Redes sociales.

Profesor en la Universidad Internacional de La Rioja. Doctor en teología y humanidades (Università della Santa Croce – Roma). Doctorando en Filosofía (Universidad de Granada). Máster en profesorado de educación secundaria (Ciencias sociales: Filosofía; Universidad de Granada 2021).
Licenciado en Geografía e Historia (Universidad de Sevilla 1978-1982; Universidad de Córdoba 1982-1984), España.

Profesor de filosofía y teología (moral-dogmática), desarrollo personal.

Deja una respuesta