
Por: Yenny Katherine Parra Acosta.
Las decisiones del nuevo gobierno de Estados Unidos han sacudido el tablero mundial. En los mercados, los inversionistas contienen la respiración; en los pasillos del poder, los diplomáticos buscan respuestas. Mientras tanto, en los campos agrícolas del Medio Oeste, en las fábricas automotrices de México y en los aserraderos de Canadá, miles de trabajadores se preguntan qué vendrá después y cuánto durará cada una de las nuevas políticas en medio de esta tormenta. Con una economía que tiende a la baja y un escenario geoeconómico cada vez más volátil, la administración estadounidense ha optado por una estrategia agresiva en lo comercial, lo económico, lo político, lo militar y lo migratorio, que pone en jaque por igual a aliados, rivales… y hasta a sí mismos.
El primer movimiento en este ajedrez global ha sido el regreso del proteccionismo. Washington endurece aranceles en sectores estratégicos como el acero, el cobre y el aluminio; Pekín contraataca golpeando la agricultura estadounidense, y Europa, lejos de quedarse de brazos cruzados, responde imponiendo nuevas restricciones a las manufacturas provenientes de Norteamérica. Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), el impacto será particularmente severo en América del Norte, donde se prevé que las exportaciones caigan un 12,6 %. La expresión “guerra comercial”, aunque antes parecía una exageración retórica, ha dejado de serlo.
El segundo movimiento vino de la Reserva Federal al recortar las tasas en 25 puntos básicos, dejándolas entre 4 % y 4,25 %. La jugada, diseñada para evitar una recesión, ha encendido nuevas alarmas: la inflación se mantiene alrededor del 3 % anual y la volatilidad financiera es ahora un huésped permanente en Wall Street. Aun así, el temor de quedar fuera de la fiesta bursátil mantiene a los índices en máximos históricos.
Las fracturas van más allá de lo económico. La OTAN, piedra angular de la seguridad occidental tras el comienzo de la Guerra Fría, enfrenta su mayor desafío en décadas. Se debate con intensidad la redistribución de cargas: Washington sugiere que los aliados europeos deben asumir más costos, mientras Alemania y Francia presionan por un nuevo equilibrio. La cohesión transatlántica se resiente justo cuando China, Corea del Norte y Rusia desfilan juntos en Beijing, proyectando la imagen de un bloque alternativo dispuesto a disputar el liderazgo mundial.
En Asia, la tensión con China escala peligrosamente. Con un aumento en el gasto de defensa estadounidense hacia el Indo-Pacífico, EE. UU. refuerza su presencia militar en la región. Beijing responde con maniobras navales en el Mar del Sur de China y advertencias sobre Taiwán, mientras Xi Jinping y Donald Trump se preparan para un cara a cara en la cumbre de APEC en Corea del Sur, un encuentro que podría definir si el conflicto se contiene o deriva en confrontación abierta.
En América Latina, los reflectores apuntan a Venezuela. Estados Unidos ha intensificado su despliegue naval en el Caribe y ha atacado cuatro embarcaciones vinculadas al narcotráfico, después de haber duplicado la recompensa por Nicolás Maduro hasta los 50 millones de dólares, una cifra sin precedentes. Caracas denuncia un intento de desestabilización y de derrocamiento encubierto, mientras Washington insiste en que su único objetivo es combatir el narcotráfico. El choque de narrativas eleva el riesgo de incidentes que podrían arrastrar a la región a una nueva ola de fricción, con consecuencias inminentes e imprevisibles.
La reciente decisión sobre la visa H-1B, principal vía para que ingenieros, médicos e investigadores trabajen legalmente en EE. UU., parece un acto de autosabotaje contra el motor silencioso del sistema de innovación que solía atraer a las mentes más brillantes del mundo. Con esta medida, el acceso se restringe en la práctica a las empresas que pueden pagar cerca de cien mil dólares por cada talento foráneo. Al desincentivar la inmigración legal y calificada, la nación expulsa indirectamente profesionales que ahora encuentran oportunidades en jurisdicciones como Alemania, China y Canadá, cerrando la puerta al capital humano con el que antes se inventaba, creaba y prosperaba.
Solo queda plantearse: ¿estamos presenciando un reajuste del orden geoeconómico mundial? Mientras las piezas siguen moviéndose en este juego de poder, hay algo seguro: en este ajedrez, una combinación de jugadas desacertadas puede cambiar el curso de la historia para lo que hasta ahora se considera la nación más poderosa del mundo.
Sobre la autora…
Yenny Katherine Parra Acosta es Posdoctora en Ciencia de Datos aplicada a la reparación corporativa de derechos humanos de la Universidad de St. Gallen (Suiza) y la Pontificia Universidad Javeriana. Doctora en Gestión de Organizaciones con mención honorífica Cum Laude de la Universidad EAN, Máster en Administración con especialidad en Mercadeo de la Escuela Europea de Dirección y Empresas, y Administradora de Empresas de la Universidad de Quebec en Chicoutimi y Universidad EAN. Miembro del International Exchange Alumni del U.S. Department of State y del Swiss National Science Foundation. Docente-investigadora en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Militar Nueva Granada.

Muy buen análisis. Me quedo con la sensación de que, más allá de las jugadas entre potencias, lo interesante es pensar cómo se reacomode el tablero para países como los nuestros, que muchas veces terminan siendo fichas más que jugadores. ¿Será que América Latina tiene chance de dejar de reaccionar y empezar a mover piezas propias?