
Hace unos días viajé a La Jagua, un municipio del Huila rodeado de grandes montañas y de un paisaje majestuoso. Ese viaje me mostró algo más que “un pueblito del Huila” o, como muchxs lo llaman, el pueblo de las brujas. Mientras caminaba por sus calles tranquilas y observaba la cotidianidad del pueblo me encontré con una casa tipo museo. En la entrada destacaba una escultura con la silueta de un cuerpo femenino y en el techo colgaban muñecas de trapo que asemejaban a brujas volando en sus escobas. Me pareció interesante, así que entré con curiosidad para seguir mirando.
Adentro descubrí un montón de esculturas preciosas, llenas de detalles. Estaba asombrada, pues no sabía nada de este lugar. Seguí recorriendo el lugar hasta que en el fondo me detuve frente a una escultura pequeña que me sorprendió: representaba a un hombre y su traje estaba hecho con envolturas de plástico. Me quedé un buen rato observándola y analizándola, minutos después se acercó el maestro Emiro Garzón y me contó que esa escultura era un autorretrato hecho con material plástico y que todas las demás esculturas del lugar también estaban elaboradas con plástico derretido. Me sorprendió bastante que las esculturas fueran hechas de plástico ya que parecían hechas de cemento. Recuerdo muy bien que me dijo “el plástico esta en todos lados, aunque no lo vea a primera vista siempre está ahí”
Me explicó que hacía estas esculturas de manera artesanal porque no contaba con la maquinaria para derretir el plástico y por eso tenía varias quemaduras en las manos; pero que estaba probando un nuevo método para trabajar el plástico en frío, aunque eso solo le permitiera crear esculturas pequeñas. Me contó que le preocupa profundamente la crisis ambiental y la problemática del plástico ya que “es un material que parece no tener fin y casi nadie se da cuenta de la gravedad de este problema”. Por ello, había decidido convertirlo en el material principal de sus obras.
Para mí, escucharlo fue maravilloso. Ver que Emiro, desde su rol como artista, se había posicionado y actuaba como sujeto activo para transformar el mundo me llenó de esperanza e ilusión. Hablamos sobre las implicaciones de dicho material en nuestras vidas y sobre el consumismo en un sistema capitalista que nos empuja a comprar cosas que realmente no necesitamos.
Las palabras del Maestro Emiro aún resuenan en mi cabeza: “el plástico está en todos lados, aunque no lo vea a primera vista siempre está ahí”, ¡cuánta verdad! Vivimos en un mundo saturado de plástico y muchas veces somos incapaces de reconocer hasta dónde llega su alcance. Ya no se trata solo de botellas flotando en el río o de bolsas atrapadas en los árboles; hoy este material está en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en la ropa que usamos y hasta dentro de nuestro propio cuerpo.
Según un estudio reciente publicado en PLOS One, una persona promedio inhala entre 47.000 y 68.000 partículas de micro plástico por día en ambientes interiores, sobre todo en espacios cerrados como viviendas y automóviles.
Pero lo más alarmante es que estas partículas no se quedan solo en el aire; el artículo “Microplásticos en el cuerpo humano: exposición, detección y riesgo de carcinogénesis: una revisión de vanguardia” muestra que los microplásticos ya se han detectado en órganos vitales como los pulmones, el hígado, los riñones, el cerebro, la placenta, la leche materna, la sangre e incluso en la médula ósea. Estas partículas, con un tamaño de entre 1 y 10 micrómetros, son lo suficientemente pequeñas como para penetrar profundamente en los pulmones y viajar por el torrente sanguíneo lo que podría generar efectos sistémicos, estrés oxidativo y diversas respuestas inmunológicas.
Revisando bibliografía y datos, encontré un artículo de Grist que presenta estadísticas sobre la producción de plástico desde la década de 1950. Al analizar estas cifras, se observa un aumento significativo a lo largo de las décadas. Este mismo texto afirma que la producción de plástico virgen podría alcanzar los 712 millones de toneladas anuales para 2040, lo que representa un incremento del 66% respecto a los niveles actuales. Esta información no solo refleja un desafío ambiental de proporciones globales, sino que también evidencia la urgencia de repensar nuestros hábitos de consumo, las políticas de producción y el reciclaje.
En Colombia la situación frente a los residuos plásticos es preocupante: se generan alrededor de 700.500 toneladas de envases y empaques plásticos al año, de las cuales solo un 30 % logra reciclarse, según datos de WWF Colombia. Buena parte de este aprovechamiento depende de 68.100 recicladores de oficio que, de acuerdo con cifras del Ministerio de Ambiente, gestionan casi la mitad de los residuos reciclados, aunque lo hacen en condiciones de precariedad y con poco reconocimiento. A esto se suma la labor de muchas personas en situación de calle que también dependen del reciclaje para sobrevivir, lo que refleja que el problema no se limita a la formalidad del oficio, sino que atraviesa realidades de exclusión y pobreza.
Frente a este panorama, la Ley 2232 de 2022 establece la prohibición progresiva de ciertos plásticos de un solo uso y plantea como meta que para 2030 todos los productos de este tipo que circulen en el mercado sean reutilizables, reciclables o compostables, tal como lo ha señalado el Ministerio de Ambiente. Esta realidad deja claro que la crisis del plástico en Colombia no es solo ambiental, sino también social.
Lo más triste y paradójico de esta historia es que este material, ese invento que alguna vez vimos como sinónimo de progreso, terminó convirtiéndose en un invasor silencioso que no solo nos afecta a nosotros, los responsables de su desmesura sino también a los animales que nunca pidieron ser parte de este problema. Bosques arrasados por deforestaciones e incendios dejan sin refugio a diversas especies.
Asimismo, observamos cómo millones de aves abandonan los cielos conocidos para buscar otros lugares donde sobrevivir y los peces nadan en aguas cargadas de desechos. Mientras tanto, nosotros seguimos mirando desde lejos esas imágenes que se repiten como por desdén del algoritmo: la tortuga con un pitillo atascado en la nariz, aves atrapadas en aros de plástico, el pez con un estómago lleno de fragmentos de basura que no debería haber tragado jamás. Escenas que ya parecen comunes, casi parte de la rutina digital, pero que en el fondo son tragedias que nunca debieron suceder, muertes que no corresponden al ciclo de la vida, sino a nuestra indiferencia.
Encontrarme con estos datos son desgarradores, más de 1,5 millones de animales marinos mueren cada año enredados o asfixiados por plástico y más de 1.500 especies ya han sido registradas con fragmentos en sus cuerpos, desde ballenas hasta aves diminutas. Es cruel pensarlo, pero pareciera que solo reaccionamos cuando el dolor se nos muestra en cifras. Y aun así me pregunto, con un nudo en la garganta, ¿cuántas especies más deberán desaparecer, cuántos bosques deben arder, cuántos mares tendrán que llenarse de basura, cuantos nevados tendremos que ver desaparecer para que por fin hagamos algo antes que sea demasiado tarde?
En medio de este panorama devastador, el taller de Emiro Garzón se levanta como un acto de resistencia. Allí, entre herramientas improvisadas, trozos de plástico fundidos y esculturas en proceso, entendí que el arte también puede ser una forma de insurgencia ambiental. Las figuras que brotan de sus manos no son simples adornos, son testimonios de un tiempo que se ahoga en desechos. Ese gesto de recoger lo que otros desechan, transformarlo y darle un nuevo sentido, abre un espacio simbólico donde el plástico deja de ser basura para convertirse en memoria. Cada escultura guarda en sí misma el dolor de los ecosistemas, el abandono de los ríos, el aire contaminado, pero también la voluntad de resistir.
Las obras del maestro Emiro no buscan calmarnos la conciencia, al contrario, nos incomodan. Nos dicen: “mira lo que dejamos atrás, lo que arrojamos al mundo, lo que ahora regresa como cicatriz”. Su arte encarna lo que Zizek describe como la urgencia de confrontar el exceso, de mirar de frente la basura y reconocerla como parte de nuestra vida social y política.
Por eso, cuando vi su autorretrato hecho con desechos plásticos, comprendí que no estaba frente a una escultura decorativa sino frente a un llanto silencioso, la basura que no desaparece, el exceso que nos habita, la pregunta que evitamos. Y entonces recordé lo que Zizek dice en el video Love and Ecology: que amar no es idealizar, sino aceptar lo imperfecto como absoluto, ver perfección en la imperfección misma. Quizá esa sea la tarea más difícil y más urgente, aprender a amar al mundo con todas sus fallas, con toda su basura, con todo lo que duele y aun así elegir defenderlo porque ahí se juega la vida que de verdad vale la pena ser vivida.
